27 Agosto 2018

Repensar la política

Por Mario Casalla (Especial para “Punto Uno”)
La Conferencia Episcopal Argentina –que preside ahora Monseñor Oscar Ojea, un obispo muy cercano al Papa Francisco- ha convocado para dentro de pocos días un Encuentro en Tanti (provincia de Córdoba), bajo  ese título: “Repensar la Política”. Me pareció suficientemente sugestivo como para no dejarlo pasar por alto.

Notemos -en primer lugar- que habla de “repensar”, por lo tanto supone que algo pasa con la Política. Las cosas que están bien, en general no exigen ser repensadas sino más bien continuadas y mejoradas.

Además el verbo es suficientemente grave como para suponer que -aquello que sucede con la Política- también lo es. Uno no se da cita y se sienta durante dos días (en un lugar tranquilo y apartado) a repensar algo, si no supone (o necesita) que las cosas cambien o den un giro cuasi refundador. Y esto vale tanto en el orden personal, como en el familiar o el político.

Claro que la dimensión e implicancias de lo político torna a la reflexión mucho más difícil, así como las medidas o soluciones que puedan encontrarse o sugerirse.

Esto exigirá a los numerosos (y muy variados) contertulios allí convocados a un compromiso ético y a una continuidad de esfuerzos mucho mayor –si es que se pretende algún resultado positivo de este Encuentro-. También a sus convocantes, ya que la Iglesia argentina (en su dimensión humana y terrenal) es también una institución política y como tal está atravesada por el mismo malestar que atraviesa la comunidad que integra. Ésta y la de cualquier otro país.

Acaso la única ventaja que tiene sobre los actores que convocó a Tanti, no es que posea una solución ya lista para todo lo que sucede, sino un conductor ecuménico sentado en la silla de Pedro y munido de una fuerte decisión moral: no barrer más la basura debajo de la alfombra, acabar con la hipocresía cuasi generalizada e intentar todos los cambios que fueran necesarios hacer. Empezando –como corresponde- por su propia casa y su propia vida.

 

ASUMIR LA GRAVEDAD DE LA HORA

Esto será sin dudas lo primero a reconocer. Sin esto lo demás sobra, pero esto hay que traerlo puesto de casa, junto con la invitación al Encuentro y el bolso de mano para pasar dos días juntos.

¿Cómo puede repensarse en serio la Política si creemos que en realidad la cosa no es para tanto; qué sólo se trata de atravesar una tormenta; “que estamos mal pero vamos bien”; que se trata de una “pesada herencia” o que –por el contrario- se estropeó lo que estaba bien y que tan sólo se trata de “volver”? O, peor aún, alguna combinación más o menos ingeniosa de todo eso.

Lo que está pasando es grave, muy grave y cada día se agrava más. Porque aquello que ya está inocultablemente agrietado y desalentado son el hombre y la mujer argentinos.

Lo económico es sólo la punta del iceberg y ese desaliento ético (para llamarlo de una manera más precisa) que cunde por todas partes, no se cura ni con recetas de autoayuda, ni pidiendo más dinero al FMI o confiando en un cambio del pronóstico meteorológico.

No se trata de ser pesimistas, ni optimistas, sino simple, lisa y llanamente realistas. Sin embargo el problema tiene solución, precisamente porque la Política es cosa humana por excelencia y por tanto sí se puede cambiar. Además siendo el Hombre lo más dañado, podemos también aplicar eso que bellamente decía el poeta Hölderlin: “Allí donde crece el peligro, crece también la posibilidad de la esperanza”.

Porque si el hombre es –como se repite hasta el cansancio- un “animal político”, repensar (en serio) la Política es la mejor manera de empezar a enfrentar lo que es grave y tanto malestar está causando a nuestro Pueblo. Hay que enfrentar esa verdad sin subterfugios y sin miedos. Sobre todo porque “Sólo la Verdad, nos hará libres”. Lo demás es viento de palabras.

 

LA MULTIPLICACIÓN DE LAS FISURAS

Cuentan que el presidente Juárez Celman –consultado por un periodista pocos días antes de la Revolución de 1890- dijo lacónicamente: “Vea amigo, en la Casa de Gobierno ya no queda ninguna virtud y en la oposición ningún error por cometer “.

Pocos días después ocurrió el primer “tsunami 2001” de nuestra historia contemporánea. Como Juárez Celman era cordobés acaso se dé una vueltita por Tanti en esos días y avise que nos estamos aproximando al tercero, por si algún político, sindicalista, cura (o simple curioso) se empeñe en ignorarlo o minimizarlo.

El problema no es ya solamente la “grieta” profunda que se abrió a partir del 2015 sino que -en los conglomerados que se formaron a cada uno de los lados- empiezan a advertirse fisuras varias. Y como se sabe la secuencia suele ser: fisura/grieta/fracturas. O sea que el peligro empieza a ser ya el colapso del edificio (en su conjunto). Y cuando de un país se trata, ya sabemos lo que sucede.

En el oficialismo los problemas que ha generado el hecho de estar próximos (pero no juntos y unidos) son visibles. Una alianza electoral (circunstancial, pero exitosa) no cuajó sin embargo en una sólida coalición gubernamental capaz de resolver los graves problemas que tenía y tiene el país.

Por el contrario –por una rara alquimia- los multiplicó. Y no se trata de los panes y los peces, ni del vino en las bodas de Canaán, sino más bien todo lo contrario. Y en la oposición (tanto política, como sindical) la búsqueda de la ansiada “unidad” sigue siendo más una promesa que una realidad tangible.

Como alguna vez ironizó un histórico dirigente: “Cada vez que se busca tan expresamente la unidad, termina habiendo las listas de siempre... más la Lista Unidad!”. Y el problema se agrava porque ya faltan pocos meses para votar y muchos menos para poner en marcha el largo proceso previo que culminará en octubre próximo.

 

ENTRE LA POLÍTICA Y LA GUERRA

Si se hacen bien las cuentas, la Argentina se la pasó guerreando más de la mitad del siglo XIX (entre guerras por su independencia, guerras internacionales y guerras civiles).

La paz que “organizó” el país consistió más bien en la imposición de un bando sobre el otro, que en una auténtica reconciliación nacional. Y al precio de una partición fáctica que duró siete largos años (Confederación Argentina de un lado; estado de Buenos Aires del otro).

La unión de ambos fue también a un altísimo costo y con las imposiciones de Buenos Aires al resto de la Nación (1860). Esa herida profunda no coaguló nunca y reaparece -cada vez que puede- de diferentes formas. Cuando Sarmiento asombrado decía “…parecen dos sociedades distintas, dos pueblos extraños uno de otro”, Alberdi lo corregirá afirmando: “No son dos partidos, son dos países”. Tenía razón y el siglo XX (mucho más cercano a nosotros) no sólo no mejoró las cosas sino que las fue empeorando.

Si Argentina sigue existiendo como Nación unida y (a veces hasta próspera y democrática!), lo es a costa de un enorme sacrificio de su Pueblo, más que por la sabiduría de sus diferentes sectores dirigentes (y no sólo los específicamente denominados como “políticos”).

Creo que sobran los dedos de una mano para nombrar auténticos estadistas al comprobado servicio del interés nacional y popular. ¡Y es mejor no tener la “mala idea” de hacer un solo nombre propio, porque de inmediato la guerra (aunque más no sea retórica) renacerá de inmediato!

Y si de nombres propios hablamos, ¿no es todo un síntoma que el país tenga cuatro nombres propios como “oficiales e indistintos” (artículo 35 de su Constitución Nacional)? Y que se lo llame por algo que no había (donde se lo buscaba), ni la hay hoy día: “Argentum”, plata. Acaso por esto mismo, sea tan difícil ser “argentino” y haya que estar reinventándose todos los días; lo cual tiene como ventaja el desarrollo de una enorme creatividad en nuestro Pueblo (que tanto le ha servido y le sirve, para sortear tsunamis).

Sin embargo la Falta está y la Grieta sigue y hace su trabajo (cada vez que la convocan). Pensando en esto nuestro Leopoldo Marechal decía en su Patriótica aquello de: “La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo/ La Patria es un dolor que aún no sabe su nombre/ La Patria es un dolor que ha despertado…No sólo hay que forjar el riñón de la Patria/ sus costillas de barro, su frente de hormigón/ es de urgencia poblar su costado de Arriba/ soplarle en la nariz el ciclón de los dioses/ La Patria deber ser una provincia/ de la tierra y del cielo”.

Acaso por esto no sea tan pesada ponérsela al hombro. Insólita propuesta que un cura de este fin del mundo hizo pocos años antes de partir hacia Roma. Redoblando allá esta molesta apuesta, claro.