03 Agosto 2020

Errar es humano y por sobre todo muy popular

Por Pablo Borla
En su libro “La relatividad del error”, el prolífico escritor, historiador, profesor de bioquímica y divulgador científico Isaac Asimov afirma que la magnitud de los errores depende de parámetros que contemplan la distancia del postulado con respecto de la realidad objetiva. Verbigracia: hay diferentes grados de error. Decir que la Tierra es plana supone un error mayor que decir que es esférica (ya que no es totalmente esférica, sino que es un geoide).

La urgencia de la novedad, la sed de primicias, la necesidad de concentrar la atención, aunque sea por unos breves, gloriosos momentos en un post de las redes sociales han convertido a los usuarios de la Redes Sociales en miembros activos del antes selecto grupo de comunicadores.

William Shakespeare en su eximia obra” Ricardo III” imagina al soberano inglés apremiado por la urgencia de salvar su vida exclamando “Mi reino por un caballo”. Cometeré el sacrilegio de parafrasear a tan maravillosa obra con el mandato que la comunicación en Redes ubica como principal: notoriedad a cualquier costo.

El caballo salvador es el “me gusta” en sucesiva catarata aprobando el posteo, cinco minutos de fama y la satisfacción interior de la aceptación, que nos da pertenencia y nos refleja en el espejo caprichoso de los otros.

El vértigo avanza arrasando a su paso lo que encuentra, entre ello la verdad o por lo menos la exactitud de los hechos.

Esta actitud perezosa y perentoria  se hizo carne también en algunos medios de comunicación masivos. Si fue primero el huevo o la gallina, es otra cuestión.

Cuando la realidad objetiva de los hechos se tergiversa por ineptitud o por intereses creados, el error deja de ser una improlijidad tolerable por la magnitud potencial de su impacto.

La comunicación no tolera el vacío. Cuando no hay comunicación acerca de un hecho, ese vacío se llena con hipótesis que pueden ser ciertas o antojadizas y esas presunciones adquieren valor de verdad y son legitimadas por el solo hecho de no haber sido refutadas.

En un esquema tan complejo y variado como el de las Redes Sociales, el error se potencia de manera exponencial y el valor inmanente de la verdad pierde categoría. A la hora de comunicar parece no importar tanto la veracidad de la información cuanto la credibilidad de quien la emite.

En el medio, sandeces de alta magnitud se pronuncian con la misma seguridad de un axioma.

Apoyados en ese sistema han surgido especialistas en todo, opinadores profesionales. Algunos influyentes alternan esas opiniones con posteos que son superficiales o simplemente abrumadores en su tilinguería y generalmente mostrando los dones con que la genética los ha premiado o el duro trabajo de gimnasio ha conseguido.

Hoy, más que nunca, la información es un espectáculo. Esto no sería un problema en sí mismo si la forma no fuera más valorada que el fondo y si la veracidad de una afirmación no fuera casi una anécdota.

Con la vigencia de la pandemia que transcurrimos, tuve la ocasión de escuchar -por citar un ejemplo- a abogados exponiendo acerca de procesos científicos de diagnóstico con una convicción tal que pareciera surgida de la autoridad que confieren años de estudio y esfuerzo académico en la Medicina.

La prisa, la celeridad de ser el primero en decirlo, la competencia feroz por ser una boya luminosa en el mar de las Redes Sociales suele ser el camino al error. El novelista Eiji Yoshikawa decía que “El ser humano puede no estar a la altura de sus capacidades habituales cuando actúa movido por la prisa.”

El procerato de los personajes influyentes en la comunicación de Redes se consolida con el registro de las lecturas de sus seguidores, un hecho muy aprovechado por las empresas que publicitan sus productos allí, con la lógica de pescar en donde está el cardumen.

Su fama suele ser efímera si no está sostenida por capacidades de otro orden: “en el mismo lodo”, como dice el tango Cambalache, se desempeñan actores y actrices consagrados y artistas de variado orden con figuras que solo saben los mecanismos para empatizar con el gran público.

Quizás algún día -no digo una calle o una escuela- pero sí quizás un baldío o un bar concurrido lleven su nombre, como un homenaje a estos liderazgos insolventes.

Como todo un signo de los tiempos, los errores se difunden rápidamente, los hechos se condenan con indignación y furia y se recuerdan con la tenacidad de una burbuja: pronto una novedad los reemplazará y habrá nuevos temas de que opinar, nuevos errores que cometer, nuevas verdades que vulnerar.

Sin ánimo de juicio, es difícil predecir si este sistema de valores llegó para quedarse, pero seguramente su huella será profunda.

Dicen que Ulises estuvo 10 años asediando Troya pero su tarea más difícil fue volver a casa.