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23 Marzo 2020

Hoy me dejé llevar

Por Jorge Villazón
No he partido de ningún a priori y preferí dejarme llevar para expresar, aunque finalmente resulte muy desordenado, una serie de opiniones y pareceres, mezclados con información que pretendo tengan un componente mayoritario de sentido común. Por momentos me ha parecido un discurso lleno de proclamas, lo que formalmente me llevó hacia lo solemne.

Me arrepiento y pido perdón por la soberbia implícita. La intención es solo contribuir al debate de ideas que, aunque partan de algunas intranscendencias de mi parte, espero que sirvan para llegar a lo transcendente tan necesario en estos momentos. Me dejé llevar.

Lo primero es desarrollar mi teoría de las dos pirámides que se encuentran unidas, lo que las hace antagónicas. Si hablamos del virus llamado Covid-19 tengamos presente que la llegada a nuestro país se ha producido por la presencia de extranjeros o connacionales, que portaban el virus y llegaban o retornaban en avión desde los lugares en donde ya estaba desarrollada la epidemia o en momentos en que ya se consideraba la pandemia.

En este caso pongamos atención a la pirámide natural que tiene la base abajo y la culminación arriba. Arriba están los que han dispuesto de sus dineros, por riquezas o ahorros, para viajar al exterior de sus países o al exterior de nuestro país. Por supuesto que son los menos, allá y aquí. Los menos pueden ser la causa del mal horroroso para sí mismos pero también de la desgracia de los más que menos tienen y que menos pueden preverse del contagio.

Así nace la otra pirámide, la que tiene la base arriba y la punta hacia abajo.  Los más, que menos tienen, están produciendo una transferencia de dinero hacia los que más tienen que es obscena, que indigna y duele más que nunca por la realidad económica que transitamos en este momento de nuestra historia. Largas filas de gente de los sectores medios de ingresos más bajos, de los que son pobres, de los que reciben ayuda por asignaciones diversas, de jubilados mayoritariamente de  “la mínima”, de adultos mayores que están solos y deben hacer sus compras. Estas largas filas son por varias cuadras en algunos casos, ante negocios de empresarios que venden artículos de limpieza  con limitaciones y precios “descuidados”; también están las largas filas ante los supermercados que venden, según ellos mismos declaran, como en los fines de años de los mejores años. Las largas filas ante las farmacias que aducen faltantes de las mayores demandas y les echan culpas a los proveedores a quienes no identifican.

No nos olvidemos de las largas filas ante los cajeros de los bancos que retacean la plata que es del que hace la fila y que se va a su casa con el bolsillo vacío y la angustia de tener que aceptar la imposición del cartel que dice “sólo efectivo, tarjetas con 10% de recargo”.

También podemos hablar de los 6 millones de “cazadores-recolectores” que forman parte de la economía informal, cuentapropistas, peones de changas o monotributistas. Los novedosos Wichi de ciudad y no pertenecientes  a la etnia originaria.  No pueden salir de sus casas y en lugares como en Salta, carecen de transportes del sistema público, esperando que sus recursos económicos, muy escasos, pronto se terminen. Saben que pronto, cualquiera sea la consecuencia de salud o de aplicación de la Ley, tendrán que abandonar su autoaislamiento y salir a lo que sea.

Por último, en estas escasas referencias, quiero dedicarme a la dirigencia política. Así como pasó con los “carapintadas”, la dirigencia está cagada de miedo y clama por el final de “la grieta”. Claro que, de paso, apoyan a los oficialismos, especialmente al del Presidente Alberto, dándole toda la libertad para decidir porque ellos tienen pocas ofertas sensatas, pero se preparan para el tiempo de las consecuencias, tanto las de salud como las económicas que no se vislumbran halagüeñas y que serán favorables a la oposición para los tiempos electorales cuando “pase el temblor”.

Recordemos la letra de aquel tema que tan bien canta Joan Manuel Serrat: … “Se acabó, el sol nos dice que llegó el final. Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual. Vamos bajando la cuesta que arriba en mi calle se acabó la fiesta. Y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. Se despertó el bien y el mal la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal, y el avaro a las divisas”. Me dejé llevar…