05 Marzo 2020

Leyenda sobre el origen y la cura al coronavirus

Una vieja leyenda melmaquiana cuenta que el coronavirus es una brujería que sólo se acabará cuando el primer infectado sea asesinado por la fuerza opresora de las lampalaguas sudamericanas.

Franco Hessling

En unas pocas horas el hospital estuvo atiborrado de personas. Una madre daba alaridos con su beba en brazos, tratando de reanimarla mientras la pequeña sollozaba y balbuceaba como si intentara hablar en medio de un delirio. A un costado de uno de los pasillos, un hombre mayor rezongaba tomándose con una mano la barriga y con la otra la testa.

Con los ojos entrecerrados, una muchacha joven llegó hasta la puerta del consultorio 34 y se desplomó por completo. La médica residente, de exorbitantes calificaciones y gran astucia para el cotidiano vivir, estaba paralizada por la situación desbordante. Más de una vez había leído sobre epidemias y pandemias, prevención y políticas públicas, Salud Pública II, se decía intentando recordar los conceptos.

En automático, esa médica que estaba haciendo sus primeras prácticas curaba heridas dérmicas causadas por la forma en las personas se rascaban las ronchas. Algunas laceraciones habían sido tan profundas que necesitaban puntos de sutura. La picazón era fortísima y algunos perdían el control, se rascaban hasta hacerse surcos en la piel.

En las primeras horas de afluencia de pacientes, entre los médicos circuló la hipótesis de que se trataba de un brote de leishmaniasis. Con el paso de los minutos, tras fracasar con una serie de antídotos, resignaron la posibilidad de que fuera algo conocido. Para cuando concluyeron eso, la nómina de ingresos se había quintuplicado, y, con ellos de un lado a otro gritando, llorando y farfullando, la médica residente se había bloqueado.

La joven que se había desplomado ante los ojos de la médica residente, en el consultorio 34, fue asistida por un enfermero y apenas recuperó el aliento, haciendo un gran esfuerzo, pidió que por favor le prestaran atención, que ella sabía qué es lo que pasaba y cómo curarlo. De pronto, varios médicos la rodearon, entre ellos la inexperta, y le dijeron que hablara de una vez. La presión se le hizo insoportable y escupió un vómito que salpicó de lleno a un médico que estaba con delantal y ambo.

La muchacha se desvaneció de nuevo en la cama y las súplicas que llegaban desde todos los pasillos sacaron a los médicos de alrededor de la damnificada. La única que permaneció a su lado fue la médica residente, que estaba en marasmo con toda la vorágine de enfermedad que la rodeaba de repente.

A los pocos segundos, la mujer recobró el semblante y le dijo a la joven médica: “Es mi culpa, yo traje el Palaciovirus. Estuve en Melmac la semana pasada y cuando tuve fiebre, una bruja lugareña me advirtió que tenía Coronavirus y que debía hacer que una lampalagua me enrolle un brazo para que se cortara el efecto. Si no, se potenciaría y mutaría en Palaciovirus”. La médica le preguntó si entonces estaban a tiempo de frenar la malaria trayendo una lampalagua; respondió que debía traer una lampalagua por cada una de sus extremidades y dejar que las reptiles acabaran con ella. Una vez que la mataran, no habría más virus. El virus, le explicó a la joven médica, “es una maldición que está más allá de cualquier explicación científica”.