27 Febrero 2020

En memoria de un intelectual diáfano

Bunge era resistido por buena parte de la intelectualidad argentina, etiquetado tanto como “positivista” que como “gorila”. Amén de esos motes, pocos se atrevieron a cuestionar su solvencia como teórico, pese a que él sí se enfrentó a popes científicos como Karl Popper.

Franco Hessling

Hace poco leí una entrevista en la que un sabueso inquisidor empezaba su saga consultándole a Mario Bunge, en tono provocador, si no le parecía que haber nacido entre libros era una ventaja para constituirse en un intelectual. Sin ruborizarse por sus propias ventajas, Bunge le daba la razón al entrevistador y además añadía todo un análisis al respecto de los mecanismos de expulsión de la universidad.

Mecanismos que, más allá de lo estrictamente institucional, supieron ir contra el propio Bunge cuando la política extramuros inició sus manejos de la universidad, mucho antes que Juan Carlos Onganía hiciera gala de autoritarismo. Fue durante el primer peronismo, cuando el físico y filósofo argentino fue acusado de instigar manifestaciones contra el gobierno -como si eso fuera un delito- y por tanto encarcelado y removido de sus cargos en la Universidad Nacional de La Plata, de la que era egresado.

Lo recuerda en esa misma entrevista: “Estuve en la cárcel sin merecerlo. Me castigaron por pecados muy anteriores, en particular por haber fundado en 1938 la Universidad Obrera, que era una organización independiente perteneciente a la sociedad civil y, por lo tanto, indeseable para cualquier régimen duro, que lo primero que hace es eliminar cualquier obstáculo que haya entre el individuo y el Estado. Me acusaron de incitar a la huelga ferroviaria de 1951, que fue la primera gran huelga que le hicieron al gobierno peronista. Yo ni siquiera viajaba en tren, en aquella época tenía auto, y no tenía la menor relación con dirigentes sindicales. En la cárcel me encontré con varios de ellos. Uno con quien compartí mi celda era un muchacho completamente desconcertado porque había sido buen peronista militante y no entendía cómo había acabado metido allí. También compartíamos morada con un médico que tampoco entendía por qué estaba allí”.

Efectivamente, habrá sido incómodo para el peronismo, incluso para el peronismo universitario contemporáneo, admitir que un “gorila” -en los términos de ese peronismo- fue en realidad el fundador de la Universidad Obrera. Por estos días hay incluso universitarios que insisten con proponer al “General” como gran promotor de la universidad obrera y la gratuita -hay ciertos hechos históricos que permiten esas interpretaciones parciales como la creación de la Universidad Tecnológica Nacional o algún que otro instrumento legal de las primeras presidencias de Perón-.

Bunge fue más que un crítico del peronismo, destratado en Argentina justamente por haber sido señalado con el estigma de “gorila”. Ciertamente provenía de las clases acomodadas, aunque sin que por ello no haya tenido visiones críticas y aportes intelectuales que merezcan considerarse. También fue etiquetado, lisa y llanamente, como un “positivista”, mote que le valió resistencia en los ámbitos más fértiles del relativismo. Decir “gorila” y “positivista”, en sectores cuantiosos de la mainstream argentino son verdades últimas, sentencias condenatorias.

Para quienes nos esforzamos por escapar al corset de ese mainstream gaucho, Bunge se recordará como el intelectual de fuste que abarcó tantos planos como los pensadores de las primeras centurias de ciencia moderna. Como aquel pensador que se esforzó por proponer una filosofía de la exactitud, por escapar de los atajos del relativismo y los arcanos de la forma de expresar el conocimiento que tiene la posmodernidad y el posestructuralismo. Un intelectual diáfano.