02 Noviembre 2020

El hartazgo de los pueblos

Por Pablo Borla
Cual una aldea de apenas "veinte casas de barro y cañabrava construida a la orilla de un río" como definía Gabriel García Márquez a la Macondo inicial, América Latina parece tener un tiempo circular en el que se suceden hechos anteriores en versiones actualizadas.

Los procesos democráticos llevados a cabo recientemente en Bolivia y Chile surgieron como ecos devenidos de inequidades extremas que los pueblos no están dispuestos a tolerar.

¿La paciente espera por la vigencia plena de derechos fundamentales habrá llegado a su fin?

El sismo que provocan en el statu quo las jornadas de protesta, que surgen cuando la gota colmó el vaso, produce efectos duraderos e incontenibles que no se abanderan en un determinado partido político, sino que son transversales a diferentes fuentes.

La primera reacción de esquemas de gobierno que venían sosteniendo privilegios de clase o inclusive de etnia suele ser el uso de los sistemas represivos, tal como se vio en Bolivia y Chile.

La protesta inicial – hace un año atrás- en este último país fue el aumento de 30 pesos chilenos en el boleto del Metro, lo que ahondaba aún más las dificultades de la gran mayoría de los jóvenes trasandinos para poder sostener el acceso a la educación universitaria, ya que el transporte suele ser frecuentemente uno de los costos más incidentes.

“No son 30 pesos. Son 30 años” rezaba un cartel repetido en las manifestaciones, que expresaba en una maravillosa capacidad de síntesis que se había colmado el vaso.

Según la prestigiosa encuestadora local CADEM, los chilenos tuvieron varios motivos para apoyar la redacción de una nueva Carta Magna pero fundamentalmente quisieron fortalecer derechos sociales en jubilaciones, educación y salud.

Chile, un país frecuentemente citado por algunos sectores políticos como un modelo por su impronta de libertad económica y seguridad jurídica para la inversión, sostiene esquemas que profundizan la brecha entre ricos y pobres en lo atinente a la salud y la educación, sumado al sistema privado que administra las jubilaciones.

Estas garantías y privilegios están siendo sostenidas por una Constitución nacida en el seno de un gobierno de facto, impuesto a sangre y fuego con apoyo y financiación extranjera, que sumergió a Chile en un aparente estado de calma en la superficie mientras que, más profundamente, el cansancio, el hartazgo y las décadas de frustraciones repetidas en generaciones fueron el combustible que estalló en protestas multitudinarias con represiones sangrientas y que permitió la aparición de nuevos líderes.

La rebelión ciudadana motivó a la dirigencia política a tratar de canalizar el descontento mediante un plebiscito.

Chile quiso, por abrumadora mayoría, dejar de brindar un marco legal al abuso de un capitalismo descarnado disfrazado de libertad de mercado para poder elegir un camino distinto, no desde una reforma constitucional sino pariendo una nueva.

El desafío que vendrá estará en manos de los convencionales constituyentes que serán elegidos el año próximo, en medio de lo que seguramente se hará con una enorme presión de los grupos consolidados de poder, que pretenderán que todo cambie para que no cambie nada.

Los hermanos bolivianos han tenido también la ocasión de contar la historia por ellos mismos y no por intérpretes, cuyos intereses verdaderos se escudan y se adornan con discursos patrióticos y marchas militares.

La vicepresidente del Senado Jeanine Añez fue la cara visible de fuerzas económicas y sociales que vieron en Evo Morales la representación de un estrato social que abandonaba su historia de sometimiento para buscar un destino propio, en un país en el que coexisten una pluralidad de Pueblos Originarios y que cuenta con 36 lenguas con estatus de idioma oficial.

Luego de la renuncia del presidente electo Evo Morales y de su vicepresidente, la senadora del Movimiento Demócrata Social Áñez se proclamó presidenta de Bolivia sin quórum en el Parlamento. Posteriormente su mandato se oficializó con el reconocimiento del Tribunal Constitucional boliviano.

No extrañó que el jefe del Ejército, Williams Kaliman, se encargase de colocarle la banda presidencial, sobre todo luego de que las Fuerzas Armadas hayan “sugerido” a Morales en semanas previas que renunciara para permitir "la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad" en Bolivia.

La vicepresidenta segunda del Senado recibió el apoyo de los partidos opositores y los dos tercios de la Cámara, fieles a Evo Morales, rechazaron la sucesión.

El presidente Evo Morales denunció entonces, por medio de la red social Twitter que "Se ha consumado el golpe más artero y nefasto de la historia. Una senadora de derecha golpista se autoproclama presidenta del senado y luego presidenta interina de Bolivia sin quórum legislativo, rodeada de un grupo de cómplices y apañada por FFAA y Policía que reprimen al pueblo".

Un año después, sin Morales como candidato, el pueblo boliviano elige mayoritariamente a Luis Arce, reconocido como el impulsor y artífice del crecimiento económico de Bolivia suscitado entre 2006 y 2019 de la mano de Morales y el MAS.

Luis Arce ya ha advertido el desplome de la economía boliviana del primero al último lugar en la región y el pueblo boliviano no parece querer volver a modelos sociales y económicos que excluyen de sus prioridades su bienestar.

Argentina, Chile, Bolivia se debaten -atravesados por la pauperización de la pandemia global- tratando de diseñar un futuro propio. Sus líderes aún no encuentran un camino que supere las históricas grietas presentes, pero parece que comienza a germinar la idea de que, como rezaba un aviso de la Asociación del Fútbol Argentino “'Nadie sale campeón solo”.

Más allá de eslogans futboleros, lo evidente es que los Pueblos de Latinoamérica pueden tener esperanzas, pero han perdido la paciencia. No están dispuestos a tolerar que se vulneren sus derechos y no hay más partidos ni banderas que sus propios intereses.