17 Agosto 2020

Los traidores de adentro

Por Pablo Borla
El general Ignacio Zaragoza, en México, luchó en la histórica batalla de Puebla con soldados descalzos contra la prestigiosa y bien pertrechada escuadra invasora francesa y logró vencerla. Los conservadores y el clero abogaban sin ruborizarse por un triunfo francés. Zaragoza manifestó que a veces le daban ganas de apuntar hacia adentro.

La profesión de traidor tiene vastísimos y antiguos referentes destacados y a pesar de no conferir prestigio a quien la ejerce, suele a menudo ser próspera en bienes y muchos de los más destacados traidores de la Historia han logrado que su nombre, por infame que fuere, trascienda el desgastador paso del tiempo y se los recuerde, a veces inclusive como héroes.

Sucede que se puede pasar de traidor a paladín de la justicia dependiendo de que la causa impulsada se imponga, por aquello de que la Historia la cuentan los que vencen.

Es así como hoy en día vemos calles, avenidas, escuelas portantes de los apellidos de ilustres indignos, que no dudaron de vender a su madre y menos que menos a su Patria con tal de lograr conservar posiciones ventajosas de poder, de privilegio, de casta o de comercio.

Los han llamado cipayos, vendepatrias, infieles, vendidos, perjuros, renegados.

Los han retratado en incontables pinturas y han dramatizado su vida infame en películas taquilleras y representaciones escénicas, en las que Judas Iscariote -el traidor por antonomasia- aparece dando el beso con el que los romanos identificaron al Cristo por 30 monedas de plata.

Puede resultar paradójico que un beso -el símbolo del amor- se extrapole a su oxímoron, pero la traición se nutre de la confianza y de hecho es una deserción de ella, una vuelta a un estado de tensión porque la confianza es un descansar en los brazos de otro, una armadura que se quita, un velo que se baja.

El acto violatorio del mutuo acuerdo que significa la confianza es cometido desde su seno. Es el quiebre de la estatua que emerge y que se revela en su magnitud: las grietas son profundas.

En el “Infierno” Dante Alighieri reserva el círculo más profundo -el noveno- para los traidores, rodeados de un mundo de hielo. Este pecado es tan doloroso y contrario a lo esperado que el castigo tradicional, el fuego, es reemplazado por su opuesto.

En el centro del Infierno está, en ese entorno congelado, Satanás, el primer traidor, el que encabezó la rebelión contra el mismo Creador, quien, dicho sea de paso, también fue traicionado por su creación más amada: Adán y Eva.

El poderoso César, el que derrotó a los indomables galos, el que consolidó a Roma como una potencia, murió -no podría haber sido de otra manera- en aras de la traición de Bruto y Casio, sus debilidades, sus amados, en quien depositaba su confianza.

Plutarco, en su biografía, recuerda a Bruto como “Adorado por sus amigos, admirado por los buenos, y no odiado por nadie, ni siquiera por sus enemigos, pues era un hombre de carácter benigno, magnánimo, ajeno a la ira, a la lujuria y a la ambición, y de ánimo firme e inflexible en lo honesto y en lo justo".

De Casio se dice que la altura de su intención fue superior a la de su traición: evitar la consolidación de una dictadura.

Más cerca en tiempo y distancia, la traición sufrida por el Héroe Nacional Martín Miguel de Gûemes.

El general salteño ya había derrotado un conato de traición en lo que el historiador Felipe Pigna denomina significativamente “La revolución del comercio” y que intentó derrocarlo, siendo sostenido principalmente por los gauchos de clase humilde que sentían devoción por su figura.

Estos personajes disidentes eran comerciantes con intereses afectados por los altos impuestos que les impuso Güemes para costear al ejército gaucho patriota y las dificultades que la guerra imponía al normal comercio.

Hoy circulamos por las calles céntricas que llevan su nombre en homenaje y a lo sumo protestamos por sus baches.

Dice “El Historiador” en su capítulo “La Guerra Gaucha”: “Las clases altas salteñas le retaceaban su apoyo por el temor de aumentar el poder de Güemes y por la desconfianza que le despertaban las partidas de gauchos armados, a los que sólo toleraban ver en su rol de peones de sus haciendas. El gobernador Güemes tomó la decisión de aplicarles empréstitos forzosos sobre sus fortunas y haciendas. Varios de ellos habían huido a reunirse con el enemigo, y fueron ellos los que guiaron a la vanguardia española conducida por José María Valdés, apodado “el Barbarucho”, un coronel salteño traidor que estaba a las órdenes del ejército español. Las fuerzas de Barbarucho avanzaron hasta ocupar Salta con el inestimable apoyo de los terratenientes y comerciantes el 7 de junio de 1821”.

Güemes es herido mortalmente y fallece 10 días después, acompañado por sus fieles gauchos.

Estas son referencias de traidores y de héroes, que seguirán poblando las páginas de la historia grande y del breve paso de las personas por la vida.

Ser un traidor, por sobre todo, es una elección frente a una encrucijada en la que el interés propio supera a cualquier otro, sea el amor, la amistad, la Patria. Sea, a veces, nosotros mismos y nuestras convicciones más íntimas y ésta última traición es hija del temor, pero madre de la esperanza de saber que, en la mayoría de los casos, la traición se banaliza, pasa de pecado mortal a venial y en ese volverse una sombra, en ese difuminarse, todo puede justificarse.

“Cada hecho en nuestra vida proyecta una sombra” dijo San Agustín. De nosotros depende qué tan oscura sea.