10 Agosto 2020

Especialistas en generalidades

Por Pablo Borla
Ocurrentes, carismáticos, referentes. Del arte, de las finanzas, de la política, del deporte. En suma, del espectáculo. Porque de eso se trata, ¿no?, de 24 horas corridas, 7 días de la semana, en la concurrida pelea por ser los protagonistas del día.

Decir que la vida es un reality show es casi una tautología. La vida, se supone, es la realidad.

Últimamente parece ser necesario aclarar esta cuestión porque nuestra vida cotidiana no se parece mucho a la de los referentes sociales, las celebridades, los “influencers”.

Uno de los caminos de la poco empinada cuesta hacia la fama instantánea es, desde luego, opinar. Y cuanto más polémica sea la afirmación, mejor.

Recientemente un cura párroco del interior de nuestra Provincia dirigió una arenga teológico-medicinal ensalzando las virtudes curativas del dióxido de cloro y reputando a los médicos argentinos de “quedados” con relación a sus colegas de Europa y del resto de Latinoamérica. Todo esto avalado por investigaciones propias interpretadas -uno calcula, en este caso- a la luz de la Revelación Divina y la receta de un médico amigo.

De la mano de estos consejos, llegó la manifestación de su fuerte convicción de la existencia de una conspiración mundial que busca imponer medicamentos mas onerosos y no la solución desinfectante económica tanto en precios como en sustento científico válido.

Claro, siendo por su rol un especialista en cuestiones dogmáticas, para qué necesita el verborrágico pastor el aval herético de la ANMAT.

Así también han promovido medicamentos como si hubieran estudiado, aunque sea de Agente de Propaganda Médica, los mediáticos de alcance provincial, nacional e internacional Martín Grande, Viviana Canosa y Donald Trump, por citar un par de ejemplos de celebridades y salvando, por supuesto, las distancias.

Los opinadores públicos urbe e orbi representan una peligrosa referencia no sólo por la cuestionable solvencia y liviandad con que escupen sus presunciones sino porque para muchas personas -que los eligen, los votan, los escuchan, comentan sus dichos- lo que dicen tiene un valor de verdad superior, por el sólo hecho de ser conocidos y en algunos casos queridos por su carisma, su aspecto bonachón, su apego a un estereotipo popularmente aceptado (qué cara de bueno que tiene, parece un papanuel…) o su excelente sentido del marketing, que hace que entiendan a la perfección los mecanismos de identificación con el gran público.

Un marketing que no tiene la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT), que si posee seriedad y prestigio como referente de lo que consumimos y usamos los argentinos, como fármacos que -sin ingresar hoy en el pantanoso terreno del negocio de la medicina- han tenido que respetar un largo proceso de inversión, investigación, pruebas de eficacia y efectos secundarios para poder ser comercializados.

Lo que los otros no. Porque chambonean y acortan caminos y también porque estamos en un momento difícil, en el que la paranoia se vuelve popular y avala teorías conspirativas que abarcan el terraplanismo, pasan por los ovnis y terminan en la sospechosa modificación del recorrido del 3A de SAETA.

Mientras tanto, los que piensan, los que se toman el trabajo, el esfuerzo, el tiempo de estudiar para llegar a descubrir la penicilina, los anticuerpos monoclonales o la Teoría de la Relatividad, comparten espacio -y si fuera por cantidad de lectores inclusive son derrotados- con estos opinadores profesionales, panelistas de lo que fuera, especialistas en generalidades que, parafraseando a Alejandro Dolina “algunas cosas desconocen, otras ignoran y a la mayoría ni siquiera las sospechan”.

Tanto la “Sinfonía Nº 40 en Sol Menor” de Wolfgang Amadeus Mozart como el “Arroz con leche” forman parte del universo de la música pero la exquisita complejidad de la primera supera el amoroso encanto infantil de la segunda a la hora de halagar de una forma más completa y rica a los sentidos.

“Las opiniones son como las narices: todos tenemos una” sentencia el dicho y Fernando Savater agrega: “En nuestra sociedad abundan venturosa y abrumadoramente las opiniones. Quizá prosperan tanto porque, según un repetido dogma que es el non plus ultra de la tolerancia para muchos, todas las opiniones son respetables. Concedo sin vacilar que existen muchas cosas respetables a nuestro alrededor (…). Las opiniones, en cambio, me parecen todo lo que se quiera menos respetables: al ser formuladas, saltan a la palestra de la disputa, la irrisión, el escepticismo y la controversia. Afrontan el descrédito y se arriesgan a lo único que hay peor que el descrédito, la ciega credulidad”.

Inclusive esta opinión, que usted termina de leer ahora.