28 Septiembre 2020

La vida se llena de ausencias

Por Pablo Borla
"Una era se puede decir que se termina cuando las ilusiones se han agotado". Arthur Miller
Entre tanta amargura y extrañeza, la pandemia nos rompe los moldes y aunque parezca una contradicción, el mundo -el de todos y el nuestro particular- se llena de ausencias queridas,  contundentes como un golpe en el rostro desnudo.

Hoy escribo con un egoísmo propio del que quiere sacar las palabras que se le amontonan en el cuerpo, le llenan las entrañas y trepan por la garganta hasta que un nudo las hace angustia.

Arbitrariedades, en fin. Licencias poéticas que nos tomamos quienes escribimos, en una catarsis que siempre es compartida porque si no, sería nada. Apenas un llanto ahogado en un rincón oscuro.

Todos hemos perdido algo este año. O casi todos.

El trabajo, el sustento, el amor, un ser querido.

Los amigos están lejos. Si tenemos suerte, están a no menos de un metro y medio y con la mitad de su rostro oculto.

Si no tenemos suerte, en la lejanía de un pueblo cercano o en la insondable distancia de la muerte.

Hemos perdido un poco la fe. Lo reconozcamos. No en Dios, digo, sino en lo que supimos construir, en estas horas terribles en las que se habla de mérito y se empieza a privilegiar en el mundo quienes pueden usar los siempre escasos respiradores (quién tiene el mérito de ser más joven o un poco más sano o -no lo descartemos- un poco más rico).

Por lo menos -creo- nos dimos cuenta de que nos necesitamos. Para una u otra cosa.

No podemos solos. Siempre creímos que podíamos pero descubrimos que detrás de nuestra fortaleza hay alguien. Un vecino, un interlocutor casual, un compañero, un amigo, un familiar,  un amor.

Solemos tener la impresión de que se muere la gente buena y de que los malos siguen ahí, entramados vaya a saber en qué conjuro con el universo -al que suponemos en nuestra contra- haciendo sus maldades, ganando sus dineros mal habidos.

Sanos, injustamente sanos.

Y entre tanta muerte, entre tanto dolor, entre tanta incerteza del futuro,  quiero creer que el espíritu humano, ese que de tantas nos ha sacado; el que resistió hambrunas, peregrinaciones por desiertos interminables, guerras terribles que han dejado a los padres sin hijos y a los hijos sin padres; que ha sobrevivido a la Peste Negra, a la esclavitud y a la conquista; ese espíritu, nos viene a rescatar de la molicie y la apatía, nos une en causa común y nos impulsa a construir una Humanidad nueva, que no será (no lo sabemos) si mejor o peor que lo que solía pero debe ser necesariamente distinta y única, levantada de sus propias cenizas, llorando sus muertos y viviendo por ellos y por nosotros mismos.

En lo particular, desde este humilde rincón de tinta les digo que solo no puedo.

Que los necesito.

A cada uno. A los que quiero, a los que no y a los que me son indiferentes. A los que conozco y a los que aún no. A los que están cerca y a los que están lejos.

Necesito sus abrazos, su aliento, su ejemplo, su dolor con el mío.

Y en ese dolor, en ese amor, en esa comunidad extraña de intereses, construiré un futuro compartido.

Ya habrá tiempo para futuras disputas.

Ya habrá tiempo para grietas.

Todos los que quedamos, aún, somos sobrevivientes. Hagamos honor al nombre.