15 Noviembre 2020

La revolución de la educación

Por Pablo Borla
Las revoluciones pueden ser buenas o malas, dependiendo desde que lado de la vereda se la mire. Lo que sí parecen tener en común es ser inevitables. Se está gestando una revolución educativa que pasará eventualmente a una bimodalidad que es hija de la pandemia pero también de la decadencia, un sistema que -salvo casos particulares- ya estaba quedando caduco.

Las innovaciones tecnológicas de los últimos 20 años han producido importantes cambios en diferentes paradigmas -de relación, de trabajo, de comunicación, de prioridades- a los que nos fuimos adaptando paulatinamente e incorporándolos a nuestra cotidianeidad como una normalidad novedosa a la que había que adaptarse o aislarse, siendo ésta última alternativa de cumplimiento complejo porque estaban involucrados procesos a los que fuimos impulsados desde opciones que se convirtieron en obligaciones. Verbigracia, los adultos mayores, que crecieron en un entorno analógico se vieron bancarizados de prepo y dejaron de ver los rostros familiares de los cajeros de sus bancos para enfrentarse a la fría pantalla de un cajero automático que les negaba la sonrisa y, sobre todo, la paciencia.

La educación es un proceso complejo y omnipresente que no se reduce a la escolaridad en sus diferentes niveles, sino que intersecta la variopinta realidad humana.

Se educa para la vida y la vida ha cambiado a velocidades diferentes a las estructuras de la educación.

En un mundo tecnológico, los estudiantes de la infancia y la juventud ingresan a las aulas con sus sentidos hiper estimulados por la brevedad, la instantaneidad y la velocidad de los feeds de las redes sociales más populares, y al traspasar la puerta del aula deben hacer lo que en una desafortunada metáfora automovilística denominaré “rebaje” para adaptar sus procesos mentales a la lentitud del pizarrón, la escritura manual y los procesos habituales.

 

Imposible no dormirse

La transición hacia una pedagogía que vuelva a establecer una comunicación eficiente entre educadores y educandos tiene tiempos de maduración lentos porque involucran no sólo la modificación de las estructuras tradicionales de enseñanza y su burocracia sino también porque implican la voluntad de todos los integrantes de la comunidad educativa de protagonizar ese cambio.

Luego de un diagnóstico adecuado de la realidad en la que está inserta, la innovación, la voluntad, la creatividad y la perseverancia son aliados necesarios para construir una experiencia educativa exitosa y resiliente en tiempos de cambio, que se aceleraron con el imprevisto cambio de paradigma impulsado por el aislamiento sanitario al que nos obligó la pandemia global.

Hubo una diferencia notable y previsible entre los sistemas de enseñanza tradicional y virtual ya existentes.

La virtualidad tiene sus propias reglas, en particular en lo atinente a la pedagogía y la comunicación, que venían siendo desarrolladas de manera específica en una oferta académica terciaria, universitaria o informal y que han probado ser eficientes. En su mayoría, no han dejado de incorporar un cierto porcentaje necesario de presencialidad, sobre todo cuando se trata de carreras universitarias de grado.

Diferente panorama tuvo la enseñanza en los niveles inicial, primario y secundario o las carreras terciarias o universitarias, cuyos esquemas incluían de manera excluyente la presencialidad y la interacción social.

Los docentes del estilo tradicional dieron el salto del aula a la pantalla “sin tocar tronera” y muchos de ellos no supieron como adaptar la enseñanza, a pesar del acompañamiento y el apoyo de sus gobiernos, que indefectiblemente se vieron sorprendidos y obligados a innovar rápidamente desde los canales de comunicación hasta los contenidos, debiendo involucrar en la mayoría de los casos al entorno familiar.

Recientemente el canal BBC News, en su versión web, daba a conocer el caso de un profesor universitario peruano que llegó a un nivel de frustración que lo llevó a anunciarle a sus alumnos que renunciaría a dar la clase que les impartía en la Universidad Nacional Federico Villarreal (UNFV). Los argumentos del docente -de amplia experiencia en la plataforma virtual- fueron "Van a decir 'es que el profesor no me enseñó nada'. Y no es que no te haya enseñado nada, es que tú no leíste (...) Estoy viendo la posibilidad de renunciar y me largo".

Estas situaciones se replican en todo el mundo. La BBC expone como motivos posibles -guiados por los argumentos del docente peruano, que “el principal problema que tienen los profesores al ofrecer clases en línea es el rompimiento del vínculo maestro-alumnos que es vital para el proceso de enseñanza-aprendizaje”. También, que el profesor no solo necesita que los alumnos le hagan saber verbalmente si comprendieron o no un tema, sino que se requiere una respuesta no verbal. Y sólo tiene una pantalla que, cuando termina la clase, se apaga. Para el docente, por otra parte, "El proceso de aprendizaje es colectivo" y "los alumnos, que de por sí no son afines a la lectura, pierden el incentivo de participación al no tener presión de los compañeros".

Juan Baldeón -tal el nombre del docente- cree por su experiencia que “no solo es responsabilidad de los alumnos el que haya una clase integral en línea. También los profesores deben encontrar estrategias para mantener el nivel de atención y motivarlos al estudio.”

La informalidad y falta de responsabilidad de la mayoría de la información y/o entretenimiento es una competencia desleal para el sistema educativo, que debe buscar captar la atención de los educandos.

Pero seguramente erraremos el camino si los nuevos rumbos de la educación pasan por querer emular esos contenidos populares porque el proceso educativo, que acompaña el crecimiento físico e intelectual de una persona, requiere del compromiso por parte del alumno para ser un proceso exitoso. Y también del esfuerzo cotidiano.

No es “una enseñanza más fácil”. Es “distinta”, “actualizada” y “competitiva”.

La escuela no es Facebook, sus contenidos no deberían querer parecerse a Tik Tok sino que debe encontrar su propio estilo y preparar a sus egresados para un mundo que les exige plasticidad adaptativa, creatividad, innovación, resistencia a la frustración y permeabilidad para el desarrollo de habilidades múltiples porque ni la educación ni el mundo volverán a ser los mismos.