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22 Abril 2019

Macri: de la ilusión, al desengaño y al enojo

Por Mario Casalla (Especial para “Punto Uno”)
Desde el punto de vista estrictamente religioso, la Semana Santa cristiana es una de las celebraciones que combina el mayor dolor (la de Cristo sacrificado en la cruz por los romanos) y la de su resurrección a otra vida (la eterna), pero también a una vida más noble y más digna sobre esta misma tierra.

O sea que es la fiesta por excelencia de la esperanza, tanto en sentido religioso como en el estrictamente laico. En el hemisferio norte coincidía con la llegada de la primavera, por eso iba asociada a la celebración con una comida ritual.

En el antiguo latín eclesiástico se la llamaba “pascha”, palabra que -al pasar al latín común- adquiere la letra “u” y se transforma en “pascua”. Literalmente “pastos”, porque era la fiesta en que se comía una cabeza de oveja comprada a los pastores. Nada de rosca ni de huevos de chocolate, eso fue muy posterior.

Lamentablemente –sobre la mesa de la mayoría de los argentinos y en mitad de este 2019- la economía mandará sobre la religión y el ayuno de carne o pescado será prácticamente forzoso. Y si algún que otro huevito de pascua o rosca aparece por allí, será de los más pequeños y baratos posibles, tanto como para que cada uno pruebe un pedacito.

Por cierto –igual que en la vieja Galilea o en la imperial Roma- aquí o adonde usted lea estas líneas amigo lector, habrá mesas bien surtidas y gente mejor comida. Más aún, las unas van de la mano de las otras, como corresponde a los tiempos que corren en esta Argentina de la zanahoria y el burro. De los “brotes verdes” que nunca llegan y de la fiesta para muy pocos.

 

El fin de la pobreza y la dignidad

Por esta señal pidió expresamente el presidente Macri que se juzgue su mandato. Estando éste próximo a su final constitucional, nadie podría afirmar con seriedad que estamos cerca de eliminar la pobreza y que el pueblo argentino vive más dignamente.

Y aquí conviene pasar de la tradición cristiana a la judía, de la cuál proviene el origen de la festividad pascual. Pascua se dice en hebreo “pesaj” (“paso” o “salto”) y es la fiesta que conmemora la Éxodo judío de Egipto, el paso de la esclavitud a la libertad. La orden de Yahvé a Moisés fue taxativa: “Id y liberad a vuestro Pueblo”. O sea que es la fiesta de la Liberación de todo un Pueblo, porque la voz y el concepto de “Liberación” es mucho más amplio y abarcativo que el de Libertad.

En primer lugar, porque cambia el sujeto político que la protagoniza: pasamos del yo individual (del ego),  a un “nosotros” histórico muy concreto: el de un Pueblo dominado por otro que necesita ganar su libertad. Para eso está dispuesto a arriesgarse a la travesía del desierto, confiando en un conductor o baqueano que no los debería defraudar.

En segundo lugar, el objeto de la Liberación es distinto de la noción moderna de Libertad: no se trata simplemente de ganar el derecho de emanciparse de la tutela paterna y poder así “ejercer actos de comercio”, votar y decidir lo que se quiere por cuenta propia (sin dar cuenta a nadie)  sino –por muy por el contrario- de hacer Comunidad ; es decir de unirse a otros/otras para protagonizar un proceso  por el cual ese “nosotros” accede colectivamente a un acto reparador de las injusticias y forja una nueva identidad y dignidad en común. Se supera así la noción económica/jurídica que está en la base íntima del concepto de “Sociedad” y se pasa al de “vida en común” que alumbró Occidente con la idea de polis y de política y que -como promesa de igualdad y justicia- pendientes llega hasta nosotros. Dejamos así de ser simplemente “socios” y pasamos a ser “personas” (de carne, hueso y alma) con un proyecto por delante y una tierra nueva y más digna que alcanzar.

En este sentido no es casual que –luego de la Segunda Guerra Mundial- en que se produce el despertar de los Pueblos colonizados, estos hayan elegido mayoritariamente para designar a ese acto y organizarse el nombre de Movimientos de Liberación Nacional, adoptando la forma de “Frentes Nacionales de Liberación” (más que el de clásicos “Partidos Políticos”) y buscaron -desde el vamos- la coordinación de esos proyectos nacionales en una nueva forma de internacionalismo.

El primer nombre de ese proceso fue “Tercer Mundo”, o sea el intento de un mundo nuevo y alejado de los dos imperialismos que por entonces dominaban el mundo (mitad del siglo XX). Luego los nombres y las circunstancias fueron cambiando, pero la promesa de una Pascua (en serio) sigue pendiente.

 

La Argentina decepcionada

En el orden psicológico Freud estudió muy bien el proceso que sobreviene a las ilusiones incumplidas. Lo hizo en un texto dramático escrito en 1927: “El porvenir de una ilusión”. Allí describe muy bien, por un lado, la necesidad de las ilusiones (en la formación primaria del Yo) y por otro, lo que implica el incumplimiento de esas ilusiones o su sostenimiento a ultranza para desmentir una realidad que agobia.

El tema lo profundiza algo después en “El malestar en la cultura” (1930). En él muestra como el mundo de la Cultura supone una “represión originaria” de las pulsiones instintivas del hombre, lo cual permite que ésta se constituya (como superación del estado salvaje de naturaleza).

Estos procesos son -por cierto- ancestrales e inconscientes y se basan a su vez en una “promesa” que requiere ser cumplida: la de seguridad personal y satisfacción de las necesidades materiales básicas para una vida digna y relativamente feliz. Cuando esto no es así ese “malestar” surge de manera creciente y problemática. La violencia social no es extraña a ese incumplimiento.

Pasando del psicoanálisis a la filosofía política, llamaremos “decepción” al sentimiento que surge del incumplimiento de aquella promesa originaria. Ella posibilitó -a su vez- evitar esa “guerra de todos contra todos”, ante cuyo temor Hobbes vio surgir el estado moderno (1651, “Leviatán”).

Por el incumplimiento de lo prometido sufren entonces tanto la cultura como el estado, las dos formas más humanas que imaginamos para superar la violencia y las guerras. No es poca cosa, por cierto. Los diccionarios más comunes definen la decepción como “el sentimiento causado por un engaño o un fraude”. Y es así porque esa palabra también latina (deceptio) está vinculada con el verbo “decipere” que literalmente significa “engaño y fraude”. Más aún en su origen era un término de caza cuyo significado era: “hacerse de una presa y capturarla mediante trampa”.

Cuando el fraude y el engaño no es de un individuo sino de una vasta porción de la población de un país – a punto tal que en esta Pascua hablamos de una Argentina decepcionada- podemos entonces preguntarnos, con toda legitimidad ética y política: ¿hacia dónde nos lleva este cambio de “Cambiemos”?; ¿esto es realmente una Pascua (es decir un “paso” o un “salto” a otra cosa), o al final de este desierto sólo hay otro?; ¿la Libertad que promete este neoliberalismo reinante, lleva implícita una auténtica Liberación, o es el mismo perro con diferente collar?; ¿la Política es como quería Hanna Arendt “el arte de hacerlo todo de nuevo”; o la monocorde justificación de la frustración presente por la frustración pasada?.

Si así fuera el desierto no tendría fin y ninguna Pascua será realmente posible. No me toca a mí cometer la imprudencia de contestar estas preguntas en un día como el de hoy. Y no ha sido mi intención molestarlo con su sola formulación.

En el próximo mes de octubre los argentinos (religiosos o no) tendremos un acto que nos compromete por igual: votar en las elecciones presidenciales. Una suerte de “misa laica” de la democracia en que usted mismo las contestará con pocas palabras. Las justas y necesarias.