19 Octubre 2020

Todos unidos triunfaremos

Por Pablo Borla
Un país dividido. Una economía frágil. Una pandemia transversal a todo lo que sucede. Incertidumbre dentro de la incertidumbre. Una noticia: la salida no está en Ezeiza.

Una película de ficción política podría mostrar esta imagen: un presidente ingresa a su despacho para iniciar su día de trabajo. Previamente, saludó a los guardias y empleados que encontró a su paso. Una sonrisa a todos, que no fue falsa pero sí un poco desganada.

En su escritorio, amplio, desplegados los principales diarios. Portadas llamativas. Con títulos favorables, las menos. Las otras, las de siempre, calando hasta el hueso, sin piedad.

Se le escapa algún suspiro. Esa mañana, luego de una ducha matinal que le despejó las reliquias del sueño, se vio en el espejo atentamente. Muchas más canas. Apenas 11 meses que van pareciendo 11 años.

En esta escena no es difícil reconocer al presidente de los argentinos. Y en las tapas de los diarios nacionales también se hace sencillo reconocernos: el pasaporte argentino miente un poco cuando pone los datos personales de quien lo porta y el sello de las autoridades que avalan nuestra nacionalidad. Ser argentino es un asunto complejo, imposible de definir por el mero nacimiento accidental en el territorio.

Los argentinos nos mostramos, fundamentalmente, por nuestras acciones y pasiones.

Es difícil pasar desapercibidos en el conjunto de las naciones, por más que estemos en la punta extrema del Cono Sur, cerca de la Antártida y convencidos de estar en el centro de todo.

La pandemia es un espejo para reflejar nuestra esencia contradictoria, inentendible racionalmente.

Al principio, acatamos de manera ejemplar las medidas sanitarias que se nos imponían. Todos unidos triunfaremos. La nueva y moderna gesta. El puente que cruza la grieta.

Quedó demostrado que somos corredores de 100 metros llanos. El espíritu del fondista dejémoslo para los japoneses. Explotamos con la brillantez de una supernova en un orgasmo único y breve en el que somos un Pueblo, en el que dejamos las prioridades individuales un poco (un poco, tampoco tanto) de lado y codo a codo -nunca más oportuna la figura- nos unimos para enfrentar al enemigo en común.

“Lo que este país necesita es una guerra. No sabemos lo que es sufrir” es una frase común que se escuchaba en los bares, en las reuniones trasnochadas y etílicas, de esas que ya nos parecen de otro siglo. Nunca fue muy afortunada, por más que consiguiera el estatus viral de frase hecha.

La guerra llegó, pero no como la imaginábamos, con soldados y bombas y disparos. Con uniformes y marchas.

Arribó por vía aérea, como corresponde a nuestra caracterización de ciudadanos del mundo. Casi con glamur, escondida entre la tos seca y algo de fiebre.

No parecía una guerra y no fue el ministro Rossi quien hiciera declaraciones sino un ministro de Salud sorprendido, minimizando al enemigo.

El transcurrir de los meses desde entonces vio resurgir las grietas, con nuevas variantes como los vacunas/los antivacunas; los que estaban a favor del aislamiento y los que estaban en contra. Los que impulsaban la hidroxicloroquina y los que la repudiaban. Los que tienen sueldo asegurado y los que pelean el mango a diario.

También, por supuesto, las que ya venían: nacional y popular vs. liberal. Peronistas y antiperonistas. De CABA o del interior. Los que ya saben quienes son versus los que ya saben lo que no quieren ser y/o lo que aspiran a ser.

Mientras el presidente Fernández trata de evitar la interna, haciendo equilibrio en la delgada cuerda que tensan y aflojan propios y ajenos, en la República de las grietas una parte de la oposición parece soñar con el título de la novela del salteño Francisco Zamora “Bisiesto viene de golpe”, quizás un poco inspirados en la característica de este año y otro poco en su histórico desprecio por la Constitución. Y como sucede en gran parte de lo que antes se llamaba “Tercer Mundo”, ante la insoportable posibilidad de los golpes armados, el estilo del siglo XXI viene vestido de golpes barnizados de legalidad por jueces afines y poderes dispuestos a solventarlos. Y nada de patriota hay en ellos sino la avaricia de ganar más dinero y más poder.

Desgaste, presión, mentiras que se imponen en la dinámica aparatosa de las Redes Sociales hasta que una realidad paralela discurre junto a la real y se vuelve anti-cuarentena si el Gobierno auspicia la cuarentena; marchas desaforadas, casi íntimas si el Gobierno pide distanciamiento; conflictos si el Gobierno pide consenso; especulación financiera si el Gobierno baja las retenciones. Porque el objetivo no será el bien de la Patria y el respeto a las instituciones republicanas sino, como dijo recientemente el expresidente Macri, “En 2023 vamos a volver al poder en Argentina”. Y parece ser un objetivo a cualquier costo.

Después de dejar un país endeudado por décadas para favorecer a la especulación financiera y no a la inversión productiva, con la mitad de su población en la pobreza, con el uso de la inteligencia estatal para espiar adversarios y partidarios, la única autocrítica que se escucha es el lamento de no haber sabido conservar el poder.

No parece sencillo y próspero el futuro cercano.

“Todos unidos triunfaremos” deja de ser el verso de un himno partidario para volverse una necesidad de supervivencia, para bajarse de la calesita que nos tiene dando vueltas desde Rosas o Urquiza, desde Lavalle o Dorrego, desde Braden o Perón en sucesión interminable de frustraciones.

La esperanza tiene la virtud de la persistencia. Parafraseando a Eduardo Galeano: “Aunque estamos mal hechos, no estamos terminados; y es la aventura de poder cambiar y de cambiarnos la que hace que valga la pena este parpadeo en la historia del universo, este fugaz calorcito entre los hielos que somos nosotros.”