07 Mayo 2018

Sindicalismo y PJ: ¿Entre la Katalepsia y la fiebre amarilla?

Por Mario Casalla (Especial para  “Punto Uno”)
Hace  un par de  años Mario Almirón (joven dirigente  sindical cordobés y hombre  estudioso del derecho laboral) disparó una  frase que  me quedó flotando: “Hoy existen  Sindicatos, pero  no Movimiento Obrero”. Dicha por un sindicalista adentro de un Sindicato de larga  afiliación y militancia en la  CGT, daba  que  pensar.

 

Tanto que hoy amigo lector -pasado otro 1° de Mayo  con pena pero sin gloria- me  parece una buena ventana para mirar y evaluar  lo  que está pasando con la clase  trabajadora  en nuestro país. Lo cual a su vez -en el caso específico de la Argentina- tiene correlato directo sobre el Peronismo y sobre ese terreno más amplio que reconocemos como “espacio nacional y popular”, el cual -si bien no integra orgánicamente el Peronismo y a veces ni la misma CGT- tiene sin embargo su suerte férreamente atada a lo que ocurra en esos dos territorios cercanos.

 

 

 

Sobre esta suerte de  “cadena”  (formal e informal) opera  el actual gobierno y los  propios eslabones que la  componen, porque ambos saben que allí está  el secreto de  su triunfo (o fracaso) en el plazo inmediato y mediano de la política argentina. Por  cierto que lo hacen con intereses  y actitudes diferentes y enfrentadas: en un  caso se trata  de romper esa “cadena” y en el  otro de fortalecerla.

No  es la  primera  vez  que esto pasa: desde  el año 1955  esta contradicción se ha dado varias veces entre nosotros y con una regularidad que llama la atención. Lo cual demuestra también que el  viejo consejo de “no tropezarse dos veces  con la misma piedra”, es tan deseable como ineficaz.

Sin embargo en estos  sesenta  años de tropiezos no todo ha sido mera  repetición, sino que hay novedades (aciertos, errores  y nuevas mañas de  ambas partes) a los  que  conviene  estar  atentos.

 

La “Katalepsia” sindical y política

Escribo el término con la  letra “k” para indicar su procedencia y antigüedad, amigo lector. Es una  viejísima palabra de la  filosofía y la  medicina griega que literalmente significa  “ataque”, pero no cualquier tipo  de ataque sino un estado (transitorio) que según el decir médico: “deja  al cuerpo que la padece sin iniciativa motora (no se mueve), pero conservando todas las aptitudes (es decir que está vivo), tanto que a  veces puede mover alguno de sus miembros pero sin  coordinación alguna con el cuerpo del que forma  parte”.

Una suerte de “muerto vivo” que puede llevarnos a conclusiones dramáticas. Para prevenirlo es que se exige legalmente  una espera de 24/48hs para  recién luego ser inhumado. A esta prudente  espera suele denominársela “velatorio”.

El cine  de terror ha  hecho uso y abuso de ese raro estado kataléptico. ¿Quién no se asustó alguna  vez con la  escena de un “muerto vivo” que –ya  dentro del cajón- arañaba  o gritaba desesperadamente  para salir? La medina y la  psiquiatría saben hoy muy bien  que tales  estados  suelen observarse en la histeria, el sueño hipnótico, la esquizofrenia  y algunos tipos  de psicosis graves.

Si como tantas veces ocurre pasamos -metafóricamente hablando- de la medicina a  la política, me pregunto (y sólo  eso): ¿el sindicalismo y el  peronismo político, no viven hoy en una suerte de estado “kataléptico”? ¿No es a esto a lo que se refería el joven sindicalista antes citado al decirnos, “Hoy existen Sindicatos, pero no Movimiento Obrero”? ¿No ocurre lo mismo en el denominado Peronismo (o Justicialismo) político? Divididos ambos en varias partes, no reaccionan –sino cada tanto- de manera tan desorganizada e ineficaz que harían sonrojar severamente a quién alguna vez les dio vida.

Si hubo un político decididamente anti-kataléptico entre nosotros, ese fue precisamente Perón. Con  ascendencia médica  muy cercana en su familia  y como hombre de razonada  formación militar sabía muy bien  el valor de lo “orgánico”, de  la imprescindible “unidad corporal y psíquica” que necesita todo ser vivo para continuar en ese estado y- por  eso mismo-  detestaba tanto el espontaneísmo inútil de la  parte separada del todo, como la dictadura  de alguna sobre el resto de  ellas (eso que vulgarmente conocemos como  “cáncer”).

Ante esta situación, uno se pregunta:¿Llegará a tiempo algún médico idóneo por la  calle Matheu  y  algún otro por  el viejo edificio  de  la calle  Azopardo; o habrá que  resignarse  nomás a  morir  de katalepsia?. O para ubicarnos en la geografía salteña: ¿en la CGT de calle Buenos Aires, hay algo más que un estacionamiento y algún local comercial alquilado?; ¿y  por la  sede  central del Partido Justicialista –en calle Zuviría al 900- queda todavía algún facultativo capaz  de evitar el entierro de un “muerto vivo”?.

Desde el Diablito del Cabildo se los aprecia a ambos y quien esto describe no lo hace con alegría ni aparándome en “asepsia” alguna, sino con todo el dolor del caso. He conocido tiempos mucho mejores en ambos lugares. Lo mismo ocurre aquí, desde el Obelisco porteño. Si esta katalepsia no es diagnosticada rápida y efectivamente, ya sabe usted bien amigo lector qué es lo que sobreviene.  Por  favor ahórreme el término.

 

La fiebre amarilla

Claro que para que esto no ocurra es necesario  consultar a médicos que  tengan conocimientos y voluntad  de  salvar  al paciente, no a cualquier médico. Como dijimos más arriba, hay otros cuyo objetivo casi explícito es terminar de romper la “cadena” y -si fuera  posible- enterrar al kataléptico cuanto antes, así como está.

Por supuesto que sus motivos tienen: para ellos no caben dudas  de  que el Peronismo es el “hecho maldito de la política argentina” y  que por tanto no se trataría de un crimen, sino de un sacrificio útil y necesario para salvar  lo que  llaman “la salud de la República” (Carrió dixit). Y la verdad es que -en su vida aun intermitente- el Peronismo les dio motivos para sentirse amenazados.

Ahora que la ”fiebre amarilla” parece avanzar a paso de ganso, analice  con tranquilidad las cuestiones que preocupan al gobierno de Macri (y a sus aliados  directos o indirectos) y advertirá que  casi todas  ellas han sido conquistas  de los  gobiernos peronistas, en sus diferentes etapas: desde  el Aguinaldo (apuntado en su cuna, 1946), hasta  el sistema de paritarias libres o de la  seguridad social que en pocos días  volverá a tratar el Congreso Nacional (con ánimos derogatorios claro, si por el oficialismo fuese).

Aunque la palita  de plástico y la  campera amarilla del diputado Olmedo puedan resultarle a  Usted  ridículas, todo suma.  Y para un peronismo y un sindicalismo en estado casi kataléptico, no es necesario recurrir ya a los cruentos y poco presentables procedimientos de antaño (bombardeo a la  Plaza  de Mayo, proscripciones, fusilamientos a  los  revoltosos o  miles  de desapariciones  forzadas).

Es  que la “medicina política”  también progresa: lo fundamental ahora es  cortar los  eslabones de esa cadena, privar al tronco de  sus ramas, entrar al velatorio con cara de buenos vecinos y convencer a los familiares que  el kataléptico  está   muerto, que las modernas salas mortuorias cierran a  las  22 hs  y que lo mejor es que se  vayan a sus casas  a  descansar, para  volver  fresquitos  al día  siguiente y enterrarlo como Ellos mandan.

Lo demás ya es anticuado. ¿Lo lograrán? Nadie puede decirlo con certeza, pero lo que  sí es cierto  es  que –por debajo del ruido de superficie-  el plan es ese: completar la faena incompleta. Lo cual les  será mucho más  fácil con un peronismo y un  sindicalismo en hibernación.