01 Noviembre 2019

El fenecimiento del urtubeycismo: meses de ostracismo para el gobernador

Después de los comicios nacionales y frente al escenario provincial de reconfiguración del poder, aunque suene increíble, el gobernador quedará despojado de influencias fuertes tanto en la nación como en la provincia.

Por Franco Hessling

Las elecciones del domingo confirmaron que, desde diciembre en adelante, Juan Manuel Urtubey pasará a cuarteles de invierno y que sus aspiraciones políticas nacionales deberán esperar. La continuidad del macrismo le habría garantizado una vía de poder, tal vez hasta le reservaban un espacio en un nuevo gabinete. En cambio, el triunfo de Alberto Fernández le significó un mazazo por la vehemencia con la que había defendido la idea de que el kirchnerismo estaba superado en la política argentina.

Afuera de la reconfiguración de poder nacional, pues los equipos de Alberto y Cristina están más prestos a convocar a Roberto Lavagna que en sumar a Urtubey, el gobernador de Salta transita un camino irreversible hacia el ostracismo, al menos por un par de meses. Y no es poco decir, el ostracismo es una de las situaciones más duras para cualquiera que se precie de dirigente político. Podrá gustarnos o no, pero Urtubey es indudablemente uno de esos especímenes que transpira política, irradia conspiración y derrama ambición -en un buen sentido-.

Por si su estrategia fervientemente anti-K no hubiese dinamitado los puentes suficientes, el mandatario salteño tampoco podrá ostentar de legisladores nacionales de su riñón. Pablo Kosiner afuera del Congreso, Marcelo Lara Gros no conquistó una banca, Rodolfo Urtubey, su hermano, abandona el cuerpo, y Cristina Fiore se pasó al olmedismo y disputa un escaño en la Legislatura provincial.

El problema ya no es que sus ansias nacionales hayan quedado truncas y que ni siquiera tenga cabida, al menos en los primeros meses, dentro de la nueva gran unidad peronista que acaba de retornar al poder. El problema central para Urtubey, y que lo condena al ostracismo, es que tampoco contará con espacios de poder sólidos en el entramado provincial. Ni resonantes cuadros, ni destacados dirigentes, ni aliados legislativos de valor, ni magistrados devotos a la causa U.

Eso nos conduce a pensar, en primer lugar, quién fue el gran ganador salteño el pasado domingo en las Generales nacionales. Juan Carlos Romero, quien incrementó su caudal, logró empujar a Mauricio Macri a una remontada asombrosa en Salta, retuvo su banca en el Senado de la Nación y está próximo a sentir el relajo que atraviesan aquellos césares cuando ya saben que tienen sucesión: Bettinita, su hija, tiene grandes chances de ser la próxima intendenta de la capital.

La dinastía Romero goza de una salud asombrosa tras tantos años en el poder. Los más serios críticos de la perspectiva de poder de Urtubey lo acusan por esa vigencia del romerismo, ya que le endilgan haber desmantelado el Partido Justicialista, devastado la identidad peronista y acabado con la formación y emergencia de nuevos cuadros políticos. El personalismo de Urtubey, completan, ha ido demasiado lejos.

La revitalización del romerismo y la dilapidación del urtubeycismo, una cosa consecuencia de la otra y viceversa. La vigencia y el ostracismo. Llama la atención la poca importancia real que tendrá en el poder salteño quien hasta diciembre será el gobernador, quien presumió el cargo por 12 años, igual que su antecesor y hoy su sepultero: Júcaro.

Cerremos haciendo una advertencia: el ostracismo de Urtubey se anticipa circunstancial, ya que es un dirigente, como hemos dicho, que transpira política. Por eso, aunque sea una muerte, es una muerte cataléptica. En cualquier momento se reinventa y reingresa en el ámbito político.