31 Diciembre 2020

El año que vivimos en peligro

Por Pablo Borla
No tengo memoria de un año tranquilo en varias décadas. Los argentinos vivimos así, se ha vuelto parte de nuestra idiosincrasia. Pero 2020 me recuerda al título de la memorable película del australiano Peter Weir, que allá por 1982 protagonizaron Mel Gibson y Sigourney Weaver, “El año que vivimos en peligro”. Un lujo que no podemos permitirnos es -por doloroso que sea- dejar 2020 en el olvido.

Vivimos siempre al borde, de puro latinoamericanos que somos y un poquito más. Al borde del conflicto social, de la intoxicación por una hamburguesa poco higiénica, de caer por la escalera mal construida de un edificio que fue una excepción de algún benévolo Concejo Deliberante; al borde de ser atropellados por conductores que no deberían poseer un carné habilitante, de una mala praxis en diferentes circunstancias por falta de regulaciones y controles…y se puede continuar una enumeración fastidiosa ad infinitum.

Al filo de la navaja, siempre. Rezando para que algún gobierno no nos encaje un corralito a los ahorros de años de trabajo. Esperando moratorias injustas y frecuentes. Rogando que Vaca Muerta (en general) o el Quini (en particular) nos salven.

A un país con el cuero tan duro llegó, sin embargo, el microscópico obsequio de la China milenaria (nada es más milenario que la China) en forma de virus y la pandemia nos demostró que todavía no terminamos de curtir ese cuero.

En los estados de excepción o en las catástrofes es cuando una comunidad mide con contundencia dolorosa aquellas falencias que antes estaban disimuladas, sin gozar de las luces rutilantes de las primeras planas diarias.

Las cacerolas no sonaron por la educación. No sonaron por la salud. Se hicieron escuchar por el dólar. Saltaron de las cocinas a la calle por el impulso ciudadano de la grieta. Toda una definición de los valores presentes en nuestra comunidad.

No fue un fenómeno local, esta vez. En muchas naciones del mundo la precariedad de la Salud Pública fue una cachetada dolorosa e inoportuna. En algunas, precaria por pobreza o burocracia. En otras, por ideología.

También tuvimos un espejo reflejando las inequidades del mundo con respecto al acceso a las Tecnologías de la Información y la Comunicación, que fueron claves a la hora de pensar estrategias educativas que permitan prescindir de la presencialidad. Inequidades en los países centrales hacia la periferia planetaria y en cada país hacia su interior profundo, aquel en donde viven personas que tienen el derecho a recibir educación de calidad.

Décadas de prioridades equivocadas, de falta de políticas de Estado con respecto a estos dos importantísimos roles, indelegables, que tienen los Estados.

"Educación, educación, educación. Y otra vez, educación", exclamaba José "Pepe" Mujica en su primer discurso como presidente de Uruguay al definir las prioridades para el crecimiento nacional.

Argentina ha tenido hitos en la educación y la salud pública como la Ley 1420, la Ley de Educación Común de 1884, que implicó una aspiración a lograr condiciones de igualdad, pero no que dejen de tener vigencia las ya antiguas prácticas políticas que limitaban la participación de la ciudadanía en su conjunto.

Más de cien años pasaron, hasta que en 1994 la Ley 24.195 actualizó contenidos y currículas en una reforma que, a pesar de sus buenas intenciones, nació vieja para un mundo que en ese entonces ya comenzaba a popularizar las computadoras personales.

Desde 2009 y hasta 2016 el presupuesto destinado a educación se mantuvo en alrededor del 6% del total pero en 2017 el macrismo dejó en claro que estaba lejos de sus prioridades, con una baja de alrededor del 13% con respecto al anterior, pagándose más por servicios de deuda que por educación.

Administrar el Estado implica toda una definición ideológica en la manera como se reparten las partidas presupuestarias. La Argentina gobernada por el macrismo admiraba al modelo económico chileno, que priorizaba la educación privada y que dio lugar a las masivas manifestaciones populares en Chile, con ciudadanos hartos de privilegios para unos pocos y el masivo apoyo a una reforma constitucional.

Otro tanto ha pasado con la salud, que tiene en Argentina un sistema escindido entre la salud pública, la privada y las obras sociales y una marcada diferencia entre el acceso a la atención en salud más moderna y equipada en los grandes centros urbanos. La vicepresidente Cristina Fernández de Kirchner, en su discurso en el encuentro político del pasado 18 dijo que “los dos desafíos más grandes que vamos a tener en este año que empieza, además de un formidable plan de vacunación, es repensar todo el sistema de salud en la República Argentina” y trabajar en un “diseño de país que olvide esa concentración tan injusta e ineficiente económicamente”.

Nuestra esperanza está en un 2021 que marque el comienzo del fin de la pesadilla de la pandemia, alertados de que no será un proceso rápido y de que las futuras pandemias, que parecen inevitables, nos encuentren mejor preparados.

La centralidad de la solución pasará por ver si aprendimos la lección que nos dejan los padecimientos del 2020, que no deberá ser un año para olvidar sino todo lo contrario.

El concepto de solidaridad ha definido la condición de humanidad. Somos un yo que termina de construirse en el otro.

Recientemente, en su cuenta de Twitter, el filósofo Noam Chomsky afirmó: “Si queremos cambiar las cosas tendrá que ser mediante la cooperación, la solidaridad, la comunidad y el compromiso colectivo”.

Es, creo, un buen comienzo y un excelente conjunto de deseos y propósitos para este Año Nuevo.