11 Octubre 2020

¡Es la economía, estúpido!

Por Pablo Borla
COVID-19 es una enfermedad producida por un virus. Hasta aquí, todos estamos de acuerdo. Y se ha transformado en una pandemia. Creo que aquí también hay unanimidad. Pero si decimos que el coronavirus COVID-19 no es el único causante de la pandemia, ingresamos en otros territorios que vale la pena precisar.

«Es la economía, estúpido» fue una frase muy utilizada en Estados Unidos durante la campaña electoral de Bill Clinton en 1992 contra George H. W. Bush (padre) y derivó de una estrategia que pedía concentrar la comunicación, entre otros pocos temas, en la economía.

La cita acude a mi memoria con relación al énfasis puesto en el aspecto estrictamente relacionado con la medicina a la hora de determinar que estamos bajos los efectos de una pandemia global. También, y de manera colateral, se ha mencionado a la globalización, al intenso movimiento turístico y comercial entre las naciones, con citas de la orden de “el mundo es un pañuelo” (ahora es un barbijo) etc.

Para que una pandemia tenga lugar no basta solamente con que el virus desconozca irrespetuosamente las fronteras entre los países. Con mayor razón aún, cuando sus efectos se prolongan en el tiempo y no aparece la luz al final del túnel.

El escenario previo a la difusión extramuros de este coronavirus fue el de un planeta que había logrado provocar un reciente descenso en los índices de pobreza, uno de los objetivos de la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030 de la Organización de las Naciones Unidas, que en 2015 acordó realizar “Un llamamiento universal a la acción para poner fin a la pobreza, proteger el planeta y mejorar las vidas y las perspectivas de las personas en todo el mundo...”

Pero esa era sólo una arista del desequilibrio global.

Según el Informe Anual del Banco Mundial, el 9,2 % de la población mundial, unas 689 millones de personas vivían en la pobreza extrema en 2017.

En el Informe de enero de 2019, las perspectivas fueron que “aumentaría el crecimiento mundial un 2,5%, a medida que el comercio y la inversión se recuperen gradualmente.” Veníamos de un incremento sin precedentes de la deuda en todo el mundo y una prolongada desaceleración del crecimiento de la productividad.

Un aspecto preocupante de la lenta tendencia de crecimiento que se preveía entonces era que aun cuando la recuperación del crecimiento de la economía emergente y en desarrollo se llevaba a cabo según lo esperado, el crecimiento per cápita se mantendría por debajo de los promedios a largo plazo y avanzaría a un ritmo demasiado lento para cumplir los objetivos de erradicación de la pobreza.

En las denominadas economías emergentes, su deuda total implicaba alrededor del 170% del PIB en 2018, un aumento muy importante desde el 115% del PIB que existía en 2015.

Un dato del Informe es revelador: “Entre las economías emergentes y en desarrollo, que tienen un historial de aumentos y retrocesos del crecimiento de la productividad, la desaceleración del 6,6% en 2007 hasta una depresión del 3,2% en 2015 ha sido la más pronunciada, más larga y más amplia registrada. La desaceleración se debe a una inversión más débil y a un aumento de la eficiencia, a la disminución de los beneficios de la reasignación de recursos a sectores más productivos y a la desaceleración de las mejoras en los principales factores de la productividad, como la educación y la calidad institucional.”

Deuda pendiente: más educación y más democracia. Veamos que pasaba en cuanto a la salud.

El Informe Anual Estadístico de la Organización Mundial de la Salud de 2019 destaca que al menos la mitad de la población mundial no recibía los servicios de salud esenciales que necesitaban. En 2010 casi 100 millones de personas fueron empujadas a la pobreza extrema al tener que pagar los servicios de salud de su bolsillo. El riesgo de que una persona de 30 años muera antes de los 70 años debido a una enfermedad no transmisible fue del 22% en los hombres y del 15% en las mujeres; la mayoría en países de renta bajas y medias. En 2017 se estimó que 5,4 millones de niños murieron antes de cumplir los cinco años.

Aún en los países más desarrollados, la inversión en Salud Pública en la última década no fue la esperada, a pesar de la prédica de la OMS respecto de la necesidad de la aplicación de una Cobertura Universal de Salud. En todo el mundo, más de 400 millones de personas carecían de acceso a servicios de salud básicos.

Según el informe anual “Time to care” elaborado por la organización no gubernamental Oxfam Internacional (Comité Oxford contra el hambre) difundido en enero de este año, los 2.153 multimillonarios más ricos del mundo poseían una riqueza equivalente a la de 4.600 millones de personas, es decir, el 60 % de la población mundial. En América Latina y el Caribe, el 20 % de la población concentró el 83 % de la riqueza y el número de multimillonarios en la región ha pasado de 27 a 104 desde el año 2000. En 2019, 66 millones de personas, es decir el 10,7 % de la población vivía en extrema pobreza, de acuerdo con datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

La profundización de la crisis provocada por el COVID-19, su duración en el tiempo, su carácter de pandemia global vino y se sostiene de la mano de un sistema económico mundial que ha impulsado inequidades profundas e indignantes, alejando a millones de personas de una cobertura adecuada de salud, prohijando condiciones de vida paupérrimas, con familias y comunidades en hacinamiento, con imposibilidad de cumplir mínimas condiciones de higiene por falta de acceso a insumos básicos como el agua, con sistemas públicos de salud precarios, a los que hubo que salir a parchar de urgencia.

La pandemia, según las perspectivas actuales, podría llevar a otros 150 millones de personas en el mundo a la pobreza extrema.

No es sólo la impresionante capacidad de contagio de este virus lo que determina que sea una pandemia.

“Es la economía, estúpido…”