23 Enero 2017

Ingreso Universal, ¿Es verdaderamente una utopía?

Por Carlos Almeida
(Primera Parte) Lejos de “derramarse”, los ingresos y las riquezas se concentran cada vez con más intensidad en los estratos más altos de la sociedad. ¿Cuál es la causa de esta dinámica?

Hay múltiples variables: Las grandes empresas y las actividades financieras, que están “al servicio de los más ricos”; el ahogo a los salarios e ingresos de trabajadores y pequeños productores; la evasión y elusión fiscal; el cortoplacismo de los grandes inversores; y el clientelismo en las políticas públicas al servicio de las elites. Es una situación irritante de desigualdad que merece ser revisada.

La idea de otorgar un ingreso universal a todos los ciudadanos no es nueva. El capitalismo está en crisis, en gran parte a causa de sus propias contradicciones, pero también de sus excesos y de la avidez de los sectores concentrados, que acumulan cada vez más riquezas en detrimento de los otros sectores de la sociedad. Originalmente, esta idea existe desde el siglo XVI, cuando el filósofo inglés Thomas More (1478-1535) en su obra “La Utopía”. More imaginaba una isla en la cual cada uno tendría su supervivencia asegurada sin que ello dependiera de su trabajo. Dos siglos después, en 1797, otro británico, Thomas Paine, defendió en “La Justicia Agraria” la idea de un fondo alimentado por los terratenientes para luego redistribuir a cada individuo una suma a su mayoría de edad.

En el siglo XX, esta idea del ingreso universal es retomada por los teóricos de la justicia, como John Rawls, que aboga por una “verdadera igualdad de oportunidades”  y sostiene que los gobiernos deben garantizar un ingreso social mínimo. En realidad, la idea del ingreso universal no es de derecha ni de izquierda. Aunque parezca paradójico, sus más ardientes defensores se en encuentran entre los economistas liberales, entre los cuales Milton Friedman, fundador de la Escuela de Chicago:

 

En su libro “Capitalismo y Libertad”, el economista desarrolla su teoría del “Ingreso Permanente”, que permitiría a los individuos anticipar su consumo y que sería un medio de simplificar las ayudas sociales y el rol del Estado.

 

Claro que sus discípulos locales tomaron solo lo que les convenía de Friedman y dejaron de lado esas ideas consideradas estrafalarias, que suponen una redistribución de la renta. Estas  ideas generosas, por supuesto nunca fueron puestas en práctica, en gran parte porque se generaron en Gran Bretaña y bajo gobiernos que no tenían en cuanta en bienestar general. Su prioridad era la grandeza del Imperio. Sin embargo, casi dos siglos y medio después, la cuestión sigue vigente. Hay algunos países que han decidido poner en marcha programas de este tipo, o al menos iniciar una reflexión de Estado sobre ello. Una de las principales contradicciones del capitalismo, pero no la única, es que cada vez se producen más bienes y servicios con menos gente, que a su vez generan mayor plusvalía y una renta extraordinaria. Ya sea bienes materiales o servicios intangibles.

Esa masa de dinero queda en pocas manos y por otro lado cada vez mayor cantidad de personas tienen problemas para conseguir un empleo digno y acorde a sus capacidades y formación. Entonces si cada vez se produce más con menos gente, la gran pregunta que cabe hacerse es ¿Qué hacemos con la gente? No hay buena respuesta. Dentro del esquema de pensamiento capitalista, la distribución de las ganancias es un insulto. Pero aquí viene otra contradicción, no menor. Si cada vez menos gente tiene trabajo o un trabajo que no le permite subvenir a sus necesidades, no consume lo suficiente como para que el sistema siga funcionando.

Y no estoy hablando de artículos suntuarios, sino de los que hoy podemos considerar básico para un ser humano: Vivienda, salud, educación, alimento, vestido y esparcimiento. Y aquí viene el nudo de la cuestión, lo que parece irresoluble, pero cada vez menos y que se va abriendo camino en varios lugares del mundo, pero que a la larga llegará a nuestras playas, porque parece inexorable, a pesar que algunas mentes conservadoras se resistirán con uñas y dientes. En un artículo anterior, quien escribe, había retomado una idea que de alguna manera funcionó en Francia en los años 90: Reducción del tiempo de trabajo con igual salario. Por supuesto que la llegada de la derecha dio por tierra con esa experiencia, que fue prometedora. Se trataba de trabajar menos para generar nuevos empleos, gracias a la reducción horaria. Por supuesto al empresariado no le agrado mucho la idea y en cuanto pudieron la torpedearon en aras de la “productividad”.

No nos engañemos, la famosa “productividad” consiste en producir más con menos gente. Así de simple. Ahí las cuentas cierran… con la gente afuera. Sin embargo, quedó la brasa de ese intento de buscarle la vuelta a la contradicción. Decir que se resolvió, me parece un exceso, pero si se abrió una vía para explorarla. En un mundo donde el trabajo se hace cada vez más raro hay que encontrar una solución para que el sistema no colapse. Una herramienta social que permita desactivar una crisis que será cada vez más aguda, sobre todo para quienes, aún hoy, viven de su trabajo. El mundo avanza a una velocidad impresionante.

El trabajo que hace cuarenta años atrás -  una gota de agua en el mar en tiempos históricos – hacían diez personas en dos semanas, hoy lo hace una en un día. Todos tenemos la imagen de las grandes salas de redacción, o de las oficinas bancarias, o de los talleres industriales donde trabajaban decenas o cientos de personas en escritorios o bancos. Hoy con algunas decenas de computadoras esas realidades dejaron de existir y se redujeron a su mínima expresión. Quedan las fotografías para el recuerdo. Tal, el Ingreso Universal sea una pista a explorar para una mejor redistribución del ingreso. No debe ser la única medida.

Debe ser, a mi entender, parte de un sistema, del cual la actividad, debe ser el centro neurálgico. Cuando digo actividad, se trata de alguna contraprestación útil a la sociedad por un tiempo mínimo establecido, una suerte de servicio nacional, que no debe substituir en ningún caso a puestos de trabajo.

Así por ejemplo: apoyo escolar, dictado de capacitaciones por personas que tengan experiencia profesional en diferentes sectores, y así podríamos seguir enumerando.