25 Febrero 2019

Una razón innegable

Por Jorge Villazón
Durante una centuria, hasta 1955 aproximadamente, nos enseñaron a creer que nuestra organización institucional, tal como lo establece el Art. 1 de la Constitución Nacional diciendo que “La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa republicana federal, según la establece la presente Constitución”, era algo estático, incólume, claro y contundente y que la Democracia garantizada no era pasible de interpretación alguna.

Pero los golpes militares que de facto (sin representación y sin república) se hicieron presente (1930, 1955, 1966 y 1976) y nos alertaron que había atajos y modos impensados de soslayar los mandatos constitucionales y que la Justicia derivada de aquella Constitución podría, si se lo proponía, avalar cualquier interpretación por disparatada que fuera.

Así llegamos a 1983 y desde ese momento llegó la “atrevida” propuesta de las modificaciones a la Constitución Nacional o a las provinciales. Las mismas tuvieron, como dato significativo y popular, la alternativa de las reelecciones en los mandatos ejecutivos y eso sí fue cumplida como si se tratara de las tablas divinas.

Recuerdo cuando en 1986, ante el llamado a reforma constitucional lanzado por el entonces Gobernador Roberto Romero, le propuse al mismo que se estableciera la reelección al cargo ejecutivo mayor de la provincia y él me contestó: “mirá chango, la reelección le da demasiada ventaja al Gobernador en ejercicio”.

El tiempo le dio la razón y a mí me ha llevado a la duda que hoy me genera esa posibilidad.

Una de las degeneraciones institucionales más indeseada en la Democracia es la corrupción que se presenta propiciada en el poder cuando este se ejerce más allá de los tiempos razonables, ocasión en donde la moral y la dignidad pueden corromperse ante la sensación de impunidad obnubilante  que la falsa eternidad genera.

Sobran los ejemplos para evitar la señalización de los mismos. Hace pocas horas viajé a la provincia de Tucumán y fui sorprendido cuando, al ingresar al territorio tucumano así como cuando me movilicé en las calles de San Miguel, la cartelería conocida como “gigantografía” que publicitaba el concepto “Cuidando” del Gobierno Provincial, en donde la fotografía del actual gobernador y la explicitación de su condición eran fácilmente distinguidas, se hicieron presentes en un despliegue insólito y casi obsceno hasta en predios de estacionamiento vehicular.

Lo que me alertó es darme cuenta de la “ventaja” publicitaria en lo electoral que esto generaba y de cómo los recursos provinciales se usaban con esa intencionalidad indubitable.

Aquí se agitó mi memoria y apareció la sentencia de Roberto Romero de manera probatoria. Me acordé de lo que pasó en nuestra Salta en los últimos 24 años, me acorde del uso de los recursos públicos en las campañas de los Intendentes para su reelección y/o aspiración a cargos superiores, no pude soslayar el uso de los  recursos públicos, repito en concepto, de parte del Gobernador Juan Manuel Urtubey en su campaña presidencial.

Creo que todo deriva de la “impunidad obnubilante que genera el ejercicio del Poder y la falsa sensación de eternidad”. Son demiurgos de la Democracia, sin importar la adhesión política de la que se trate. Quizá allí es donde debemos buscar las razones de la corrupción, que siendo parte de toda manifestación del Poder, también llega hasta nuestra Democracia y la corrompe.

¿No habrá llegado la hora de pensar en algún periodo sin reelecciones para probar nuevos dirigentes y la necesidad de generarlos desde nuestra condición ciudadana?

¿No habrá llegado la hora de probar un sistema institucional que se fortalezca por la probidad y el sentido patriótico en lugar del uso legal pero ilegítimo de los privilegios de los cargos?

¿No habrá llegado la hora de creer en estas cosas y no cagarse de risa ante la mención de “sentimientos patrióticos”?

¿No habrá llegado la hora de participar de los desfiles de las llamadas Fiestas Patrias o la conmemoración de la muerte de Martín Miguel de Güemes o Manuel Belgrano o José de San Martín, sin hacer presencia de hipocresía?

Si ustedes creen que no, entonces empiecen los actos sin esperarme.