21 Julio 2019

Evita, o la fuerza de un amor decidido y resistente

Por Mario Casalla (especial para “Punto Uno”)
Hace unos meses se cumplieron 100 nacimiento de Evita Duarte (Los Toldos, provincia de Buenos Aires, 7 de mayo de 1919). Y la semana que viene se recordará su prematura muerte (Ciudad de Buenos Aires, 26 de julio de 1951, con sólo 33 años). Quizás ese día se haga algo por recordar públicamente su vida y su legado, porque hasta ahora es poco o nada lo que se ha hecho al respecto.

Algo digno de su volumen histórico, digo. Y seamos justos, no lo han hecho ni el gobierno ni la oposición. Si bien esto es completamente explicable para un gobierno como el de Macri (excepto que su gurú Durán Barba saque un as de la manga en plena campaña electoral y los convenza que “Evita vende”) pero lo es mucho menos para la oposición y más específicamente para el peronismo en sus diferentes versiones y encarnaduras.

Ni qué hablar de la CGT, a quien Evita designó a su muerte) heredera universal de todos sus bienes y a los trabajadores (los “descamisados”, sus “grasitas”) como aquéllos que llevarían sus banderas y sus ideales a la victoria. Explicaciones o justificativos puede haber muchas, pero no abundaremos aquí en ellas. Mejor recordarla como la primera mujer que hizo explícitamente aquello que ahora denominaríamos una “opción preferencial por los pobres”. Un acto de amor inolvidable.

Algo que recién hacia fines de los años ‘60 la teología latinoamericana tomará como uno de sus signos distintivos y que en los inmediatos ‘70 la Teología y la Filosofía de la Liberación desarrollarán y profundizarán conceptualmente. En esto como en tantas otras cosas –esa mujer que tanto “molestaba” y molesta- fue también una precursora.

 

Ricos y pobres

Este fue su primer descubrimiento y –según relata en “La razón de mi vida”- uno de sus primeros recuerdos infantiles. Lo ubica alrededor de sus 5 o 6 años de edad, momento que coincide con la muerte de su padre biológico (Juan Duarte) quien nunca reconoció plenamente a su “segunda familia” y que dejará a su madre (Juana Ibarguren) en la pobreza y con cuatro hijos que criar. Una de ellas se llamaba Evita.

Es por entonces que recuerda haber “hallado en mi corazón, un sentimiento fundamental que domina desde allí, en forma total, mi espíritu y mi vida: ese sentimiento es mi indignación frente a la justicia”. Y evidentemente ese impacto debe haber sido muy grande, tanto que dirá: “El tema de ricos y de pobres fue, desde entonces, el tema de mis soledades.

Creo que nunca lo comenté con otras personas, ni siquiera con mi madre, pero pensaba en él frecuentemente”. Y esa niñita preocupada por el tema hará una primera visita ocasional a la ciudad de Buenos Aires, con siete años cumplidos. El recuerdo de esa visita es también muy vivo: “Llegando allí descubrí que no era lo que yo había imaginado.

De entrada vi sus barrios de “miseria “y por sus calles y por sus casas supe que en la ciudad también había pobres y que había ricos”. Hasta allí ella creía que pobres había solamente en el campo o en pueblos como el suyo.

Tan grande fue su tristeza que la comparó con “aquella desilusión cuando supe que los Reyes Magos no pasaban de verdad con sus camellos y sus regalos”. La pequeña se llevaba esta otra certeza: “que también en la ciudad había pobres y que, por lo tanto, estaban en todas partes, en todo el mundo”.  Y que “los pobres eran indudablemente más que los ricos y no sólo en mi pueblo sino en todas partes”.

Cuando abordó el tren de regreso lo hizo con “una marca dolorosa en el corazón”, según nos cuenta.

 

La razón de la pobreza

Habrían de pasar otros cuatro años más para que –en el encuentro con un trabajador- éste le explicara por qué había ricos y había pobres. Alude a esos años diciendo: “Hasta los once años creí que había pobres como había pasto y que había ricos como había árboles”.

La clásica naturalización de la pobreza que aún hoy persiste en muchas almas que habitan esta ciudad y nuestro planeta. Naturalización que en algunos a veces hasta va acompañada de su “santificación” (¡la supuesta “santa pobreza”!) a la que hipócritamente se alude disimulando como “santos” a quiénes en realidad son víctimas.

Evita por el contrario no vio nunca en la pobreza una supuesta santidad que resguardar, sino una ofensa a la razón y a la ética y el más acuciante problema a resolver. Puso en eso su alma y su vida, literalmente hablando. El inicio de ese camino lo ubica en sus 11 años y lo relata así: “Un día oí por primera vez de labios de un hombre de trabajo que había pobres porque los ricos eran demasiado ricos; y aquella revelación me produjo una impresión muy fuerte”.

Esa impresión la lleva de inmediato a optar, a darle la razón a los pobres y a creer en la verdad de su relato: “Ya en aquellos años creía más en lo que decían los pobres que los ricos porque me parecían más sinceros, más francos y también más buenos”. Había llegado así al meollo de lo que en el libro llamará, “la dimensión de la injusticia social”.

Punto de partida ético de todo programa económico y de gobierno que busque expresamente el opuesto: la Justicia Social.  Eso llegaría algunos años más tarde (no muchos) y tras sentir el dolor de ser una víctima “resignada a vivir una vida común, monótona, que me parecía estéril pero que consideraba inevitable.

Por otra parte, aquella vida mía, agitada dentro de su monotonía, no me daba tiempo para hacer nada”. La cosa no duró mucho así.

Su “día maravilloso”

Sin embargo, hubo un día en que todo cambió. Un día todo ese descubrimiento infantil de la injusticia social, su resignación juvenil ante la frustración de no poder hacer nada y un fuego interior que la impelía a lo contrario, encontraron un camino positivo y liberador. Bautizó a ese día –con el lenguaje propio de una mujer bella, enamorada y pasional- “mi día maravilloso”.

Así sin medias tintas ni maniobras dilatorias, como si supiese desde el vamos que su vida sería muy corta para lo mucho que le quedaba por hacer. Y si bien –como afirma- “todos tenemos un día maravilloso”, ella estaba decidida a no dejar pasar por alto el suyo. Así fue y lo describe con una sola frase: “Para mí, fue el día en que mi vida coincidió con la vida de Perón”.

Porque Perón fue para Evita no sólo el encuentro con un amor correspondido (lo cual ya es mucho en la vida de cualquier persona), sino también con una misión y un camino común a construir. Perón –lo intuyó ella desde el primer momento- era de ese grupo “muy pequeño de los hombres que conceden un valor extraordinario a todo aquello que es necesario hacer, hombres para quienes un camino nuevo ejerce siempre una atracción irresistible, y en mi país lo que estaba por hacer era nada menos que una Revolución”.

Cómo no subirse entonces al coche de ese Coronel (marcial y engominado) que la esperaba con su auto a la salida del festival artístico donde se conocieron y que al preguntarle –con la formalidad del caso- “¿adónde la llevo señorita?”, recibió una respuesta también poco común para la época: “¿a su casa naturalmente? Para él fue también su “día maravilloso” y no se separaron más.

Por si quiere anotar la fecha, fue el 22 de enero de 1944 y el lugar: el Luna Park de esta ciudad de Buenos Aires, en la esquina de Corrientes y Bouchard. Era un verano realmente impiadoso, como suelen ser casi todos los eneros porteños.

La tierra había temblado en San Juan, reduciendo a ruinas la ciudad; el motivo del Festival era precisamente ayudar a las víctimas. Esa noche empezó a temblar el país, para que nunca más las víctimas dependieran de la caridad social. Más aún, para que no hubiera más víctimas. Todavía hay –cada tanto- réplicas de aquél temblor. ¿No escuchó ninguna por dónde usted vive? Por favor afine el oído y si fuera posible, también el corazón.

Cada tanto un hombre y una mujer se aman tanto que cambian el mundo, o al menos el suyo y el este país que empecinadamente se sigue llamando Argentina y que tiene una revolución inconclusa. Aunque la nieguen o pretendan que lo olvidemos. Difícil porque el amor es más fuerte, a veces incluso que las balas o las bombas.