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10 Julio 2020

El límite democrático del disenso

Por Pablo Borla
El injustificable comunicado conjunto sobre la situación derivada de la muerte de Fabián Gutiérrez que emitieran las máximas autoridades partidarias Patricia Bullrich y Federico Angelini (PRO); Alfredo Cornejo y Alejandra Lordén (UCR); y Maximiliano Ferraro y Mariana Zuvic (CC) es una muestra de la carencia de límites por parte de dirigentes que priorizan conseguir sus objetivos políticos a la manera en que se logran.

El filósofo uruguayo Gustavo Pereira, en un escrito publicado en el prestigioso semanario Brecha afirma que “El disenso contribuye a la democracia porque opera como una exigencia para la justificación que hacen los ciudadanos de sus posiciones, y por ello oficia como un dinamizador de la discusión pública.”

Probablemente ese sea un punto de partida adecuado, si pensamos a la discusión política como una dialéctica cuya finalidad sea la construcción de acuerdos, aportando a la gobernabilidad y a un resultado que contribuya al bienestar de la comunidad.

El documento precitado no es un ejemplo de esta intención, por cierto, sino la expresión de un puñado de vivos, convencidos de que no vale la pena el esfuerzo que requiere la inteligencia, ya que mejor que decir, es tratar de desgastar.

Los vivos vernáculos han sido una fauna exitosa en el ecosistema nacional, por lo menos para sus propios fines.

No puede decirse lo mismo de los efectos logrados a lo largo de la historia reciente y los resultados están a la vista: tenemos una Nación que aún procura tener calidad institucional, pleno funcionamiento de los Poderes de la democracia y algo parecido, aunque sea, al diálogo constructivo pues -como en el barrio (y en el barro)- la agresión lisa y llana se impone sobre el razonamiento, rompiendo puentes y estableciendo un modelo de relación en el que el insulto, la ironía descalificante o el vozarrón imponen su contundencia.

En ese sentido, por dar un ejemplo, el cacerolazo reemplaza a la protesta cívica democrática llamando la atención no con argumentos sino con un ruido que no deja escuchar las razones del otro.

Entonces queda claro que no se trata de evitar las discrepancias sino de saber que su límite siempre será la búsqueda de un proceso constructivo. En su libro Los recorridos de la tolerancia, el destacado politólogo Isidro Cisneros Ramírez afirma que “…El consenso unánime es incompatible con la democracia, ya que la unanimidad resulta improbable en nuestras sociedades, que se caracterizan justamente por gobiernos en los que se desarrollan formas diversas de cohabitación compleja. El consenso de todos es autoritario y solo es posible a través de la imposición del “consenso obligatorio” en el que el disenso está prohibido. (…)El consenso unánime no deja espacio a la diversidad y se coloca en una relación de acción recíproca con un tipo de disenso extremo que pretende ser exclusivo, es decir, el único posible y eficaz. El disenso extremo es la contraparte del consenso unánime…”.

La influencia de las redes sociales en la difusión de la información posiblemente haya contribuido a profundizar la costumbre de emitir una opinión de una manera liviana, inconsistente y poco profunda, dando la impresión de una libertad que no es tal: “este es mi Muro (en el caso de Facebook) y puedo opinar lo que se me venga en gana y si no te gusta no me sigas.”, lo que en buen criollo significa “No tengo ganas de discutir. Éste es mi pequeño reino y yo dicto las reglas”.

Esa imposición del pensamiento único puede estar bien para cualquier habitante de este amado suelo, pero es peligrosa cuando se trata de dirigentes de alto nivel de responsabilidad por su jerarquía en el esquema democrático. En éstos últimos lo mínimo que puede esperarse es un poco de altura de sus declaraciones, de fundamento en sus afirmaciones y de sensatez en sus conclusiones.

La convicción con que se emiten sentencias mediáticas parece propia del falsacionismo popperiano: de antemano y por propia voluntad han trascendido la capacidad de ser refutadas, contrastadas, desmentidas o rechazadas. Tienen la certeza de un axioma así sean una barbaridad a simple vista.

Parafraseando a Michel de Montaigne, no importa que se digan tonterías mientras se lo haga con suficiente énfasis.

Las preguntas por formular quizás sean ¿Estamos dispuestos los argentinos a dar respaldo a estas prácticas espurias que se caen solas no por maduras sino por evidentes? ¿Vamos a soportar que dirigentes que tienen capacidad de decidir sobre nuestras condiciones de vida y nuestro futuro carezcan de todo marco ético a la hora de lograr sus fines?

Lo expresado vale tanto para la oposición como para los oficialismos de turno.

Creo en la imposibilidad del progreso de una comunidad sin un sustento ético que regule sus normativas, las relaciones en la comunidad, los planes de gobierno y el funcionamiento de sus instituciones.

No se trata de perder fuerza en las opiniones sino de abandonar la soberbia del axioma.

Se trata, por sobre todo, de abandonar la mentira, la difamación, la descalificación como práctica política y reemplazarla por razones, convicciones, argumentos y afirmaciones que tengan un sustento.

Las redes sociales tienen la limitación que cada usuario impone. Son incontrolables y de regulación dificultosa y posiblemente esté bien que así sea.

Pero los medios de comunicación tradicionales pueden o no dar cabida al discurso del odio. Pueden ser parte de la solución o cómplices e incluso impulsores de prácticas reñidas con el espíritu democrático.

Suena idealista, quizás, que un medio vea más allá de su interés propio pero no por el concepto en si mismo sino porque nos fuimos acostumbrando progresivamente a esa lamentable normalidad que banaliza lo que otrora fueron pecados capitales, conductas impensables.

La utopía es, etimológicamente, ese lugar que no existe.

Es hora de comenzar a construirlo.