09 Noviembre 2020

Siempre los (m)ismos

Por Pablo Borla
Parece una extraña máquina generadora de paradojas: los fundamentalismos, que debieran ser sólidos -como su etimología lo manifiesta- son contrarios a ciertas reglas de la naturaleza que dice que lo flexible se adapta y sobrevive y lo rígido se quiebra al primer sacudón fuerte.

Fundamentalismo proviene del latín fundus que significa “base” y mentum, “medio, forma” y refiere esta etimología a establecer algo con base sólida.

De hecho, tiene un origen común a “fundamento”, que es también como se conoce a los cimientos y a “fundamental” que aplica a la calidad de esencial de algo para ser lo que es.

Recientemente escuché al escritor Alejandro Dolina referirse al paradójico video de campaña del Partido Libertario Argentino que en boca de unos de sus referentes más mediáticos, José Luis Espert, reza “Libertad. Sí o sí”. Una exquisita contradicción conceptual en cuatro palabras y un punto. ¿Tendremos libertad para elegir no tenerla? Explosiones cósmicas, aún lejanas en años luz, nos anuncian el inminente inicio de la destrucción de un Universo que no resiste las paradojas.

Y no es que uno se tome la paradoja para joda. Sucede que carece de fundamento, como el fundamentalismo, que también es -entre otras cosas- paradójico, ya que en la propia rigidez de sus componentes esenciales está su destrucción.

Los fundamentalismos han sido y son muy populares entre unos pocos. Otra paradoja.

Si no son pocos sus adherentes -la historia lo vio con el nazismo, el fascismo, el racismo- no se sostienen con éxito en el tiempo y vuelven a ser unos pocos. Convencidísimos, eso sí.

Y -para centrarnos en este fenómeno- no me refiero a dogmas de fe, que es harina de otro costal.

El escritor italiano Antonio Tabucchi, en su libro “Réquiem” dice “No me deje solo en medio de personas llenas de certezas. Esa gente es terrible”.

La libertad, por más que Espert y sus militantes quieran vociferarla como una bandera, es un bien deseable pero, si bien se ve, es una abstracción cuyas limitaciones tienen que ver con la buena convivencia, con los derechos ajenos, con los límites soberanos, con las leyes que dan un ordenamiento a una comunidad y con la vida misma, ya que, de hecho, una hipotética persona, solitaria y autoabastecida, encuentra la limitación de la libertad en su propia mortalidad, que nos encadena a todos.

Con suerte, somos mortales con despacho con disidencia y nos resistimos a ese destino fatal con el ejercicio de actividades nobles como el arte, la solidaridad y la perpetuación de la especie.

Cada tanto tiempo, una oleada de “ismos” recorre el planeta. En particular en tiempos difíciles, cuando aquellos conceptos rígidos, “fundamentados” -y sobre todo que nos pueden llegar a incluir- dan una sensación de seguridad en la incertidumbre.

Y desde el fundamentalismo nos creemos mejores que los demás y llenos de certezas. Por eso es tentador.

Los dogmas fundamentalistas nos enseñan que las cosas son de una manera y que quien no piensa como nosotros es un enemigo y que su equivocación atenta contra nuestro bienestar y contra lo que amamos y respetamos.

¿Quién no anhela la Libertad, la Patria, la Justicia; así todo, con mayúsculas?

Uno de los problemas del fundamentalismo es que como no es fruto de la inteligencia sino de la emoción, no recorre los laboriosos caminos necesarios para la validez de sus conclusiones. No los necesita, de hecho, pues tiene un carácter de Verdad Revelada.

Hoy, la Humanidad, más allá de las ideologías, debe enfrentar el reto de debatir las disidencias, encontrar acuerdos que las trasciendan y abandonar dogmatismos que no reconocen más verdad que la propia.

No es una utopía sino una necesidad imperiosa que se adhiere al mandato ancestral de la supervivencia.

Es, por sobre todo, una actitud de profunda humildad y de potencial abandono -aunque sea por un momento de reflexión- de nuestras convicciones más profundas para escuchar atentamente al otro, al semejante.

Escuchar.

Si no sirve para convencernos, sí cuando menos nos servirá para entenderlo, para ponernos en sus zapatos.

Y dejar de lado esquemas que nos dan certezas, porque el progreso es hijo de la duda, de la insatisfacción, de la incomodidad que nos proporciona la incertidumbre.

En Argentina, no son sólo los denominados libertarios (llamarse libertadores era como mucho, aún cuando en un aviso publicitario Javier Milei emuló a José de San Martín) quienes tienen el monopolio del dogma.

Los intereses políticos se entrecruzan en la coyuntura, acomodándose al eslogan que convenga. Así, por dar un ejemplo, los que denostaban la consigna “de pañuelo verde” que reza “Mi cuerpo, mi decisión” ahora la usan para oponerse a la vacunación masiva.

Entonces el fundamentalismo de ocasión muestra la hilacha que enhebra con endeblez sus argumentos, porque no hay nada más paradójico que el fundamentalismo que se acomoda a lo que le convenga ser.