05 Octubre 2020

La importancia del enemigo

Por Pablo Borla
En tiempos de confusión y de definición de nuevas reglas y maneras innovadoras de organizar la sociedad, los líderes necesitan de enemigos por lo menos tan inteligentes como ellos para poder crecer.
Si nos atenemos a una de las definiciones de “inteligencia” aquella la refiere como la capacidad de elaborar un plan eficiente. Es decir, “pensar” es básicamente poner a nuestro cerebro a elaborar una estrategia para llegar a una solución acorde a nuestros fines y propósitos.

Leía a Umberto Eco en su libro “Construir al enemigo”, en el que escribe que “Tener enemigos es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por eso cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo.”

El adversario, el rival, el competidor -en suma una parte de “los otros”- ayuda a la formación de nuestro perfil, no sólo en la medida en que muchas veces son lo que nosotros no queremos ser sino también, en otras tantas, por ser muy parecidos a nosotros y competir por conseguir lo mismo.

Un Gobierno sólido requiere de una oposición a su altura, capaz de plantearle desafíos importantes, que lo obliguen a repensar continuamente sus estrategias y superar sus límites. Debe, de hecho y por esas mismas cuestiones, estar agradecido de los enemigos que tiene aunque ni con la suma de las torturas infernales esté dispuesto a reconocerlo.

Un enemigo débil, comprable, disperso, incorpora a los líderes a una zona de confort en la que nada destacado se logra más que permanecer o sobrevivir.

En nuestro País, el peronismo –por citar un caso puntual simplemente- ha demostrado muchas veces que necesita construir liderazgos firmes para estrechar filas al enfrentar enemigos organizados y astutos y que si éstos no existen, los crea desde su propio seno, con nuevos conductores olfateando como un depredador la debilidad en el poder que surge de la molicie. Y eso es parte de su fortaleza.

Argentina ha tenido sus dos últimos gobiernos a cargo de coaliciones beneficiadas por el impulso electoral que les dieron los errores ajenos quizás más que las virtudes propias. En ese sentido, el adversario triunfante fue quien supo agrupar el amplio universo de quienes se sintieron, por definición, en las antípodas del oficialismo, más allá de la identificación partidaria. Bendito el enemigo y sus debilidades, se habrá pensado.

Pero esto no le hace ningún bien a nuestro sistema democrático. El adversario torpe beneficia sólo en los logros de coyuntura y con su impericia deja abierta la puerta a estilos de gobierno en los que consenso y acuerdo son las palabras que menos se usan y las arbitrariedades crecen hasta convertirse en un estado de normalidad, a la amable sombra del laissez faire opositor.

En la política eficaz, los buenos enemigos se respetan mutuamente y son capaces de llegar a acuerdos programáticos que den al Estado, por ejemplo, la imprescindible fortaleza que deben tener sus instituciones.

En su genial novela “El juego de Ender”, Orson Scott Card pone en boca del instructor del protagonista –un joven genio militar- esta sentencia: “No hay mejor maestro que el enemigo (...) Sólo el enemigo te enseña tus puntos débiles. Sólo el enemigo te enseña sus puntos fuertes. Y las únicas reglas del juego son qué puedes hacerle y qué puedes impedir que él te haga.”

El mismo Dalai Lama, conductor espiritual  del lamaísmo tibetano dijo que “Nuestro enemigo es nuestro mejor maestro. Al estar con un maestro, podemos aprender la importancia de la paciencia, el control y la tolerancia, pero no tenemos oportunidad real de practicarla. La verdadera práctica surge al encontrarnos con un enemigo”.

Aunque pueda sonar a frase de libro de autoayuda, las adversidades colectivas –los “enemigos”- pueden contribuir a sacar de los pueblos lo mejor de sí mismos.

He sostenido en anteriores ocasiones que la pandemia, con su carga enorme de dolor profundo e incertidumbre, es una oportunidad de encontrar el lado solidario y ecuménico de la Humanidad.

Es más, creo que es casi la única salida viable y sustentable en el tiempo para evitar que estas situaciones se repitan, que la inequidad se profundice, que la supremacía absoluta de la individualidad nos devore, haciéndonos olvidar que somos la célula de un gigantesco, maravilloso ecosistema, tan importantes en nuestra singularidad como fuertes en nuestro conjunto.

Y el COVID-19, nuestro enemigo, nos mostrará el camino a seguir.