18 Noviembre 2020

Volver a las aulas, plan próspero para el año próximo

El debate sobre el retorno a la presencialidad en la educación cobró relieve nuevamente en los últimos días. A estas alturas del calendario escolar y académico sería más un inconveniente inútil, un gesto simbólico, antes que una resolución pragmática. 

Franco Hessling

En los últimos días se reanimó un debate que venía algo acallado en las últimas semanas de pandemia: el retorno a la presencialidad en el ámbito educativo. Aunque resulte un tanto inverosímil por el momento del calendario, ciertas disposiciones nacionales y declaraciones del ministro de Educación, Nicolás Trotta, reabrieron la discusión de si es posible regresar a las aulas antes de que expire el 2020.

Las universidades fueron acorraladas por ciertas resoluciones donde se expresó que ya estaban dadas las condiciones para regresar a las aulas. En ese marco, Conadu Histórica, la federación donde se encuentra alineado el gremio de docentes e investigadores salteños, se expresó en contra de retornar a la presencialidad sin haber vacunas comprobadas, protocolos probados y marco de seguridad para cubrir todo el trabajo a la población de las universidades que no sea de riesgo.

Sin embargo, el debate se volvió a poner sobre la mesa y no sólo para el nivel universitario sino para todos. Así, empezó a barajarse la posibilidad de que los exámenes de fin de año para los colegios secundarios sean en los respectivos establecimientos y hasta algunos terciarios de Salta decidieron retornar a sus actividades en los últimos años de las carreras.

Las discusiones al respecto, como siempre, sacan a relucir fundamentos de lo más diversos, algunos de los cuales ameritan de mucha tolerancia para ser considerados opiniones respetables. En esa línea están los argumentos de quienes consideran que si se ha retornado a la vida comercial no es posible pensar que una sociedad seria no retorne a las clases presenciales.

Habría que responderles, en primer lugar, que el dictado de clases y contenidos no se interrumpió en todo el año, es decir, que la presencialidad no es sinónimo de que vuelva a existir educación, ya que las clases ni los trayectos educativos, mucho menos las labores para los docentes y directivos, se suspendieron en ningún momento del año.

Por otra parte, es útil recordar que todavía son vidriosas las determinaciones sobre las acreditaciones de los trayectos de este año y que, modificar la modalidad ahora implicaría un elemento nuevo a considerar. Ello no haría más que empantanar en un lodo más denso la resolución sobre las maneras de evaluar y considerar este año atípico.

A ello habría que sumar que un retorno a la presencialidad en las últimas semanas del calendario escolar y académica sería más bien un gesto simbólico, pues no alcanzaría para compensar ninguna de las cuestiones que se perdieron o modificaron a lo largo del ciclo lectivo transitado durante el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio. Lo óptimo, entonces, es ponerse a pensar en cómo resolver en términos de evaluación este año y dejar de saturar y cargar con prejuicios al sistema educativo.