04 Enero 2020

Acceso y salida a los ríos de Vaqueros: embotellamientos y demoras interminables

Como todos los años desde hace cuanto menos un lustro, los fines de semana son un calvario para quienes no tienen más opción que refrescarse en los cauces fluviales cercanos a la capital provincial. 

Franco Hessling

El torbellino de salteños despojados de toda prosperidad, aquellos a los que apenas les alcanza el mango para proyectar unas vacaciones en las paradisíacas rocas del río Vaqueros o del de La Caldera, esperan con ansias el paso de las fiestas de fin de año para diagramar las salidas hacia la zona colindante a la capital provincial.

Conservadora en mano para ahorrar en compras de último momento, con apenas un remanente para una tortilla a la parrilla o una tanda de buñuelos, la mayor parte de la población capitalina opta por esta opción de balneario para refrescarse, compartir en familia o con amigos, disfrutar del esparcimiento y remojarse en aguas que deberían ser cristalinas pero que suelen cobrar un cariz chocolatoso, propio del barro que arrastra el río que arrasa el sedimento removido por la extracción indiscriminada de áridos.

A medida que avanzan los días en enero y más cantidad de personas va entrando en receso estival, las jornadas hábiles se vuelven un ida y vuelta a la zona de Vaqueros, se van poblando de gente que marcha, peregrina sumisamente ante la inclemencia del sol hasta el oasis en medio de un desierto de diversión y lugares para el esparcimiento acuático (la ciudad de Salta apenas cuenta con tres o cuatro balnearios a su cargo).

La situación se torna en problema cuando llegan los fines de semana, y entonces coinciden los visitantes ocasionales, los salteños que están de vacaciones y aquellos otros que no, pero que igualmente quieren aprovechar sus descansos para darse un chapuzón o disfrutar de la amarronada agua de esos torrentes fluviales tan recurridos,

Entonces, la única ruta, por cierto muy angosta, que estrecha a la ciudad de Salta con la zona de Vaqueros y La Caldera se atiborra de vehículos de todo orden, que tornan el paseo no menos que un calvario para entrar y salir al paraíso de agua marrón, único posible para las aspiraciones de las masas ciudadanas sin presupuesto para pagar 30% más para comprar dólares y vacacionar en el exterior. Desde el colectivo hasta las bicicletas terminan yendo prácticamente a paso de hombre por los embotellamientos.

Ese escenario es una constante desde hace ya varios años, desde que el crecimiento demográfico, del parque automotríz y de la cantidad de personas que se permiten disfrutar de los ríos cercanos comenzó a desbordar las posibilidades de la precaria infraestructura de acceso y salida a los pueblos. Es decir, nadie puede sugerir que es una novedad o que el Gobierno de Vaqueros se está desayunando con esta situación por primera vez.

Debido a ello, conviene recalar en la relevancia que tendrá para los intendentes de la zona, un viejo conocido como Daniel Moreno y un debutante como Diego Ramiro Sumbay, quienes deberán hacer gestiones ante los gobiernos provincial y nacional para acabar con esa situación de una vez por todas. Sino, quienes van a los ríos buscando refrescarse, con la demora del regreso, terminan por cobrar todavía más temperatura que la que padecían antes de sofocar el calor con el agua chocolatosa.