03 Diciembre 2018

El G20 ya fue

Por Jorge Villazón
Antes de nada debo pedir disculpas por el error de nuestro ilustrador cuando confundió la foto en el archivo, yo le pedí la foto del G20 y la verdad no entiendo qué es lo que publicó. No importa, en la próxima haremos nuestra “fe de erratas”, así como la Canciller de Alemania Ángela Merkel hizo la suya sobre las ratas.

 

La Cumbre ya terminó y, entre algunas de las apoteósicas imágenes que nos deja, podemos rescatar la de Mauricio Macri llorando frente a los ilustres visitantes en el Colón, cuando los artistas contratados irrumpieron con el grito de ¡Argentina!, ¡Argentina! Afuera sólo silencio, no había nadie que pudiera ser considerado como parte de ninguna manifestación del Pueblo argentino.

Los soldados, gendarmes, custodios, policía y “servicios”, no son afectos a estos griteríos. Los invitados extranjeros giraban sus cabezas confundidos, dado que esperaban el ingreso de Maradona o Messi que justificara la ovación en el escenario, como lo han visto en los mundiales de fútbol. Macri había logrado, estipendios y contratos millonarios por medio, que a nadie se le ocurriera cantar aquello que comienza con su nombre y apellido.

Yo me acordé de Litto Nebbia y Los Gatos (casualmente): “Recuerdo una vez en un viejo país/un rey a un noble campesino le habló./ Le dijo te ofrezco lujos y placeres/si tú me enseñas a vivir feliz./ El humilde hombre le dijo no puedo, no puedo enseñarte yo a vivir feliz,/ tú con tu dinero, lujos y placeres, jamás ya podrás vivir feliz/ El rey lloró y le contó su dolor. El rey lloró y le contó su dolor.”

Quizá, sin pretenderlo, Macri fue el último anfitrión de estos encuentros con intenciones multilaterales. La Cumbre de Buenos Aires consagró el tiempo mundial de las relaciones bilaterales. Donald Trump lo impuso con sus actitudes y acciones, mientras Macri lo ejemplifico con su exagerada demostración de lo que espera con los posibles acuerdos entre Argentina y China, sin menospreciar, aunque con magros logros, lo que vendrá de su “amistad” con Trump venida desde los tiempos de los negocios en la ciudad de los “códigos de las famiglia” (el uso del idioma italiano no es un error).

Los demás se fueron con sus acuerdos y desacuerdos entre ellos, porque todos ya saben que lo de los “bloques” fue. El G20 ya fue. Sólo quedó como una distinción de Poder y una parodia de lo que antiguamente eran las monarquías del Viejo Mundo. Puro boato y protocolo que los gratificó por la ostentación pero que no deja nada más que eso y, por el contrario, multiplicó los suspiros atajados en los últimos tiempos.

Si Macri creyó que la gritería del escenario en el Colón era el resultado de la resucitación del G20, al final se debe haber dado cuenta, esperamos, de que hasta aquí llegó la entente y lo próximo es de puertas adentro de cada país.

En este modo los “emergentes” y pobres serán los menos beneficiados y los más esquilmados en las “guerras comerciales” y “predadoras” que se vienen. Los latinoamericanos seremos la infantería que desembarca primero y que se lleva el triste privilegio de sus inimaginables bajas y sus escasas glorias.

Si nos entusiasman las ciudades vacías; los despliegues obscenos de la maquinaria de guerra para gozar de un escenario mentiroso y apocalíptico; si las glorias del pasado soñado, como la reunión en la casona de los Ocampo, se toman como un renacimiento de un tiempo imperecedero; si la ausencia de los trabajadores en las decisiones y la pujanza de los ciudadanos en sus  empujes de la economía no se creen necesarias; si el desarrollo productivo no se impone ante las primarizaciones; si la oligarquía del Poder no se anoticia de que en el país y en las provincias aparecen los vientos nuevos y necesarios para no esperar lo que el Mundo tiene para nosotros y sí lo que nosotros esperamos para vivir en un Mundo con dignidad, equidad y justicia social; si Latinoamérica no se reivindica a partir de sus logros nacionales individuales y al unísono; si no recuperamos el orgullo por la alfabetización, el final de la desnutrición infantil y el bienestar para nuestros mayores; si nada de todo esto nos llega y lo que se nos promete son sólo alfombras rojas en nuestros aeropuertos internacionales para agasajar sin nada que festejar; seguramente seguiremos viendo reyes que lloren sus desdichas al final de sus ilusiones.

Mientras tanto el grito de ¡Argentina!, ¡Argentina! será válido en el Colón y en el estadio del Rey que no llora mientras nosotros “nos angustiamos”, según aseguró nuestro rey llorón.