21 Septiembre 2020

En busca del mito

Por Pablo Borla
Las comunidades, como entidades colectivas, se nutren de mitos que le sirven de guía, de aliento y de impulso, más aún en sus momentos aciagos. Si fuimos, podemos volver a ser, pudiera ser la consigna. Pero ¿Y si nunca fuimos?

Una de las características del mito es su perfección y en esto ayuda el barniz borroso que le confiere el tiempo. Es, fundamentalmente, una acción perfecta porque da sentido a lo que lo no lo posee. Nos cuenta por qué las estrellas forman constelaciones, explica lo inabarcable. Aleja el temor de no entender, el dolor de ya no ser, la angustia de no saber.

La evolución de la Humanidad ha desvirtuado el significado original de mito y lo asimiló al de la mentira. “Eso del Monstruo del Lago Ness es un mito”, decimos, convencidísimos, confundiendo una leyenda popular con un mito.

Pero no es una mentira sino una versión de la realidad.

El historiador Mircea Elíade, en “El mito del eterno retorno” postula que las cosas sólo suceden una vez y sus posibles reiteraciones futuras son en realidad el mito original volviendo a ser.

Uno de los elementos necesarios para este renovarse es, por cierto, el rito, que es una actualización del mito: recreamos algo de lo sucedido en un tiempo prestigioso y antiguo, que se vuelve real en ese momento presente.

En la fe, el pan y el vino de la misa tienen una transubstanciación: se transmutan en su esencia en el cuerpo y la sangre del Cristo cuando el sacerdote recrea la Última Cena, en la Eucaristía. En el Cono Sur, en agosto, se celebra a la Pachamama, la Madre Tierra, comenzando un nuevo año luego del Inti Raymi agradeciendo por los dones que obsequia generosamente. Y en su seno se vuelca la coca, el vino y se bendice la caña con ruda mientras el incienso aromático se vaporiza entre carbones encendidos.

Las comunidades suelen construir sus propios mitos, versiones mejoradas de sí mismas y en ellos se alojan los próceres, arquetipos perfectos, plenos de nobleza, sacrificio y amor a su tierra y su gente.

Hubo un tiempo en que no fuimos, hasta que decidimos ser y allí comenzó la epopeya que pariera una gesta que nos hizo libres pero también, quizás, nos hizo un Pueblo que se convirtió en una Nación porque nos unía un sueño, un objetivo común, un origen y posiblemente un destino.

En ese tiempo mítico, único, intacto y prestigioso fuimos solidarios y combatimos codo a codo.

Veíamos en el vecino, en el amigo, como decía Atahualpa Yupanki “a uno mismo con otro cuero...”

Ese relato se sigue contando en los manuales escolares y en actos solemnes y resiste –o convive en armonía- con cierta tendencia iconoclasta que pretende mostrarnos que los próceres eran personas como nosotros: a veces infieles seductores; insaciables ególatras que amaban como nosotros, sufrían como nosotros y hacían el amor como nosotros.

Queremos ser como los próceres del mito pero acomodados a nuestra pedestre, humana cotidianeidad.

De esas épocas ha quedado el recuerdo.

Del transcurrir agitado de la historia, de nuestras ilusiones y decepciones sucesivas, de los encuentros y desencuentros parece haberse parido un Pueblo que resulta una amargada reunión de individualidades, siempre disconforme de los nuevos ídolos que fabrica.

¿Somos acaso una suerte de casualidades coincidentes en un territorio, que ante un peligro que acecha invisible nos mostramos incapaces de comportarnos como en los tiempos del mito sino que, contrariamente, buscamos salidas individuales, tenemos comportamientos egoístas e irracionales, volcamos las culpas en los cueros ajenos?.

La regla de la unidad se ha vuelto una excepción y parecemos pertenecer a una Nación sólo en ese rincón del documento de identidad que nos señala como argentinos, un patronímico que tristemente se está convirtiendo en una entelequia, una abstracción, un monstruo extraño de 40 millones de cabezas.

Unitarios, federales; de Capital o del Interior, peronistas o antiperonistas, cualquier división es válida y nos ubica allí en donde queremos pertenecer.

La pregunta surge, inevitable: ¿Seremos capaces de construir un nuevo tiempo mítico, del que hablen los manuales, del que surjan ritos novedosos que nos ayuden a crear una amalgama que supere las tensiones del tiempo?

Hoy, esa posibilidad no parece cercana y una de las misiones fundamentales de nuestros líderes políticos, sociales, gremiales, culturales es lograr encontrar el hilo conductor que enhebre nuestras individualidades, para convertirnos, otra vez, en “…una nueva gloriosa Nación”.