30 Noviembre 2020

Ríos de tinta, mares de llanto

Por Pablo Borla
No nació para la intrascendencia, la cómoda conformidad del gris ni para la indiferencia (esa especie de olvido en vida). El 2020 se llevó al 10. El que dio tantas alegrías murió -dicen- de tristeza y con él se fue nuestro más fuerte referente emocional.

No tienen más aspiraciones estas palabras que ahora hilvano, que el ser una humilde hebra en el extensísimo tejido del paño universal que lleva incluido el nombre Diego Maradona.

Quizás porque siempre me intrigó este país complejo y particular en cuya nacionalidad coincidimos y si quiero comprenderlo no puedo obviar a Diego.

No tuve ocasión de compartir con él mucho más que su alegría, decorada de destreza inigualable, la que a su vez me la generaba a mí. Pero no la misma de siempre, la común, reconfortante y conocida alegría, sino una extraña, desaforada, indefinible, heterogénea sensación de gozo, de revancha, de alivio.

Los argentinos hemos tenido en nuestra historia personas que fueron nuestros referentes y guías filosóficos, políticos, artísticos, científicos.

Con partidarios y opositores, tuvimos faros en esos caminos, como San Martín, Belgrano y Güemes; Yrigoyen, Perón y Evita; Favaloro y Leloir; Sábato, Borges, Charly y Quinquela Martín; Soldi y Gardel; Mitre, Rosas y Sarmiento. Es imposible citar a todos.

Pero el acabado perfil emocional argentino encarnó un 30 de octubre de 1960 y se construyó desde el mito del camino del héroe: de la cuna humilde a la riqueza y el lujo; de los padres que veneraba como manda el arquetipo nacional a ser un hijo de muchas madres y padre de muchos hijos. Caprichoso. Coherente pero no siempre e incoherente pero no siempre. Solidario y egoísta; familiero e infiel; machista y violento; el líder de la arenga, del ejemplo, de la bronca, del llanto y del grito.

Destaco esa definición emocional porque intentar comprenderlo desde la razón fue y será perder el tiempo.

Hizo lo que quiso y lo que pudo. Vivió mil vidas en una. Conoció potreros y vivió en Dubái; alternó con la novia del barrio y las reinas; los Papas y los párrocos.

Capaz de provocar cualquier sentimiento, menos la indiferencia, a muchos argentinos les cuesta reconocerse en él, un ser que llevó un ADN argento indiscutible. No somos Diego Maradona -no sé si alguien será alguna vez como él- pero, cual portadores de un aire de familia, somos polémicos, como él. Pasionales, como él. Contradictorios, como él. Tenemos límites flexibles, como él.

Su muerte nos dolió, pero no nos sorprendió. Nos sinceremos. Hace mucho que pensábamos que se iba a morir y, de hecho -fiel a su estilo- nos comimos varias gambetas con la Parca, que se negaba a convertirlo en mito.

Fue un sobreviviente de sí mismo, de su intensidad, de su ego inmenso, de la injusticia de tener sólo una vida cuando quería vivir todas.

Cuando lo veo sonriente, pícaro, en alguna foto, acude a mi memoria nuestro querido Manuel J. Castilla y su lírico gozante: "Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante. (…) Pienso: si alguno me tocara las manos se iría enloquecido de eternidad, / húmedo de astros lilas, relucientes.”

Creo que nos quedamos un poco más solitarios aquí, en el cono del fin del mundo, sin nuestro referente emocional, ataviado de millones de espejos y en ellos, nosotros.

Se murió de excesos que su biología prodigiosa soportó mucho tiempo, pero dicen que murió de tristeza y para un ser pasional no podía ser de otra manera.

Para él y sobre él, ríos de tinta y mares de llanto.

El duelo será largo y doloroso. No es un muerto cualquiera.

Es el duelo de la pérdida de nuestra identidad emocional, que seguramente encontrará potenciales abanderados, pero no hasta que la herida sane un poco.

“¡Dios mío, qué solos/se quedan los muertos!!” escribió Gustavo Adolfo Bécquer y tal vez, ahora, nos quedamos solos nosotros, los que aún no partimos, porque con él se fue una gran parte de los que somos, de lo que fuimos, de lo que amamos y odiamos ser.