21 Diciembre 2020

El diablo está en los detalles

Por Pablo Borla
El acto convocado el pasado 18 por el Frente de Todos fue, desde lo político, una de las acciones más relevantes de un año en el que el Gobierno, apremiado por la necesidad de gestión, dejó un poco de lado a esta cuestión.

Pleno de imágenes y expresiones de alto contenido simbólico, al acto del Frente de Todos en el Estadio Único de La Plata -ahora renombrado Diego Armando Maradona- fue un acontecimiento político relevante con miras a las elecciones legislativas del 2021.

En La Plata, lugar de nacimiento de Cristina Fernández de Kirchner y en el corazón del territorio comandado por Axel Kicillof y Verónica Magario, el Frente de Todos ratificó su perfil kirchnerista, con un discurso moderado y fiel a su estilo de Alberto Fernández cerrando un acto en el que se extrañó el bullicio de los bombos peronistas en la tribuna y el aroma del choripán merodeando el lugar, para escándalo del “medio pelo argentino”, como lo llamaba Arturo Jauretche.

El lugar de la política se centralizó en la expresidenta, quien se encargó de poner los patitos en fila después de un año en el que el frente oficialista soportó la presión de sus componentes internos -más o menos radicalizados pero difícilmente indiferentes- en un contexto en que el eje pasaba por administrar los despojos de un país destrozado por la impronta neoliberal a la que sólo cuatro años le bastaron para sumergir a Argentina en el compromiso de una deuda impagable de manera sustentable, provocar la quiebra de miles de pymes y ahondar la brecha entre ricos y pobres, aumentando a niveles críticos los índices de compatriotas sumidos en la pobreza cuando no en la miseria lisa y llana.

El kirchnerismo más fundamentalista viene denostando, a veces en público y mayormente en privado, a Alberto Fernández por una supuesta tibieza, olvidando quizás que el cerrar filas al extremo como una falange romana, el pensamiento único y el tozudo dogmatismo fueron algunos de los factores por los que el macrismo -que ni en sus sueños más alucinados creyó posible acceder al poder- salió triunfante en las elecciones del 2015.

El discurso del presidente, en ocasión del encuentro, tuvo más de recopilación de las acciones de su gestión que de arenga política pero no omitió mencionar -quizás desacertadamente- al intrascendente presidente de la UCR, Alfredo Cornejo, quien lo trajo al barro de las coimas, fétido lugar en el que la oposición siempre suele salir mejor parada por el tradicional estado de duda sobre el manejo de los fondos públicos que padecen quienes están a cargo de la administración del Estado.

Llamó la atención que Fernández tratara de “picaros” a personas que tanto daño le hicieran al País: “Estar separados les permitió a unos pícaros llegar al gobierno, y lo imperdonable fue que esos pícaros le hicieron mucho daño a la gente". Quizás sea esa moderación de su personalidad la que tanto molesta a un sector del kirchnerismo, más afecto a las bravuconadas de Moreno o D’Elía.

“Ubi concordia, ibi victoria” decían los latinos y tenían razón: en donde hay unidad, hay victoria. Y ese fue el trasfondo de un acto destinado a advertir que nadie puede sacar los pies del plato ni expresarse con afirmaciones que dejen dudas acerca del rumbo tomado o de quienes son los adversarios a combatir.

En ello, los hijos pródigos, Axel y Máximo, coparon la parada: uno para exaltar su gestión y hacer anuncios y el otro anticipando el discurso materno: unidad para el progreso.

El kirchnerismo tiene una impronta particular en su estilo: en un Frente debe ostentar posición dominante aún frente al mismo brazo electoral del peronismo como el Partido Justicialista.

Si Argentina es un país cuyos electores no sólo no aceptan, sino que suelen votar en contra de posibles dobles comandos o conducciones colegiadas, en el kirchnerismo la expresión siquiera forma parte de su diccionario: la verticalidad que ostenta, tanto la disfruta como la padece, según las circunstancias.

El Frente, ante un 2021 aún complicado en lo económico, lo sanitario y lo electoral, debe fortalecer la imagen de un presidente desgastado por la pandemia-como todos los primeros mandatarios- pero también le será propicio a Fernández que tanto él como su equipo sean muy claros respecto del perfil de país al que se aspira, cuales son los aliados y cuales los adversarios, porque también el electorado comienza a hilar fino y a realizar reclamos sobre derechos postergados, sobre economías frágiles, sobre sistemas sanitarios deficientes y dificultades de acceso al trabajo y al progreso, que fueron los motores que impulsaron la victoria del Frente en 2019.

Porque -dicen- el diablo está en los detalles.