14 Septiembre 2020

Darwin pasó de moda

Por Pablo Borla
Es muy usual la interpretación popular de la teoría expuesta por Charles Darwin en su libro El origen de las especies, allá por 1859, que manifiesta –livianamente- que sobreviven aquellas especies que mejor se adaptan a su entorno. “Sobreviven los más fuertes”, se dice en tono sentencioso en los bares, café y DNI coincidente de por medio. Pero si esto es así, Darwin pasó de moda.

Para el naturalista, la selección natural hace que los rasgos heredables que le ayudan a un organismo a sobrevivir y reproducirse, se vuelvan más comunes en una población determinada a lo largo del tiempo.

Ahora bien, un organismo es un conjunto con una organización compleja en la que sus partes se interrelacionan y habitualmente se complementan.

En un primer momento de la evolución en la que los organismos no modificaban su entorno, aquellas facultades individuales que favorecían su supervivencia promovió que los individuos que las poseían sobrevivan y su descendencia herede ese rasgo favorable.

Hoy, la Humanidad conforma un organismo de múltiples facetas, influenciándose mutuamente en sus componentes y estableciendo comunicación entre sí a diferentes niveles.

Uno de los ejemplos de la evolución de la comunicación adaptándose a esa multitud global que necesitó interrelacionarse, fue la concepción, creación y popularización de la red Internet que devino en ser un puente, con códigos propios, entre diferentes comunidades en todo el planeta.

Más que nunca en la Historia, los pueblos se influencian unos a otros y existe una expresión multicultural que se superpone al color local –que aún se conserva- de la mano de la creación de esos códigos comunicacionales especiales que definen el andamiaje de la World Wide Web.

La Humanidad ha modificado su entorno natural (para mal y para bien), prolongado la expectativa de vida promedio e influido en el desarrollo genético, produciendo nuevas especies de plantas y animales y quizás –si un fuerte impulso ético mundial no lo impide- modificaciones en los humanos nacidos y por nacer.

Esta capacidad de modificación, esta comunicación instantánea que nos transformó en una Aldea Global nos hizo a la vez fuertes y vulnerables pues devienen de ella nuevas soluciones y  problemas.

La pandemia del coronavirus COVID-19 ha sacado a la luz el costado débil de la globalidad: la misma interrelación que nos nutre culturalmente, que nos permite comerciar y visitar lugares lejanos también sirve de nexo para la propagación de enfermedades para las cuales no estábamos preparados.

Y el organismo se resiente.

Y no sobrevive el más fuerte.

Religiones del Oriente hablan del Karma como un concepto según el cual toda acción tiene una fuerza dinámica que se expresa e influye en las sucesivas existencias del individuo.

Si pudiéramos –sin intención de ser irrespetuoso con la fe de cada uno- extrapolar esa idea a la globalidad se podría afirmar que en este capítulo de la Historia lo que le pasa a un pueblo le afecta a la totalidad de la especie humana.

Hacia fines de la década de 1970 el químico James Lovelock tuvo cierta fama por la denominada Hipótesis Gaia, que visualiza a la Tierra como un sistema autorregulado en el que lo biológico y lo no biológico interactúan para el bien común.

En un enfoque ecosistémico, las concepciones de la salud se trasladan desde una mirada antropocéntrica hacia otra biocéntrica, en la cual el ser humano es una parte importante del ecosistema, pero no forzosamente su centro.

En este estadio de la evolución, los organismos que sobreviven no son los que mejor compiten sino los que mejor cooperan.

La sinergia entre los integrantes de una comunidad la fortalece y capacita para afrontar los retos futuros, que serán novedosos y probablemente surgidos de las propias conductas desarrolladas.

Los tiempos actuales deben interpretarse como épocas de cambio de perspectiva en la que los proyectos y las soluciones no deben nacer siendo ya viejos, sino como guías innovadoras para afrontar una nueva realidad.