04 Febrero 2017

Anacronismos

Por Carlos Almeida
Si nos despojamos de todos los prejuicios inherentes al trabajo, y particularmente al tiempo de trabajo, nos damos cuenta que se deben elaborar otras relaciones entre el ser humano y el trabajo en sí.

El hecho que una persona deba trabajar ocho horas es anacrónico. En un artículo anterior decía que una de las mayores contradicciones del capitalismo es que se producen cada vez más bienes y servicios con menos gente. La pregunta es entonces: ¿Qué hacemos con la gente?

La cuestión debe ser planteada ya que la capacidad del mundo para crear nuevos empleos se va acortando cada vez más, y al mismo tiempo la cantidad de personas que pugnan por ingresar al mundo del trabajo es cada vez mayor.

Ante esta situación, hay varias maneras de resolver el problema:

  • a) No hacer nada y que “el mercado regule”, con  las consecuencias nefastas que ya conocemos.
  • b) Implementar políticas públicas de substitución e ingresos, como por ejemplo el Ingreso Universal
  • c) Elaborar un plan de trabajo que contemple una reducción de horario de trabajo, lo cual tendría como consecuencia inmediata la creación de nuevos empleos.

Y es sobre esta tercera opción que quisiera enfocarme.

Parece utópico, pero es real. La reducción de la cantidad de horas de trabajo necesita de una gran dosis de generosidad - sobre todo por parte del sector empresario privado, pero también del Estado - en todos sus niveles. Hoy es una realidad que no hay posibilidades genuinas de trabajo para todos, al menos con el actual esquema. Lo cual a corto plazo es una bomba de tiempo para muchas sociedades, incluida la argentina. De continuar con esta situación, las tensiones sociales se irán agudizando, hasta provocar conflictos cada vez mayores y más difíciles de resolver. Las transferencias de recursos que se están operando en todo el mundo desde los sectores populares hacia los concentrados son cada vez mayores.

En lo que respecta a nuestro país, que contaba hasta diciembre de 2015 con una economía en crecimiento en medio de un mundo en crisis,  esta variación  es muy importante para esa incipiente “clase media”, que venía emergiendo desde las capas menos favorecidas de la sociedad. La brutal interrupción de ese proceso de crecimiento golpeó de lleno y a un año de ese cambio de orientación política y económica, se comienzan a sentir plenamente los efectos.

Casi 150.000 puestos de trabajo perdidos, inflación superior al 44%, devaluación - con su correlativa pérdida del poder adquisitivo - endeudamiento crónico para cubrir gastos corrientes, paritarias plafonadas, producción industrial en caída permanente. Todo ello llevó a una recesión de la cual, pese a los anuncios optimistas por parte del gobierno, no se avizora el límite y menos aún el final. En consecuencia, me parece importante iniciar una reflexión sobre cómo vamos a hacer los argentinos para remontar la cuesta, que tal vez sea más empinada que aquella de inicios del milenio (2001/2002). Y una de las cuestiones primordiales es justamente la relación con el empleo. Actualmente una jornada de trabajo es de ocho horas diarias, y es así desde 1929 cuando se sancionó la ley 11.544 cuyo artículo 1º dispone: “La duración del trabajo no podrá exceder de ocho horas diarias o cuarenta y ocho semanales para toda persona ocupada por cuenta ajena en explotaciones públicas o privadas…” El contenido de esta ley fue confirmado en 1974, al sancionarse la Ley de Contrato de Trabajo, que estableció en el artículo 196: “La extensión de la jornada de trabajo es uniforme para toda la Nación y se regirá por la ley 11.544 con exclusión de toda disposición provincial en contrario”.

En nuestro sistema legal se admiten 8 horas diarias o 48 horas semanales; pero si a esto agregamos el decreto que  reglamenta la ley, el 1615 en su art. 1º inc. B, establece que la jornada de 8 horas no puede excederse más de una hora, es decir hasta 9 horas semanales, estaríamos ante un supuesto perfectamente legal mientras que no se exceda en la suma la cantidad de 48 horas semanales; por ejemplo un trabajador podría trabajar de lunes a jueves: 9 horas diarias, los viernes 8 horas diarias y el sábado 4 horas.

Todo lo que se trabaje en exceso ya es trabajo suplementario (horas extras). Hasta ahí la parte legal que nos rige hoy. La problemática que subyace en el tema de la jornada de trabajo tiene su fundamento en razones de orden ético, cultural, biológico, técnico y hasta económico. Sin lugar a dudas el ser humano que trabaja necesita disponer de tiempo para su vida familiar y social, recreación, esparcimiento y educación. Entonces hay cuestiones que debemos plantear: ¿Es necesario que el ser humano deba trabajar ocho horas diarias, generando productos y riqueza excedentaria? ¿No sería más equitativo que pueda disponer de más tiempo para su esparcimiento, familia, educación y ocio? Claro que nuestra formación y la tradición, que viene desde hace siglos, tal vez milenios, responden al mandato bíblico: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, nos indica que el trabajo es un valor supremo.

Es curiosa la etimología de la palabra Trabajo, que viene del latín tripalium, que significaba literalmente ‘tres palos’ y era un instrumento de tortura formado por tres estacas a las que se amarraba al reo. Por lo que se puede inferir que: trabajo=sufrimiento. ¿Curioso no? Tal vez sea hora de revisar ciertos conceptos en cuanto a la evolución de la humanidad. Y uno de esos conceptos fundamentales es justamente, el trabajo.

Volvemos a esa ecuación que cierra cada vez menos ante los cambios estructurales que estamos transitando: Cada vez se producen más bienes y servicios con menos gente. ¿Qué hacemos con la gente? Una de las alternativas es la reducción de tiempo de trabajo, alternativa que es aplicada en varios países, con regular éxito por no contar políticas complementarias.

 

La reducción del tiempo de trabajo no debe ser una política en sí, sino que debe formar parte de un dispositivo integral. No debe tampoco suponer una pérdida del poder adquisitivo del trabajador y debe a su vez generar nuevos puestos de trabajo.

 

Por supuesto, para las empresas, y los empresarios, cuya finalidad es maximizar las utilidades de las compañías esto es una herejía y más de uno querrá quemar en plaza pública, untado de brea, al autor. Es comprensible esa primera reacción. Ahora bien, en el caso de la aplicación de esta regla, la empresa crecerá en eficiencia y en productividad, porque los procesos de producción se adaptarán a los nuevos ritmos. Tomemos el caso de una empresa industrial que trabaje tres turnos de ocho horas, con 100 obreros de planta y con su capacidad productiva a pleno. La reducción implicaría tener que agregar un turno más, con los cual se pasaría a cuatro turnos de seis horas cada uno, con 125 obreros.

Eso, de por sí, haría aumentar la producción. Si bien la cuenta no es lineal,  se podría estimar un incremento del 15/20 % en producción. Cuando se sabe que la incidencia del costo laboral en el precio final de un producto industrial es de alrededor del 10%, la cuenta cierra por todos los costados. Por supuesto que eso incidirá sobre la cuenta de resultado final de la compañía, que verá mermar en alrededor de un 5% sus utilidades en un primer tiempo, pero ganará en el mediano plazo, gracias al aumento del consumo.

Esto redundará también en mayores ingresos para el Estado - siempre por vía del consumo - que a pesar de lo que puedan decir algunos trasnochados, es un motor preponderante para la sustentabilidad de la economía de un país. También los trabajadores al contar con más tiempo libre, incrementarán los ingresos del sector turístico que ganará en actividad, generando a su vez nuevos puestos de trabajo. Si se tiene en cuenta que el turismo representaba - al menos hasta fines del 2015 - casi el 8% del PBI, no es muy complejo inferir cuál sería el efecto de una medida de este tipo.

En otro orden  de cosas, los bancos estatales y cooperativos - con el Banco de la Nación a la cabeza - deberán dirigir sus recursos hacia el sector productivo para brindar financiamiento y apoyo técnico, tantos a las empresas ya existentes como a las nuevas, poniendo especial atención en las Pymes y en los micros emprendimientos, que son grandes generadores de empleo.

La re-creación del Banco Nacional de Desarrollo, orientado hacia esos sectores, sería una medida acertada. Si la reducción del tiempo de trabajo forma parte de un programa económico integral, con el objetivo de crear más empleos, incidirá también en los aportes jubilatorios, ya que a mayor cantidad de cotizantes, habrá mayor holgura económica del sistema.

Por supuesto, uno de los grandes desafíos es el combate contra el trabajo no registrado. Este es un tema que tarde o temprano, tendremos que afrontar y me parece que cuanto antes comencemos a tratarlo, mejor. Como es fácil imaginar, se trata sobre todo de una decisión política más que económica, ya que comprometerá el futuro de generaciones enteras.

Me permito insistir en que es necesaria una serie de políticas integrales e integradoras, ya que si la reducción de tiempo de trabajo se toma como una medida aislada, fracasará estrepitosamente.