07 Septiembre 2020

Honrar la vida

Por Pablo Borla
El eje central de este año, sin dudas, es la pandemia global. Ha cambiado de tal manera las costumbres, los proyectos, las previsiones que nos encontramos hoy, improvisando cada paso. Y no porque todos seamos inútiles, ignorantes o exitosos navegantes en el mar de la desidia sino porque si algo colapsó -palabreja de moda- son los marcos de referencia.

A la luz de ese colapso cabe preguntarse si las fórmulas de ayer siguen siendo válidas.

Y posiblemente algunas sí y otras tantas no y parece que las antiguas maneras de sobrevivir, que habían quedado obsoletas en tanto formamos una comunidad global, hoy resurgen como la luz al final del túnel.

Un ejemplo de ello es la solidaridad, entendida no como un dar al otro sino como un darnos recíprocamente en el que el bienestar de uno puede significar el de todos.

Podemos entretenernos en la etimología: solidaridad viene del latín solidus que significa sólido, macizo, consistente, y también real, seguro. Visto así no parece corresponder con la forma en que lo usamos. Para la Real Academia Española, la solidaridad es la adhesión circunstancial a la causa o empresa de otros.

Cuando se busca sinónimos, los que surgen son “apoyo”, “respaldo”, “ayuda”.

Y ahí nos vamos encontrando: la solidaridad es un apoyo circunstancial pero un apoyo firme, indudable, empático.

Venimos de un mundo en el que el éxito se define con parámetros individuales y se consigue no con los otros sino a pesar de los otros.

La Humanidad como especie sobrevivió desde su capacidad gregaria, trabajando, viviendo, relacionándose en comunidades en las que la suma de las potencias individuales producía un todo mayor que la suma de sus partes.

La profundísima crisis provocada por la pandemia global de COVID-19 desafía a las comunidades a enfrentar los retos desde abordajes que parecían imposibles o, por lo menos, improbables.

La solidaridad como rasgo que fortalece la resiliencia de la humanidad puede ser en sí misma la base de un plan económico que resulte de entender que estamos ante un fenómeno en el que nadie, ni los países más ricos, podrán salvarse solos.

Ahora bien, el reto sobreviniente puede ser construir un modelo diferente de desarrollo, que contemple las necesidades de todos los pueblos y el entorno, pues el modelo económico mundial que se ha impuesto -especialmente en las últimas tres décadas- seguramente quedará inadecuado en un mundo más empobrecido y con menos consumidores.

La pandemia ha demostrado que los sistemas mundiales de Salud Pública -en un esquema que engloba lo estatal y lo privado- no estaban preparados ni priorizados en la economía.

Cuando salgamos de esta crisis, deberemos elegir si impulsamos un retorno al modelo mundial antes vigente o replanteamos un esquema que hoy nos hace excesivamente vulnerables ante esta crisis y las que vendrán.

Todo lo que hacemos ahora y lo que vayamos a hacer después, debe apoyar el armado de sociedades con mayor equidad e inclusión.

De ello dependen futuras capacidades de resiliencia ante conflictos sanitarios que seguramente llegarán, no sólo por virus para los que no tengamos defensas sino también ante las consecuencias del calentamiento global y otras crisis ecológicas que seguimos provocando con nuestras conductas sociales.

El arte -lo escribía en una oportunidad- es parte del proceso como la representación del espíritu humano.

La admirada María Elena Walsh, escribía, en un fragmento de su poema “La cigarra”, “Y a la hora del naufragio/ y la de la oscuridad/ alguien te rescatará/ para ir cantando.”

En medio de la confusión, del miedo, de la ignorancia, de la impotencia, del egoísmo que surge de los instintos de supervivencia, de la negación y del duelo de ya no tener y quizás de ya no ser, debe surgir la solidaridad como el puente, la fortaleza, la base que hace miles de años nos permitió sobrevivir.

Y en medio del naufragio y de la oscuridad, que la manera en que buscamos la salida sea, ante todo, honrar la vida.