26 Noviembre 2018

Si razona el caballo, se acabó la equitación

Por Mario Casalla (Especial para “Punto Uno”)
El viernes que pasó, amigo lector, tuvo lugar en la Universidad Nacional de Lanús (Buenos Aires), un peculiar Congreso de Filosofía y Geopolítica bajo el nombre de Néstor Kirchner. Era el segundo de ese tipo (el anterior se había hecho en la Universidad Nacional de Avellaneda) y en ambos casos la utilización de un nombre propio, no fue obstáculo para respetar la pluralidad de los disertantes invitados y de las ponencias que allí se escucharon.

Así ese Congreso resultó ser un importante encuentro entre intelectuales, dirigentes y militantes de ese amplio espectro político denominado “espacio nacional y popular”. Allí el mentado “límite” no estuvo puesto es ningún sector interior a ese mismo espacio, sino en el adversario que se divisa enfrente: ese neoliberalismo globalizado que esta semana acampa en Buenos Aires bajo la sigla de G20 y que –en el orden nacional- el gobierno de Mauricio Macri busca complacer con un esfuerzo sin dudas digno de mejores causas.

En ese marco me tocó disertar el viernes en Lanús y aquí replico algunas cosas allí conversadas.

 

La cultura: un campo en disputa

La pregunta concreta que se nos propuso fue: “¿cómo romper a favor del campo popular, el empate hegemónico en que hoy viven Argentina y América Latina?”. Por supuesto ella era ya un diagnóstico, el cual se expresa a través de un concepto geopolítico clave (el de “empate hegemónico”).

La asumo desde la Filosofía, o más específicamente dicho, desde una filosofía latinoamericanamente situada, que se practica en nuestro país y en nuestra región desde aquellos años y que hemos denominado “Filosofía de la Liberación”. Esta junto a la Teología de la Liberación y las Cátedras Nacionales en materia de Ciencias Políticas y Sociales, han ido construyendo (desde sus diferentes perspectivas y enfoques) un corpus conceptual lo suficientemente sólido como para intentar contestarla.

Suele decirse que “el pescado empieza a pudrirse por la cabeza” y este viejo dicho popular es una de las mayores causas de ese “empate hegemónico (en materia geopolítica), tanto como una de las chances para romperlo a nuestro favor. Tenemos la “cabeza” ocupada con tantas (supuestas) verdades, modelos y teorías ajenas a nuestro cuerpo, que éste cada vez nos pertenece menos.

Permítasenos graficar con otro dicho popular (español, en este caso) esta situación de tener la “cabeza ocupada”: “¡Hay cuántas cosas que saben las gentes de este albardón/ hay cuántas cosas que saben/ pero cosas que no son!”. Desocupar la cabeza y reunir el pensamiento con su ser y su estar (propios), es una tarea político-cultural de primer orden.

Es casi imposible triunfar en lo económico y en lo geopolítico, con una cabeza ocupada por otros y con un cuerpo que patea en contra. Pasando a términos conceptuales esta situación de facto, llamaremos “situación colonial” (a ésta de la “cabeza ocupada” por otro) y “proceso de liberación nacional y social”, a la ruptura de esa hegemonía anómala y a la recuperación de nuestra propia soberanía cultural y política.

Si razona el caballo se acabó la equitación, de aquí que los mayores empeños de ese Imperio (del Otro en nosotros) estén puestos directamente en que pensemos lo menos posible y que cuando lo hagamos, utilicemos sus categorías y no las nuestras.

Por eso –desde el punto de vista estrictamente conceptual- pensamos que la categoría de “Liberación” debe estar en la base de cualquier proyecto geopolítico que -en nuestro país y en nuestra región- intente un desempate a favor de sus Pueblos. Nuestro proyecto es entonces un proyecto de Liberación, o será siempre insuficiente para el fin mayor que nos proponemos.

Y este término (Liberación) no dice lo mismo que otros conceptos usuales (de clara matriz eurocéntrica) como Libertad, Revolución, Emancipación, Luchas y varios otros, sino que dice mucho más y es mucho más integral aún.

Acaso por eso mismo fue y es tan puntillosamente negado, minimizado o reemplazado, tanto en la autodenominada Academia, como en los intelectuales considerados “bien pensantes” (por el Otro, claro).

 

¿Qué es eso de la «liberación»?

Sólo algunas aclaraciones básicas. En primer lugar, es un concepto que surge específicamente en el contexto latinoamericano y del Tercer Mundo (a partir de la segunda mitad del siglo XX) y al calor de los procesos de descolonización y de las denominadas revoluciones nacionales antiimperialistas.

En segundo lugar, ni en la filosofía ni en las ciencias sociales europeas o norteamericanas tiene mayores antecedentes ni prestigio. Allí los conceptos nodales son, como dijimos: Libertad, Revolución, Desarrollo, Modernización, Emancipación etc. Tenía si antecedentes e historia propia en el terreno de la Teología y relativamente en el Arte.

En tercer lugar, por ese mismo origen político y social, requiere como contraparte inexcusable -para una comprensión más plena- el concepto de Dependencia, contra y a partir del cual opera. Y esa dupla Dependencia/Liberación nace opuesta a otra que daba la tónica en los ’60: Desarrollo/Subdesarrollo (advirtiendo sobre cierta ilusión modernizadora que ella encerraba, al soslayar el problema básico de la dependencia latinoamericana).

Se trata, en consecuencia, de un concepto esencialmente ético y político. Su fuerza revulsiva en el campo epistémico, proviene de ese origen. Lo otro es que (Liberación) es un concepto típico de la filosofía y del pensamiento latinoamericano contemporáneo, e incluso es así reconocido en el actual debate internacional de ideas.

 

¿Quién es el «sujeto» de la liberación?

No hay auténtico proceso de Liberación sin un sujeto social que lo protagonice (el Pueblo) y un marco histórico donde transcurra esa lucha (la Nación).Respecto de estos dos últimos conceptos, sólo agregamos un par cosas muy básicas (en función del tiempo y el espacio disponible).

En primer lugar, que estas dos nociones sí tienen largos antecedentes en el pensamiento europeo y cobran su significación más actual a partir de la Modernidad y su consumación. Pero ambas (Pueblo y Nación) -que para un pensamiento de la Liberación resultarán claves- despertarán en cambio, en el pensamiento europeo contemporáneo, fuertes “sospechas” y frecuentes rechazos viscerales.

Esto como no podía ser de otra manera, a partir de la propia experiencia histórica europea que, por supuesto, no es la nuestra; situaciones ambas que será fundamental no confundir, ni mezclar, ni universalizar (lo cual, lamentablemente, suele ser muy frecuente en los análisis y debates). Y en segundo lugar preguntamos: ¿por qué las categorías de  Pueblo y Nación son claves para estructurar un pensamiento de la Liberación?

Porque esas nociones –pensadas desde nosotros- le otorgan a una Filosofía de la Liberación las coordenadas adecuadas para pensar su “sujeto”, aquél que protagoniza la Liberación (y sufre la Dependencia). La expresión Pueblo hace referencia al sujeto socialmente encarnado de la Liberación y la expresión Nación establece el marco histórico-cultural (geopolítico) en que se da la misma.

Un proceso de Liberación es entonces protagonizado por un Pueblo que convive en una Nación (o busca convivir en ella), de manera libre, una “vida buena”, es decir digna y feliz. En su lugar, en el pensamiento europeo las categorías de Clase e Individuo (con todas las variantes del caso) se han impuesto por sobre este concepto de Pueblo, reduciéndose éste a un puesto residual, al que se busca (intencionalmente) relacionar con experiencias totalitarias o encubridoras.

Por el contrario, un análisis en términos de Pueblo –tal como ocurre en los pensamientos de la Liberación- no necesariamente son antagónicos con esas dos nociones, sino que incluso las utiliza y las contiene, sólo que de un modo diferente. Y otro tanto ocurre con la idea de Nación. Aquí el pensamiento europeo prefiere hablar de Sociedad (y esquiva expresamente el término “Comunidad”, con el cual él mismo inició su marcha hacia la democracia: la polis griega, siglo V a.C). También liga esta noción nuestra de Nación con experiencias totalitarias suyas (de su pasado próximo), o con expresiones ya superadas (e inválidas) en una era como la presente.

Por eso es fundamental –para un pensamiento de la Liberación- dejar bien en claro dos cosas: 1°) que su idea de Nación nada tiene que ver con aquellos “nacionalismos” totalitarios europeos; y 2°) que la construcción de la Nación (capaz de protagonizar un proceso de Liberación) es un programa todavía pendiente y vigente entre nosotros. Lo nuevo es que ahora ese proceso de construcción deberá cursar en un marco de creciente “mundialización”, con todos los desafíos e inteligencias que esto supone.

Un real desafío de la hora, para lo cual – claro- se necesita una “cabeza desocupada” y libre.