07 Marzo 2020

El necio que conduce la conjura

Por Jorge Villazón
La conjura de los necios es una novela de John Kennedy Toole, publicada póstumamente en 1980 y ganadora del Pulitzer en 1981. Kennedy Toole se había suicidado en 1969. La conjura a la cual nos referiremos en esta columna es la que se ha iniciado en contra de la dupla gubernamental de Alberto y Cristina.

Esta conjura la conduce Mauricio Macri y es el necio en cuestión. La Real Academia dice que un necio es un “ignorante que no sabe lo que podía o debía saber. Falto de inteligencia o de razón. Terco y porfiado en lo que hace o dice”.

El saber popular lo define como imprudente o falto de razón que insiste en los propios errores o se aferra a ideas o posturas equivocadas, demostrando con ello poca inteligencia. Pero poco le interesará a él el criterio popular, dado que en su lanzamiento internacional como nuevo líder del neoliberalismo acaba de afirmar que “el coronavirus es menos peligroso que el populismo”. Esto último nos lleva a una definición que en el libro de Kennedy Toole hace su principal protagonista, cuando dice que “¿Ir a un psiquiátrico? Jamás. Intentarían convertirme en un subnormal enamorado de la televisión y de los alimentos congelados. ¿No comprendes? La psiquiatría es peor que el comunismo”.

Es magnífica la coincidencia de lógica entre lo de Macri y lo del personaje principal de La conjura de los necios, Ignatius J. Reilly. Tanto en lo ideológico como en lo simbólico de la analogía. ¡Dos gotas de agua! Lástima que aquél es solo un personaje de ficción y el necio nuestro es alguien que durante cuatro años se dedicó a generar las peores consecuencias imaginables para los argentinos, en especial para los que menos tienen y más necesitan.

La huelga (¿?) de comercialización en el ámbito de la producción agropecuaria es una estrategia política que conduce Macri en pos de debilitar al Gobierno Nacional, con la intención de caminar hacia un supuesto retorno a la Presidencia que ejerció para instalar la pobreza, la peor educación, la insuficiente salud pública, la caída contundente de la economía, el desempleo alarmante y la deuda externa “insostenible” de mayor magnitud histórica.

Esta conjura, que intenta remedar a los acontecimientos del 2008, tiene como protagonistas a los mismos líderes pero ahora son más conocidos y menos novedosos, porque han sido parte del gobierno que condujo Macri, o son parte de la legislatura nacional o de las provinciales, o son y fueron gobernadores o intendentes y concejales notorios.

Ya los conocemos, ya sabemos quiénes son, sabemos lo que intentan y, sobre todo, lo que pretenden. Por supuesto nuevamente están avalados y difundidos por los mismos medios y sus periodistas protagonistas de la misma condición de amanuenses. Pero le va a resultar muy difícil conseguir la aprobación de los que se ponen la boina chata y grande, se suben a sus camionetas impecables de uso urbano pero se sienten parte del todo que dicen ser “el campo”.

El reclamo para no perder ganancias es casi una provocación después de las pérdidas que provocaron para todos los que no somos el campo. Es claro y nunca más explícito el eslogan de la Sociedad Rural Argentina con aquella pretensión de que “el campo es mucho más que campo” Cosa que, por supuesto, Macri aceptó para ampliar su ego y sus ilusiones retornistas. Hoy se “las cree”.

Ya lo decía Ignatius: “La naturaleza hace a veces un tonto; pero un fanfarrón siempre es obra del hombre”.

El campo es Gustavo Grobocopatel, director de Los Grobo, un grupo económico argentino con eje en la producción y exportación agroindustrial alimentaria en la Argentina, Paraguay y Uruguay.

Macri es empleado de Grobocopatel, pero se confunde como lo hace Ignatius. “La peluquera me dijo que no debería tener una peluca -añadió. ‘- ¿Para qué quieres una peluca? Tienes mucho pelo’. –Quiero una peluca negra. Así puedo cambiar mi personalidad. ‘-Escucha, en realidad tú ya tienes el pelo negro, ¿No? ¿Por qué no te dejas el pelo tal como lo tienes y te compras una peluca rubia?’ -No se me había ocurrido”.

A Macri, el necio, tampoco se le ocurrió.