18 Diciembre 2016

La agonía

Por Carlos Almeida
Es triste el panorama de la Argentina en estos últimos días de 2016. Un poder político que se enreda cada vez más, y pierde el rumbo,  presionado por un poder económico cada vez más resuelto a exprimir hasta la última gota los recursos nacionales, apoyado por un poder mediático, que juega en la misma longitud de onda.

Nuestro país, gracias a una férrea voluntad política, había logrado plantarse ante estos dos poderes y darles batalla.

En el último año este esquema ha entrado en una fase que no deja presagiar nada bueno en un futuro próximo.

Como siempre, la derecha ha tratado, con su revanchismo secular, tratar de hacer creer que el peronismo está muerto y que lo residual, si bien lleva el mismo nombre, se acomoda fácilmente a la nueva realidad que se le presenta.

Sin embargo, todo muestra que el peronismo, y su continuidad histórica, mal que les pese a muchos, el kirchnerismo, retoma impulso. Se apuraron en  enterrarlo, con los medios a la cabeza y los economistas de derecha descorchando champagne.

Lo cierto que con el proyecto de país, que no es solamente un proyecto económico, como el de  Cambiemos, hizo posible que la Argentina tomara un rumbo que había quedado trunco en 1955.

Es que ese proyecto es integral, abarcó todos los aspectos, no solo la economía : La cultura, la educación, la salud, la investigación científica y tecnológica, con el desarrollo aplicado que eso implica, el deporte, la producción, la creación de empleo, la concientización política – más allá de la pertenencia partidaria – la obra pública, los programas federales, la conectividad aérea y la recuperación de empresas estratégicas, como Aerolíneas e YPF… y podríamos seguir hasta el hartazgo lo logrado desde el 25 de mayo de 2003 hasta el 9 de diciembre de 2015.

Nunca se vio, en toda la historia argentina, que un mandatario fuera ovacionado al fin de su mandato como lo fue Cristina Fernández, un dato que muchos no tuvieron en cuenta y creyeron que asistían a un funeral, cuando en realidad esa Plaza de Mayo llena, anunciaba un retorno, tal vez antes de lo que esos mismos que la enterraban,  esperaban.

El kirchernismo mostró que se podían correr los límites.  Los poderes fácticos intentaron muchas veces ponerle límites, decirle, tanto a Néstor como a Cristina “Hasta acá, no más allá”, y siempre, repasen la historia, hagan un examen de conciencia, la respuesta fue política, fue más derechos, más producción, más creación de condiciones para que se pudiera estar mejor.

Hay que remontarse a la primera presidencia de Perón para encontrar una distribución de la renta tan equitativa. Fueron los dos únicos períodos de nuestro país en donde los trabajadores veían realmente compensados los frutos de sus esfuerzos.

Donde se sintieron realmente parte de los beneficios que ellos mismos generaban y no como meros ejecutores de tareas y creadores de una plusvalía que no veían. Fueron partícipes necesarios y usufructuarios de esa plusvalía. Y eso es insoportable para el neoliberalismo.

Lo cierto es que evidentemente, este proceso político iniciado en diciembre de 2015 ha entrado en agonía. Cada día que pasa el gobierno se empantana con decisiones que lo entorpecen. Parece que no hubiera una dirección única, sino varias, donde los que aparentemente dirigen tomas decisiones de manera autónoma, de las que después deben desdecirse y recular en chancletas.

Eso va desde la puja entre el ministro de hacienda y el presidente del Banco Central, hasta la plegarias del ministro de Medio Ambiente, o  el convencimiento del jefe de gabinete sobre el hecho de que no hay que pensar, hay que creer… por supuesto, es más fácil creer que pensar y genera menos cuestionamientos.

Se podrían hacer sesudos análisis sobre lo que nos está pasando en este país esquizofrénico, donde hay personas que la están pasando realmente mal, pero para quienes es importante que puedan mirar la novela –mientras puedan pagar la factura de electricidad y les cuesta cada vez más llevar el pan a la mesa– antes que ver por cadena nacional como se inaugura una fábrica y se crean empleos.

Empleos que en muchos casos se han perdido gracias al accionar de un gobierno que se guía por planillas de Excel, donde todos los números cierran… con la exclusión de millones de personas.

Es claro que vamos a un colapso, no solo económico, sino social, lo cual es más grave.

Es ese tejido social que está siendo debilitado y en camino a destrucción, que es el objetivo del neoliberalismo, el cual se basa en las soluciones individuales y no en los proyectos colectivos. La ilusión es perfecta, pero en realidad es un “Sálvese quien pueda, como pueda”.

Hacia allá vamos… y no hay chapulín colorado que pueda ayudarnos.