31 Agosto 2020

La moralidad del punto de vista

Por Pablo Borla
El consagrado director de cine Ingmar Bergman decía que la ubicación de la cámara era un problema moral. La elección de un plano sobre otro dirige la atención del espectador hacia determinadas emociones, sensaciones y perspectivas. Intenciones, en suma, que reflejan una postura en la que el espectador atento puede apreciar un significado que le es profundamente propio.

A lo largo de la historia de la humanidad el arte ha tenido representantes que lograban sintetizar en sus obras la esencia de una época.

La creación artística en todas sus formas, es hija de su época y padre de ella. Esta situación, al contrario de lo que pueda parecer, no constituye una paradoja sino un juego de mutuas influencias que intersectan y atraviesan a la ciencia, el comercio y las relaciones sociales.

La vinculación del hombre con el arte es tan profunda que no puede concebirse ni entenderse la esencia de la humanidad sin la interpretación y la mediatización que ejerce el arte desde el alma íntima del hombre.

El arte de calidad llega a expresar el espíritu de su época. Fielmente puede retratar lo que Hegel denominó Zeitgeist: el clima intelectual y cultural de una era.

No mencionaremos aquí las innumerables polémicas semánticas que definen el encuadre de lo que se denomina arte.

Sí, podemos rescatar que dos hechos artísticos pueden diferenciarse claramente en la cantidad de bits de información que ponen al alcance del destinatario: entre dos obras literarias, definidas así por su intención estética, la complejidad de una podrá despertar reacciones, pensamientos, emociones más sutiles y variadas que otra. Verbigracia: “Caperucita Roja” es una historia encantadora y aleccionadoramente moralizante pero “Cien años de soledad” estimula matices más profundos del alma humana.

El arte –nos enseñan en la universidad- es plurisignificativo y es la experiencia humana la que le agrega la perspectiva, lo enriquece de perfiles únicos que complementan la intención original del autor.

Ese ser polifuncional del arte no es una simple suma de funciones ajenas sino que adquiere un sentido que consiste en reproducir la vida en toda su complejidad, ampliando, profundizando, reflejando la experiencia real del hombre como miembro de una sociedad y le ofrece alternativas de vidas diferentes, posibles, deseables, temibles, intensamente humanas.

Ahora bien: atravesamos un momento definitorio pero aún incierto en la organización de la humanidad. La pandemia nos obliga a reinterpretarnos casi de manera diaria. Somos una comunidad global en construcción de algo nuevo.

¿Quiénes serán los artistas y cuáles las formas del arte que mejor podrán reflejar lo que vivimos?

Estamos contemplando la vigencia de lo efímero. Lo que es ahora puede cambiar en un momento. Lo que era se reinterpreta. Lo que será se difumina en predicciones variadas y poco estables.

El arte, desde luego, está en crisis de sostenibilidad. La literatura se reinventa en nuevas interpretaciones. El arte escénico busca novedosos canales de comunicación. El consumo de la información que otrora proporcionaban los hechos artísticos parece haber elegido, por ahora, variantes inconsistentes, múltiples.

¿Cuál será el plano de la cámara que –al decir bergmaniano- defina nuestra moralidad?

Anteriormente la humanidad ha transitado y sobrevivido a pandemias que han dejado enterradas –literalmente- historias a medio hacer y muchas de esas catástrofes fueron reflejadas en la pintura y la literatura, especialmente.

El mundo no fue lo que hasta entonces era.

Hoy, el interrogante es global: enfrentamos nuestra mortalidad, nuestra fragilidad, nuestros miedos más profundos.

Seguramente el arte pintará, esculpirá, escribirá, diseñará espejos de ello.

Los gobiernos deben saber que el impulso de las actividades artísticas contribuirá en gran manera en el rescate de nuestra más profunda humanidad como una guía de lo que somos y de los que comenzamos a hacer.

Como el respirador de un mundo que busca el aliento de entenderse, la expresión artística ha sido desde la prehistoria la manera como trascendemos, como sobrevivimos, como nos interpretamos, como podemos organizar pueblos que no sólo comen y respiran sino que también, irrenunciablemente humanos, sueñan.

Asumir esa perspectiva, elegir ese punto de vista, será, ante todo una elección moral como la cámara que elige el plano que quedará inmortalizado en la historia.