08 Febrero 2017

La derecha bicha

Por Carlos Almeida
La derecha es bicha, muy bicha. Explota los miedos, las inseguridades, los temores. Prefiere las certezas, las verdades reveladas y las respuestas contundentes y simplistas.

En regla general, la derecha brinda las malas respuestas a las buenas preguntas. En todos los campos.

Algunos ejemplos:

En materia económica, proponen soluciones como el neoliberalismo, que podríamos resumir en algunas frases y expresiones  ya trilladas como “el derrame”, ese mismo derrame en el que el vaso no se llena nunca, y por lo tanto… no derrama. O el hacerle creer a las personas que todo es fruto de su propio esfuerzo, la “meritocracia”, como si los factores exteriores no tuviesen nada que ver, como si la intervención del Estado fuese una mala palabra, ese Estado que crea las condiciones para regular la economía, para que los recursos no queden en manos de unos pocos.

Ese remanido y escuchado “Yo me tengo que levantar igual a laburar todos los días”. La diferencia está en que te podés levantar a laburar o a tomar mate con yerba secada al sol, porque no te alcanza para comprar. Si ese Estado se desinteresa de vos, quedás huérfano.  Es tan básico como eso.

En lo que concierne a la educación, es algo bastante parecido. La derecha neoliberal nos llena la cabeza con que si “la educación pública no funciona, hay que mandar a los pibes a la privada”. También nos dicen que la educación privada es de mejor calidad, sobre todo porque no puede ir cualquiera,  entiéndase los pobres, los morochos, los  “diferentes”. Algo que por supuesto no es cierto.

Hay escuelas y colegios privados que dan miedo, tanto por el ambiente que se respira como por la calidad educativa. Pero debemos entender que la derecha ve a la educación como un negocio y no como un derecho.  Y una Educación pública de calidad, conspira contra ese negocio.  En el aspecto social, la derecha nos dice que esos son “gastos” y estigmatiza a los beneficiarios de programas y planes que están destinados a igualar las oportunidades.

Tenemos muchos ejemplos. Basta con recorrer la historia de nuestro país para ver quiénes propugnaban la justicia social y quiénes la limosna de la beneficencia: De un lado Facundo Quiroga,  el Chacho Peñaloza, José Gervasio de Artigas, Martín Miguel de Güemes, Manuel Belgrano, Juan Manuel de Rosas, Martina Céspedes, Manuel Dorrego, Juana Azurduy, José de San Martín, Felipe Varela, y por supuesto Evita y del otro lado Bernardino Rivadavia, Domingo Faustino Sarmiento, Mariquita Sánchez,  Juan  Galo de Lavalle, Bartolomé Mitre, Justo José de Urquiza y siguen las firmas. ¿No me creen? Fíjense en las acciones de estos hombres y mujeres a lo largo de sus vidas y descubrirán hilos conductores que muestran cuáles fueron sus acciones, sus gestos. Pero la demonización de sus vidas, el ocultamiento de sus logros, de su cotidianeidad en materia de justicia social,   fue ocultado y tergiversado para vendernos héroes de bronce, inmaculados e impolutos.  La realidad es otra.

En materia cultural, la batalla es ruda, porque es “LA” batalla. El dominio de las mentes es primordial para la derecha. El control de los medios de difusión y de comunicación es esencial para llenar de argumentos prefabricados y fútiles en todos los campos. Llevar  a las personas a pensar solamente en sí mismos, para que no entiendan que sin proyecto colectivo no hay sociedad posible es el gran logro.

Y esto no es nuevo. La mentira de la “objetividad” en el periodismo es tal vez el mejor ejemplo de ello. Nunca se comunica nada inocentemente, ni siquiera estas líneas. Tal vez uno de los ejemplos más claros de las malas respuestas a las buenas preguntas,  en que la derecha tiene gimnasia,  es con respecto a la seguridad – o inseguridad – depende como se mire.

La respuesta es la represión, la demonización del otro, de ese que es “diferente” porque no responde al modelo establecido, porque viene de otro lado – como si acá no tuviésemos chicos malos rubios y de ojos celestes –

 

Pasa por habernos hecho creer que somos europeos, cuando somos todos hijos de la América Morena, muchos descendientes de quienes se bajaron de los barcos huyendo de guerras, hambres y otras calamidades y que encontraron un lugar en el mundo.

 

Entonces, cuando hay algún brote de violencia – comprensible, pero no justificable, por la situación que se vive – proponen, por ejemplo, la vuelta al Servicio Militar, como si eso fuera la solución mágica. Claro que hay que preguntarse para quién… Y la respuesta es rápida, llena de lógica berreta: “Para los negros que no estudian ni trabajan”, no para todos y todas. Como si seis meses o un año dentro de un cuartel hicieran que un joven encarrile definitivamente su vida.

Si no se le brindan las posibilidades, ese joven no habrá aprendido nada provechoso, por más buena voluntad que se ponga, porque todo es una cuestión de decisiones políticas.

El Estado debe tener un rol central en la vida de los ciudadanos, intervenir efectivamente en todos los campos para lograr una regulación de la sociedad, que librada a sí misma, solo beneficia a unos pocos.

Por eso la derecha no quiere que los ciudadanos se involucren en política, que se interesen, en definitiva, en sus propias vidas, que se inmiscuyan en los arcanos de la economía, de la cultura, de la educación. Eso es peligroso para sus planes. Los regímenes autoritarios siempre atacaron al pensamiento crítico. Siempre propugnaron esas “verdades reveladas” que presentan como absolutas y grabadas en la piedra.

La frase de Mauricio Macri: "¿Qué es esto de universidades por todos lados? Basta de esta locura", de noviembre de 2015, no es casual, demuestra cuál es el objetivo de una derecha reaccionaria dura.

Hay que crear analfabetos, sobre todo analfabetos políticos, ya que como escribió Eugen  Berthold Friedrich Brecht:

 

  • “El peor analfabeto es el analfabeto político.
  • No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
  • No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas.
  • El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.
  • No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.”

 

Y no olvidemos nunca que si a algunos no les interesa la política, la política sí se interesa en ellos. Siempre.