28 Noviembre 2016

Inflación y emisión (O la destrucción de una sociedad)

Por Carlos Almeida
Según la ortodoxia económica, la cantidad de circulante es suficiente para explicar el nivel de inflación. O al menos eso es lo que nos quieren hacer creer.

Vamos a ver que no es tan así y que la emisión monetaria no es el único elemento. Hay otros que concurren a generar incrementos, que no imperativamente inciden en los índices de precios y que los parámetros  inflacionarios tienen otros factores que no siempre son los mismos.

La inflación es la pérdida de poder adquisitivo del dinero y es  siempre un fenómeno monetario. Hay que comprender que según los manuales ortodoxos, las metas cuantitativas cuentan con una sola herramienta para tratar la política monetaria. Son definiciones cómodas que se han transformado, justamente por eso, en dominantes. Es fácil de comprender y es bien sabido que es más fácil creer que pensar.

Nos han dicho hasta el hartazgo que la emisión de dinero es igual a inflación, solución de facilidad servida en bandeja que tiene la ventaja de poder ser repetida sin mucho esfuerzo mientras se espera en la cola de la verdulería, en la oficina, en el taller, entre amigos en la mesa del café o allí donde haya que mostrar que uno entiende de que se trata. No es menos cierto que la expresión es sesgada, al menos, cuando no totalmente falsa. Pero queda bien, tan bien que muchos comentaristas, periodistas y hasta pretendidos economistas utilizan la muletilla en cuestión: “La emisión de dinero es igual a inflación”. Es simple y efectista y corta a toda discusión, hasta se parece a una verdad revelada.

Alfredo Zaiat lo explica claramente en un artículo en 2013: “… Otros países tuvieron una expansión de la base monetaria mucho más intensa sin provocar alarma: Estados Unidos la aumentó 106,7 por ciento en 2008 respecto del año anterior; Reino Unido, 106,1 en 2009 y 51,7 en 2012; Brasil, 131,7 en 2010; Chile, 38,8 en 2011; Perú, 31,9 en 2012; y China la incrementó 30,6 en 2007 y 28,7 por ciento en 2010 en comparación interanual.”

Volviendo a las “verdades reveladas”, estas se toman al pie de la letra  hasta que llegan los planteos de la  heterodoxia, que muchas veces no están presentes en el debate público y son el cuco del establishment académico (dicho de otra forma, los ocultan).  Es que hay que animarse a proponer políticas alternativas. Axel Kicillof, Alfredo Zaiat, Delfina Rossi, Alejandro Barrios y Roberto Felletti entre otros, han tomado el desafío y se esfuerzan en proponer otras vías. Todos tienen en común la influencia de Arturo Jauretche y cabe decir que John Maynard Keynes estaría orgulloso de ellos. Por supuesto son fuertemente resistidos por los gurúes neoliberales, vernáculos y exóticos, que con ferocidad los combaten. Claro, estos muchachos, entre otros, avivan giles.

El caballito de batalla de nuestros economistas ortodoxos (que van desde Raúl Prebisch hasta Carlos Melconián, pasando por Krieger Vasena, Dagnino Pastore y el máximo exponente Domingo Cavallo, para llegar finalmente al tándem Sturzenegger - Prat-Gay, es la permanentemente expansión de la base monetaria – a pesar de que pregonan lo contrario - para poder tapar el déficit que está generando el fabuloso endeudamiento que se puso en marcha desde enero de 2016. Por supuesto no quieren ni oír hablar de  políticas anticíclicas ante la fuerte desaceleración del crecimiento del Producto Bruto Interno. Para ellos esa es una expresión de mal gusto. Volvamos a la falsa relación entre la inflación la expansión monetaria. Comencemos por comprender este primer concepto: No es el crecimiento de la masa monetaria la exclusiva causa de la inflación. Los datos del período 2007-2013 lo demuestran de manera fehaciente.  Desmintiendo así a los adalides ortodoxos.   Según la ortodoxia el punto al que hay que llegar es hacer disminuir la inflación. Poco importa el costo, ya sea en nivel de actividad y del empleo. Poco importa si se deben aplicar planes restrictivos que generen pobreza. El único fin es bajar la inflación, a cualquier precio. Y aquí viene la primera contradicción, y también el primer muro contra el cual chocan los economistas tradicionales que supimos conseguir.  Si hay menos actividad, hay menor recaudación fiscal y los ajustes se convierten en inevitables, lo cual obliga a tomar deuda para cubrir el déficit fiscal generado. Es en ese punto que comienzan a trabarse los engranajes. Cuando la política fiscal queda sometida a la monetaria, la máquina falla.

Jauretche decía que: “La economía moderna es dirigida. O la dirige el Estado o la dirigen los poderes económicos. Estamos en un mundo económicamente organizado por medidas políticas, y el que no organiza su economía políticamente es una víctima. El cuento de la división internacional del trabajo, con el de la libertad de comercio, que es su ejecución, es pues una de las tantas formulaciones doctrinarias, destinadas a impedir que organicemos sobre los hechos nuestra propia doctrina económica.”

Si se limita la autonomía en la gestión económica con los instrumentos de la política macroeconómica, como la regulación del flujo de capitales del exterior, la política fiscal, la política de ingresos y del empleo, estos quedan inevitablemente circunscriptos por la política monetaria. Y es allí donde la política de mercado toma la posta para convertirse en el regulador por excelencia. Ahora bien, la cuestión es: ¿Quién es el famoso “Mercado”? ¿Quién lo regula? ¿Quién lo maneja? Es una obviedad que el mercado no es “libre”, otra falacia que destilan los economistas ortodoxos. En realidad, el famoso “mercado” es el juez de la política económica que inclina la balanza hacia el lado del poder dominante. Si tomamos datos concretos, descubrimos que la evolución de la masa  monetaria (dinero en circulación, más el que poseen los bancos depositados en el Banco Central) no se puede comprender que la emisión sea el único y principal  motor del actual ciclo inflacionario al que está siendo sometida la Argentina. Nos dicen, insisto en esto, de forma recurrente, casi como una letanía, que más emisión causa más inflación, y, además, esa mayor emisión es para atender la demanda de más fondos del Tesoro para financiar el gasto público. Así queda cerrado el círculo donde el culpable de los aumentos de precios es, según estos economistas, el Estado por emitir y gastar en forma irresponsable. Durante el período 2003-2015, la inversión social fue muy importante. Por supuesto esos recursos no fueron utilizados para la especulación, ni para fugar divisas, ni para enriquecer a una pequeña parte de los argentinos ni a “inversores golondrinas”. Se establecieron mecanismos para garantizar la inversión social. Mecanismos que están siendo anulados y destrozados por la actual administración.

Para el neoliberalismo gobernante, la única solución propuesta es ultraortodoxa: ajuste monetario y fiscal para bajar la tasa de inflación. Esas opciones tienen efectos negativos en la generación de empleo y el horizonte de la actividad económica. Decididamente, vivimos tiempos interesantes.

Una de las cuestiones que quedan es que si hay una suba de las tasas en el mediano y largo plazo, como todo deja vislumbrar,  eso impactará sobre el costo financiero de Argentina, que sumado al nivel de endeudamiento en el gobierno de Cambiemos es más que preocupante. Si se aplican las recetas clásicas del neoliberalismo, las consecuencias serán ajustar el déficit en una situación en la que todavía no crecemos, y en la que no hay datos ni condiciones objetivas para ese crecimiento. Todo deja prever que tanto las relaciones con Europa por el Brexit, como con EEUU por la elección de Trump y sus anuncios con respecto a la economía, auguran un panorama difícil para nuestro país.

La dilapidación del capital, político, social y económico que se ha hecho en estos once meses ha demostrado los límites y la ausencia real de un proyecto de país coherente de Cambiemos, que deja desguarnecida a la Argentina, después de años de construcción de otro proyecto político que con todos sus errores y cuestionamientos permitió un crecimiento no solo económico, sino también político y social de millones de argentinos. Las políticas aplicadas desde el 10 de diciembre de 2015 dieron por tierra con todo eso.