01 Julio 2019

Aquellos días

Por Carlos Almeida
Me acuerdo de aquellos días. Y son impresiones y recuerdos que tengo muy presente. Estaba en la escuela secundaria, era casi a la mañana y para muchos de nosotros era un día como otro. Para algunos, no para todos.

En ese momento, junto con algunos otros compañeros, éramos un grupito de militantes que estábamos al tanto de lo que estaba sucediendo. Y si bien no éramos muy conscientes de lo que significaba, intuíamos que era muy grave.

En realidad se estaba acabando un mundo, no el mundo, pero si un mundo, o parte de ese con que íbamos creciendo desde que nacimos. Y nos agarraba jóvenes, tiernitos, a pesar de nuestra presunción que a esa edad y con esa identidad adquirida por muchos de nosotros en sus hogares nos podíamos comer el mundo.

Había de varios lados, cada uno con sus posiciones, bien ancladas, sobre la situación. Cuando digo de varios lados, digo gente de Guardia de Hierro, de la Tendencia Revolucionaria y por supuesto de la jotaperra, de Julio Yessi, que respondía a López Rega. Si bien estos últimos eran muy pocos, eran bastante pesados y patoteros.  Entre los pibes y pibas de La Juventud Secundaria Peronista, de Guardia y la gente de la UES, había una cierta convivencia que se expresaba en posiciones comunes en el centro de estudiantes.

En esa circunstancia estábamos unidos, mientras los de la jotaperra nos miraban como lobos, esperando para atacar, pensando que nuestra angustia era un signo de debilidad. La verdad que se avecinaba era dura, terrible: Se estaba muriendo Perón y nosotros chicos de 14,15, 16 años lo vivíamos mal, como si se nos estuviera muriendo un padre o un abuelo.

Los más grandes, nuestros padres, tíos, compañeros de las unidades básicas, sabían que luego de esa muerte se venía la noche y que era la antesala del horror lo que seguía. Nosotros solo lo intuíamos. Me acuerdo del Jefe de preceptores, “El Perro”, que nos juntó a todos a eso de la una de la tarde, y con un cuidado y una ternura que nunca le habíamos conocido nos dijo “- Chicos, váyanse a sus casas. Acaba de morir el General Perón”. Las lágrimas le corrían por las mejillas. También vi a otros y a otros, esbozar una sonrisa.

El regreso a casa fue raro, extraño, inhabitual. Ya en los colectivos se veían crespones negros y de algunos balcones colgaban banderas con luto. Al llegar a mi casa mi madre con ojos llorosos no atinaba a decirme nada. Sé que comí algo a las apuradas, que me cambié de ropa y que salí disparado a ver a mis compañeras y compañeros, de los cuales yo era el más chico. Tenía quince  años, ni siquiera la edad “legal” para formar parte de la JP. Me faltaban unos meses.

Al llegar a ese local, estaban todos llorando, abrazados, bajo una foto del “Viejo”. Los más grandes con caras muy preocupadas, sin duda previendo que los próximos meses serían dramáticos y pensando en cómo proteger a los otros. Eran horas inciertas.  A eso de las siete de la tarde llegó la noticia que a Perón lo velarían en el Congreso y que había que prepararse cuando llegara la orden – eso me impactó, no decía directiva, decía “orden”, para movilizarse hacia el Parlamento.

Se armaron los grupos: Quienes iban a ir, quienes se iban a quedar, quienes se ocuparían de la logística y lo más extraño a mis ojos, quienes se ocuparían de la seguridad. Un detalle que, entre tantos otros, me quedó grabado.

Jorge, un gran compañero con quien por suerte hoy todavía estoy en contacto, entre mate y mate en esa noche triste me dijo: “Date cuenta que nosotros somos la última generación que militó con Perón vivo. Los que vendrán después de nosotros, lo harán con un mito”. Ese 1 de julio de 1974, hace ya 45 años, se acababa un mundo y comenzaba otro, muy diferente.