03 Febrero 2020

Quién tiene la culpa?

Por Félix Jesús Arancibia
El trágico episodio de la confitería bailable de Villa Gesell, que culminó con la muerte del jóven Fernando Sosa Báez, de 18 años de edad, fue y es motivo de conversación y de opiniones deversas, vertidas en la casi totalidad de las mesas de los argentinos.

Nutrida fue la información y opiniones de los medios de comunicación, especialmente de la televisión abierta y por cable. Como también profusa fueron las reflexiones y comentarios de especialistas de la sicología, medicina y dirigentes o ellegados al deporte que practicaban los rugbiers, hoy presos en el penal de Mercedes, provincia de Buenos Aires. La condena por el actuar de los diez intervinientes en el ataque a Sosa Báez fue casi unánime, y digo casi porque algunas voces, con el derecho a la libre expresión que le concede la Constitución Nacional y leyes dictadas en su consecuencia, trataron de minimizar el suceso. En todas las oportunidades en que los medios de comunicación trataron el tema, intentaron fundamentalmente encontrar las razones de la violencia ejercida y que terminó, como se dijo en líneas anteriores con la muerte de un joven de dieciocho años, que trabajaba, que estudiaba, que tenía expectativa de vivir en una sociedad mejor en un plazo no muy lejano.

Fue el rugby -como deporte- el origen de la tremenda violencia a la que aludo? Fue la sociedad? Ella cobija en potencia esa explosión exterminadora que estremeció a la casi totalidad de argentinos? Es la existencia de una división de clases imposible de superar, y que en los últimos años se graficó como la grieta que nos divide socialmente? Considero que el entramado de la cuestión es mucho más amplio y abarcativo de una serie nutrida de factores concurrentes. El primero de ellos, que posibilitaría el cambio de exteriorización conductal, tiene terreno fértil en la educación, entendida como la herramienta pública o privada que no solamente brinda información, sino formación a niños, adulto y jóvenes. La familia también juega un rol importante. Pero en la persona de la dirigencia de cualquier tipo, fundamentalmente de la política, se puede bucear buscando la respuesta. No es nueva la violencia en nuestro país, puesta de manifiesto en muchas ocasiones a lo largo de su vida como república. Pero tampoco es nuevo que el paso de distintas presidencias no pudo erradicarla, como es, creo, un deseo superlativo de todos los habitantes de esta bendita tierra. Asi por ejemplo, la subejecución de presupuesto educacional y la defección de transformar ministerios en secretarías que tuvo el gobierno de Mauricio Mcri; los protocolos para enfrentar hechos delectivos, entre tantos otros desatinos, son causas sino estructurales, coyunturas que prohíjan la continuidad de hechos violentos como el que se analiza. Esto es asi porque la violencia -no cabe otra calificación- económica ejercida por el macrismo, priviligia grupos sociales minoritarios que se autoconsideran dueños de la impunidad, cualquiera sea el acto contrario al derecho que acometan. Algunas familias de prosapia, como de acaudalado origen material, o arribados a la riqueza de bienes por medios no precisamente generados en el trabajo honrado, no se ocupan de poner frenos a sus hijos cuando ejecutan bulling o segregan a compañeros por su origen, raza o religión, facilitando sino propiciando, una violencia potencial que se dispara en el momento menos pensado y por la causa más mínima que se pueda imaginar.

El rugby como deporte de contacto, de fricción superlativa, tiene ejecutores en el campo de juego de ese deporte, pero fuera de él, en la vida cotidiana de la sociedad, son reeditadores de la violencia que obligadamente meterializan durante un encuentro. Por ser deporte casi de élite y practicado mayoritariamente por adolescentes y jóvenes de clase media alta, o de las de mucho peso dinerario, no tiene como contrapartida que sus dirigentes impongan normas de conductas sociales que desobedecidas, concreten sanciones ejemplificadoras a los que usan su fuerza física y poder económico en lugares públicos contra personas por lo general también adolescentes o jóvenes, que no son de su mismo estado social, o simplemente porque se les acurre hacerlo.

Pero no solamente en el rugby hay violencia como deporte. Muchas fueron las ocasiones en tribunas de estadios de fútbol, deporte caro al sentir de los argentinos, que terminaron en muertes como consecuencia del comportamiento de las parcialidades de cada equipo. Al punto extremo que para morigerarla, no para erradicarla, se prohibió el ingreso de simpatizantes del equipo visitante en los partidos que se juegan, especialmente en los denominados clásicos del fútbol nacional.

La violencia en la sociedad, desgraciadamente, pareciera eterna. Que con igual sentido de indignación y repudio seguiremos usando términos como manada, patota, y otros de carácter descriptivo conductales, tan en boga en estos momentos.

Debe erradicarse la violencia? La respuesta no debe ser otra que SI. Consiera quien esto escribe, que debe ser una cuestión de Estado, en los niveles nacionales, proviciales y comunales. Los pilares básicos para enervarla están en la educación y en la familia. Es coadyuvante la dirigencia deportiva y el ejercicio en la vida de cada día de los valores que deben plocamarse en las aulas y en cada hogar familiar. De no concretarse esta necesidad, seguiremos lamentando sucesos como el que ahora concentra la atención de los argentinos: la muerte de Fernando Sosa Báez por los diez rugbiers que intervinieron como coautores o partícipes de hecho. Deben trabajar Estado, familia, dirigentes deportivos, para que nunca más, ni dentro ni fuera de un campo deportivo, se repitan cinrcunstancias que tengamos que lamentar, como sucede ahora. Debemos trabajar todos y cada una en ese sentido, porque por comisión u omisión, todos tenemos culpa.