24 Agosto 2020

Teoría blasfema sobre la contradicción de intereses

Por Pablo Borla
Cuando observamos el comportamiento social en la pandemia que cursamos, surgen una serie de interrogantes que intentaré exponer en este artículo, que si bien se denomina “Teoría blasfema sobre la contradicción de intereses” también podría llamarse más llanamente “¿Por qué escupimos para arriba?”

Iniciaré con una afirmación de Perogrullo: estamos bastante hartos del COVID. Empachados de información sobre el lamentable y microscópico bicho.

Al virus lo vemos en televisión, lo leemos en las redes sociales, lo conversamos en la sobremesa y algunos incluso tienen la desgracia de que recorra sus partes más intestinas con consecuencias muchas veces y lamentablemente, fatales.

¿Será que logramos sintetizar una vacuna basada en la ignorancia?¿Hemos comprendido acaso que con evitar seguir las indicaciones con que nos bombardean desde instituciones oficiales hasta voluntariosos posteadores el desagradable virus se abstendrá de ingresar al sacro templo de nuestra organización psicofísica?

El escritor Douglas Adams, en el primer libro de su saga “Guía del autoestopista galáctico” menciona a un monstruo espacial tan peligroso como estúpido del cual el viajero desafortunado que se cruzaba en su camino sólo tenía una posibilidad de salvación: taparse los ojos con una toalla. Sucede que el monstruo –relata Adams- suponía que si uno no lo veía, él tampoco era capaz de ver a su potencial víctima, así que seguía su camino sin engullirse al sabroso bocado.

A principios de agosto, una persona que fue dada a identificarse en Santiago del Estero como “Paciente 41”, a pesar de tener fiebre alta y tos, rompió todos los protocolos, continuó concurriendo a su trabajo y hasta asistió a varios asados y reuniones sociales. Se estima que habría contagiado por lo menos a 300 personas.

Cuando las autoridades de Epidemiología revisan las estadísticas, observan un incremento de casos que se relaciona directamente con el comportamiento social observado durante el Día del Amigo, festividades religiosas populares. Se esperan los resultados del fraternal e irresponsable amontonamiento social en plazas, parques, zonas comerciales y patios familiares durante un Día del Niño que se pobló de aromas a asado, risas y música en los hogares y de carros pochocleros y otros comestibles ambulantes en los espacios públicos, como si hubiéramos amanecido misteriosamente vacunados.

En su artículo “La idea de nueva normalidad es un error de comunicación política” el consultor político Daniel Eskibel afirma que tenemos que comprender cómo es que reacciona una población cuando se le propone algo nuevo.

“La más importante fuerza psicológica que opera dentro de este gran conjunto poblacional en relación a lo nuevo es la resistencia al cambio, bien estudiada por el psicoanálisis desde hace más de cien años. La resistencia al cambio es completamente ajena a una evaluación racional de ventajas y desventajas de algo. Es, por el contrario, la interacción de dos emociones básicas muy potentes: por un lado la tristeza por la pérdida y por otro lado el miedo a lo nuevo que vendrá. Porque cambiar supone necesariamente perder algo que ya no será lo que era y al mismo tiempo enfrentar algo desconocido que vendrá en su lugar.”

Por ello, cuando a las personas se les habla de la “nueva normalidad”. ¿Qué escuchan de toda la frase?: “Normalidad”. Y esto se refuerza porque por esa misma resistencia al cambio lo que realmente desean escuchar es “normalidad”.

Millones de personas incorporan la “nueva normalidad” como marco de referencia para sus acciones. No una normalidad nueva sino a la vieja normalidad de siempre, “la única disponible bajo ese nombre, la de los viejos hábitos y las viejas ideas, la de lo ya conocido, la de los hábitos arraigados, la de los automatismos”.

No se trata entonces de adjudicar elecciones incomprensiblemente irracionales o estúpidas sino de entender los mecanismos profundos que condicionan nuestra conducta. En gran parte ésta responde a fuerzas emocionales o costumbres y hábitos que nos dan una sensación de seguridad porque es lo que venimos haciendo desde siempre.

Ese avanzar a medias se muestra en el barbijo mal utilizado, en la lejanía con extraños y  la cercanía con propios, en la lavada apurada de nuestras manos, en las reuniones galardonadas por marcos etílicos que, como siempre, van desde el más insensible ricino en caja tetrabrick hasta el fino, obscenamente costoso varietal.

Es seguramente la necesidad imperiosa de la negación de nuestra vulnerabilidad, la que ostentamos en brindis interminables, salvadores, que se espera sean triunfantes ante el diminuto enemigo que en esta versión realista de la “Guerra de los mundos” de Wells nos ha puesto a desempeñar  el papel de aquellos soberbios extraterrestres doblegados.