27 Febrero 2017

La construcción

Por Carlos Almeida
En consonancia con la liquidación de Cambiemos, que se va transformando en inexorable a medida que los días pasan y que aparecen como hongos las verdaderas intenciones del “mejor equipo de los últimos 50 años”, una nueva construcción se va gestando.

Tal vez sea ese tan ansiado Tercer Movimiento Histórico, tan anhelado por Raúl Alfonsín y más tarde por Néstor Kirchner. Seguramente Juan Domingo Perón lo miraría con buenos ojos.

Es imposible tratar de comprender la historia argentina reciente, al menos desde 1930 hasta hoy, sin pasar por el peronismo, en todas sus variantes y vertientes, con todas sus contradicciones, avances y atrasos.

Hay algunas circunstancias que a veces funcionan como catalizadores ante acontecimientos determinados. Nuestra historia nos brinda varios ejemplos. Tal vez los más recordados, por lo traumáticos, sean el golpe de Estado de 1976 y la dictadura que siguió, con su corolario de represión, muertos, desaparecidos, torturados y exiliados,  y también diciembre de 2001, con un país al borde de la disolución.

De esas dos circunstancias históricas excepcionales surgieron nuevos liderazgos, resistidos y combatidos ambos por el poder económico. Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner - más tarde Cristina Fernández - fueron objeto de campañas feroces para desprestigiarlos y destruirlos. Con Don Raúl lo lograron.

Con Néstor y Cristina fue imposible. Tal vez una de las razones más potentes de ese empeño destructivo es que los tres, por caminos similares trataron de construir un Movimiento Nacional y Popular. Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner no fueron revolucionarios.

Fueron dos reformistas audaces, con un coraje político espectacular, maravilloso y seductor. Alfonsín, un social-demócrata convencido,  supo, a pesar de todas las trabas – y aquí podemos decir “palos en la rueda”, sentar las bases de un Estado Democrático – así con mayúsculas – y vio truncado ese derrotero por fuerzas que lo excedieron y por el no acompañamiento de una sociedad, principalmente por gente de su partido, por no haber comprendido cuál era la tarea a emprender. Unos por mezquindad y por egoísmo los otros.

Con Kirchner, un peronista de raíz, proveniente de la JUP y de la FURN, asociado a la Tendencia Revolucionaria, la historia era otra. Después de haber ejercido cargos electivos, había hecho de la gestión una gimnasia que nunca había dejado, pues había comprendido que para construir poder, la gestión era indispensable.

Kirchner tuvo  la elección de seguir la misma línea de sus predecesores, poniéndose en una posición cómoda y obedeciendo mansamente a los dictados de las corporaciones, o, como optó, romper esquemas y tratar de crear una dinámica que iba a transformar el país, siempre llevando más allá los límites que querían imponerle.

Supo negociar con todos, componer con todos y sobre todo buscar las vías para debilitar a los adversarios con los que no podía hacer ninguna de las dos cosas anteriores. Me atrevo a decir que fue el político más brillante que hemos tenido en nuestro país junto con el General Perón. Esto va más allá de las simpatías que pueda tener por uno y otro. Es fruto de un análisis de discursos, de trayectorias y de actos de gobierno de ambos. Ningún otro político argentino tuvo esas capacidades.

 

Con Cristina, la cosa fue diferente. Recibió un país que se estaba poniendo en marcha, también luchando con los monopolios, mediáticos y económicos, que mandaron al frente a políticas y políticos como carne de cañón, de los cuales algunos quedaron en el campo de batalla, muertos o malheridos, como lo fueron Julio César Cleto Cobos y Fernando “Pino” Solanas, entre otros.

 

Por otra parte y concomitantemente, desde la derecha fueron armando un candidato con paciencia, perseverancia y método, que es quien hoy ocupa el falso sillón de Rivadavia. Aclaro que el famoso sillón es falso en serio, porque era propiedad de Bernardino y se lo llevó a su casa cuando lo echaron del gobierno.

El que se usa hoy ni siquiera es una réplica. Vicente Fidel López, sostiene que "hasta la casa de gobierno había quedado desmantelada y sin menaje: sus piezas estaban reducidas a paredes desnudas y deterioradas; pues resultaba que todo el mueblaje, hasta el del despacho presidencial traído de Europa, era de propiedad del señor Rivadavia; y que, antes de dejar el poder, conociendo la insolvencia del nuevo gabinete para abonarle su valor, lo había trasladado todo a su nueva habitación".

El sillón del actual escritorio presidencial corresponde a la primera presidencia de Julio Argentino Roca. Data de 1885 y está conformado de madera de nogal italiana. Fue decorado con la técnica dorado a la hoja, con lámina de oro. Fue adquirido en la Casa Forest de París a fines del siglo XIX y ha sido utilizado desde entonces por todos los presidentes de nuestro país. Bien, este punto evacuado, quiero volver al objeto que nos ocupa.

Con Cristina Fernández pues, la cosa fue diferente. Hubo, recordemos, una obsesión destituyente prácticamente desde el inicio de su mandato.

Querían que se fuera, que renunciara. Las malas lenguas dicen que estuvo a punto de hacerlo y que gracias a la persuasión y los argumentos de su entorno, empezando por su marido y por una determinante intervención de Estela de Carlotto, desistió de hacerlo. En este momento la Argentina está cerca de tomar una determinación crucial para su futuro.

Es muy probable que el gobierno de Cambiemos pierda las elecciones legislativas del próximo octubre y que se vaya desgastando hasta las presidenciales de 2019. Es posible también que haya una dura disputa por el liderazgo del peronismo, y es casi seguro que en uno de los rincones del ring esté Cristina Fernández, en otro Sergio Massa, que nunca fue peronista, pero que sabe que es la única herramienta política y electoral con la que podría disputar el poder (proviene de la extinta UCD y su esquema de pensamiento sigue siendo el mismo, aggiornado, por cierto, pero el fondo es el mismo).

Y hay una pugna de personajes menores para pararse en las dos otras esquinas del cuadrilátero. Tal vez el mayor desafío para quien tome el liderazgo del peronismo, sea el de sentar las bases de ese gran Tercer Movimiento Histórico y comenzar a construirlo, lo cual será una tarea ardua. Sin  embargo el germen está. Los radicales populares de Moreau y Santoro, Forja, de Gustavo López, el Socialismo de Jorge Rivas, y varios más que no han dejado sus convicciones delante de ninguna puerta ni arrumbadas sobre ninguna banca, pueden constituir, junto con quienes permanecieron leales a sus ideales, el embrión de ese movimiento.

Hay más, muchos más, que están esperando eso, y lo hacen de una manera activa, militante. Son quienes se mueven y se despliegan todos los días, sin estar enrolados en ninguna organización o agrupación. Los que pregonan en los subtes, los que se juntan en los barrios, en los pueblos y ciudades de todo el país, que no tienen más recursos que su militancia y su consciencia.

Nunca tuvieron un cargo, ni un contrato en el Estado ni con el Estado, pero siempre supieron muy claramente, quien les cuidaba los garbanzos. De a poco, casi imperceptiblemente,  se va armando. Hay muchas personas que agarraron la pala y la cuchara de albañil y comenzaron a construir desde los cimientos un edificio que llamará la atención. Que tal vez lo vean generaciones futuras, y deban seguir levantándolo.

Quien les dice, tengamos una sorpresa dentro de unos meses, cuando tal vez veamos surgir un encuentro de todos esos movimientos que no responden a ningún dirigente, sino a una dirigenta que, a mi entender está manejando los tiempos políticos con maestría.