23 Noviembre 2020

La ciudad de los 15 minutos

Por Pablo Borla
Maravillados por su belleza, recorremos la geografía de la capital de Salta. Tanto sus calles como muchas de sus veredas son estrechas e incómodas para circular según las necesidades de hoy. El coronavirus llegó -entre otras cuestiones- para recordarnos que el buen urbanismo también es salud.

En medio de tantos y variados motivos de grietas, los que vivimos en Salta tenemos una coincidencia generalizada: amamos a nuestra hermosa ciudad casi con la misma intensidad con que la padecemos.

Fundada hace casi 438 años en medio de pantanos y tagaretes, su evolución arquitectónica fue de la mano de la persistente mentalidad conservadora que ha dominado de manera centenaria sus políticas públicas.

Pero ha llegado el COVID-19 y, como otras anteriores pandemias en el mundo, ha venido a cambiar también la manera en que nos relacionamos, nos desplazamos y nos organizamos en nuestras ciudades.

"En los últimos 150 años, la expectativa de vida ha aumentado de alrededor de 45 a 80 años y es justo afirmar que la mitad de eso se debe a la arquitectura y la ingeniería y la otra mitad, a la comunidad médica", le dijo a BBC Mundo Jakob Brandtberg Knudsen, decano de la escuela de arquitectura de la Real Academia de Bellas Artes de Dinamarca.

De hecho, las primeras normativas urbanísticas surgieron durante la Revolución Industrial como una barrera de contención de las enfermedades infecciosas, aumentando el tamaño de las viviendas, favoreciendo su ventilación e iluminación.

Anteriormente, ciudades como Barcelona derrumbaron sus murallas hacinantes y Londres limpió el maloliente Támesis para protegerse del cólera.

La identificación de las ratas como portadoras de la mortal peste bubónica impulsó la modificación de los materiales de construcción de los edificios para impedir su ingreso, utilizando más concreto y metal en los cimientos.

La restricción de muchas actividades humanas, el confinamiento y el cambio de hábitos ha producido la mayor caída en la emisión de CO2 de la que se tenga registro en la historia.

Ya se ha lanzado el primer ensayo aleatorio en Tanzania, que le hará seguimiento durante 3 años a alrededor de 1.500 niños quienes vivirán en un nuevo estilo de vivienda para llegar a demostrar que serán más sanos que los que viven en las casas actualmente construidas.

Nuestros hogares se han convertido en nuestra oficina, nuestra fábrica y nuestro gimnasio, de un día para el otro. Y ahora que la vacuna amanece más cercana en el horizonte, en que los índices de contagios están siendo por lo menos manejables sanitariamente, volvemos a los trabajos, a las reuniones sociales, a los espectáculos y deportes grupales en una Salta que no está preparada adecuadamente para cumplir de manera acabada y sencilla con los protocolos sanitarios recomendados.

Ya antes estábamos apretados, circulando en veredas estrechas, demorados en interminables embotellamientos por avenidas que no parecen tales, incómodos en una de las ciudades que más ha crecido demográficamente en los últimos 40 años en nuestro país. Y cuyo crecimiento ha sido caótico y desordenado por una falta de planificación adecuada (de hecho, el Plan Integral de Desarrollo Urbano Ambiental (P.I.D.U.A.) se lanzó en los primeros años de la década del 2000) y por la tolerancia de las normativas a una especulación inmobiliaria insaciable.

En Salta, la desconcentración de las actividades comerciales y administrativas es un proceso lento y progresivo, forzado por la incomodidad de la ciudad del denso microcentro, de la falta de vías de comunicación adecuadas, de su diseño oblongo y limitado, ora por accidentes naturales como los cerros o el río, ora por la influencia de militares y terratenientes que no se resignan a ceder tierras a la urbanización esgrimiendo excusas que podían sonar razonables hace un siglo pero que hoy ya no resisten ni el más débil cuestionamiento.

Los transportes masivos urbanos -concebidos como la solución para el descongestionamiento vehicular en las principales ciudades del mundo- deben reformularse con las medidas de distanciamiento sanitario y, es bueno señalarlo, generan una aversión inducida por la cercanía a la que nos hemos desacostumbrado. Hoy, aún con vacuna mediante, es impensable viajar en una unidad de SAETA, como sardinas en una lata, pues no está descartada la aparición de nuevos tipos de pandemias y debemos preparar nuestras ciudades para esa posibilidad que no es descabellada.

Entre las principales medidas higiénicas a corto plazo está el fomento del uso de la bicicleta, que es la alternativa más barata y efectiva pues la implementación de ciclovías no impacta -bien diseñadas, no con bloques flotando y tapando bocas de desagüe en la primera tormenta fuerte- en la morfología urbana.

Una de las soluciones propuestas se denomina “La ciudad de los 15 minutos” y se está implementando (o por lo menos intentando) en París. Hay un acuerdo general en los simposios globales de arquitectos en que se debe fomentar que los barrios sean autosuficientes y que toda la población urbana pueda acceder a los servicios que necesita cotidianamente a 15 minutos a pie.

Las ciudades post-pandemia deben concebirse más verticales, con más árboles y mejores parques y lugares para hacer actividad física en los barrios.

Estos cambios no están reñidos con la conservación de nuestra hermosa arquitectura tradicional, pero sí están firmemente vinculados a la imaginación de los urbanistas, a la firme voluntad y amplitud de miras de nuestras autoridades municipales y al acompañamiento y militancia de los vecinos, convencidos de que una ciudad debe ser hermosa pero también agradable y cómoda para vivir en ella y disfrutarla intensamente.