28 Diciembre 2020

La deuda interna

Por Pablo Borla
Nuestro querido País ha dejado pasar muchas oportunidades en su historia en cuanto a la conformación de una estrategia de gobierno federal con un desarrollo homogéneo y sustentable en sus regiones. Hay esfuerzos valorables que no deben ser diluidos por la coyuntura.

“No tan jóvenes” decía Arturo Uslar Pietri, el distinguido escritor, historiador, filósofo y político venezolano, desechando de plano la excusa de la juventud de las naciones latinoamericanas.

Uslar Pietri, hace ya más de medio siglo, alertaba sobre un desarrollo nacional sin sustento y explotado por minorías codiciosas. En su Venezuela natal, citaba la riqueza petrolera que algún día iba a terminarse sin que se haya aprovechado para la creación de nuevas y diferentes fuentes de trabajo, aportando al desarrollo económico y la fortaleza nacional.

En Argentina, la economía y la política bailaron, desde antes de sus inicios como Nación, de la mano de la música que componía, interpretaba y ejecutaba una minoría de familias que se repartieron las ganancias inmensas de la fértil Pampa Húmeda y de los puertos, estimulando el desarrollo de la franja central del País, imprimiendo un perfil agroexportador y latifundista en beneficio de los intereses de un porcentaje muy pequeño de nuestra población.

La industria que crea fuentes de trabajo y la educación, con una fuerte impronta en la especialización en rubros requeridos por el mercado para su crecimiento, no estuvo presente en el diccionario de quienes podían definir qué país teníamos e íbamos a tener, salvo en breves períodos de nuestra historia en el que se defendieron los intereses nacionales por sobre los particulares.

Pero siempre pudieron más unos cuantos -escribo pensando en la canción de León Gieco- y el crecimiento desequilibrado produjo una inmensa Patagonia desolada y un Norte postergado y pobre, que repetía en muchas provincias el esquema de clase hegemónica -que tantos éxitos celebró en la Nación- esta vez hacia su propio Interior.

Un renombrado político dijo una vez que por estas latitudes había tanta pobreza que hasta los ricos eran pobres, pues su nivel de vida en medio de los valles, las yungas y los esteros no se aproximaba siquiera al de una elite porteña que alternaba su vida entre Buenos Aires y Europa -y por supuesto Estados Unidos- con la naturalidad que da la riqueza y el poder.

Los intentos de regionalizar la Argentina no han llegado aún a buen término, sea por intereses personales -que a lo mejor sean de esos que se adivinan, pero no se mencionan- o por interrupciones violentas del sistema democrático, uno de los medios que tienen las elites de volver a encauzar las aguas hacia sus molinos, cuando no por la llegada de una pandemia que viene a dificultar todo y, tal vez -solo tal vez- a renovar algunas costumbres.

No hay futuro para una Nación con tales desequilibrios, porque en algún momento los valores de las commodities bajan mucho -hemos transcurrido un largo período de precios internacionales en sus mínimos- y sin inversión en otros rubros de la economía un país se torna inviable, aún para lo que significa el mero costo fijo de garantizar los derechos básicos que las constituciones nacionales suelen exigir.

Y ahí es cuando deja de haber verdadera salud, educación, trabajo y, por supuesto, libertad.

Nuestros dirigentes afrontan una deuda interna histórica: lograr trazar un plan de desarrollo homogéneo y sustentable a largo plazo. Y que se mantenga, contra viento y marea.

Y llámese viento a los desproporcionados beneficios de una elite poco afecta a pagar los impuestos,  acostumbrada a nacionalizar sus deudas propias para que las paguemos entre todos, a manejar y explotar los beneficios de la información privilegiada y marea a los legisladores y medios de comunicación que parecen estar a su servicio.

Hagamos un punto y aparte.

Claramente hay razones que llevan a empresas nacionales a establecer sus casas matrices en países que les dan mayores ventajas y también las hay para que Argentina sea un país de alto riesgo a la hora de invertir, de tal manera que, por ejemplo, una pyme para lograr ser rentable deba apelar a una “contabilidad creativa” que le permita un margen razonable de ganancia entre tanto agobio impositivo.

Pero no se trata de eso esta columna de hoy sino de la necesidad de repensar la Argentina con sinceridad, en la convicción de que el desarrollo regional homogéneo es un beneficio para todos.

Los esfuerzos del Parlamento del NOA por instalar en la agenda nacional la voz de la Región es una herramienta de gran importancia, que debe tener continuidad en el tiempo. Un avance en ello fue la reciente constitución del Foro Permanente de Vicegobernadores y Vicegobernadoras.

La fortaleza de las regiones argentinas puede ser instrumento de progreso, ya que las provincias que las integran forzosamente dependen unas de otras y se influencian mutuamente. Sobre todo, en cuanto al impulso en la creación en primer término de infraestructuras adecuadas para la radicación de emprendimientos, que para su desarrollo necesitan de buenas comunicaciones viales y ferroviarias, de telecomunicaciones y de mano de obra especializada y capacitada desde el nivel secundario de educación.

Pero también de ventajas impositivas que los gobiernos de las provincias históricamente empobrecidas y postergadas no tienen como sostener sin asistencia de la Nación.

Mientras la agenda esté marcada por la nacionalidad de las vacunas y la política por la miopía de la coyuntura, la deuda interna -la más dolorosa- seguirá creciendo a costa, sobre todo, de los más vulnerables.