19 Agosto 2019

Otra vez el país mira hacia el peronismo

Por Mario Casalla (especial para “Punto Uno”)
Igual que la Cigarra de María Elena Walsh, el peronismo podría hoy decir “Tantas veces me mataron/ tantas veces me morí/ sin embargo estoy aquí / resucitando”. Hoy prácticamente todo el país mira hacia las oficinas de Alberto Fernández –en el muy histórico barrio de San Telmo- y un desfile de impensadas figuras pasan por allí o piden entrevistarse con él, como si ya fuera el nuevo presidente electo.

Y no lo es. Es tan sólo el más votado de los candidatos en ese especial engendro electoral denominado PASO. Lo que ocurre es que Mauricio Macri cometió el enorme error político de potenciarlas tanto, que transformó una simple consulta no vinculante en un plebiscito nacional.

Y lo perdió por cifras rotundas e imposibles de remontar en la primera vuelta. Fue derrotado en todas las provincias argentinas, excepto en Córdoba y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Y en ambos distritos disminuyó tan dramáticamente su caudal de votantes, como para que el cordobés Schiaretti retome –una vez más- su deporte preferido (el juego del “distraído”) y que en esta ciudad el PRO sienta por primera vez (en sus ya largos doce años de gobiernos sucesivos) que no tiene la vaca atada. O mejor dicho que el caballo razonó y se le plantó de manos.

Cumpliéndose aquello que fue título de nuestra anterior columna en este mismo medio: “Si razona el caballo, se acabó la equitación”.

 

El fenómeno peronista

Perón solía recordar un viejo proverbio español, para justificar sus varios retornos: “Detrás de mí vendrán los que bueno me harán”. Y si bien no es (ni fue) esa la única causa, cierto es que siempre lo mataron mal o con malas artes. Como canta en otra estrofa la bella Cigarra: Gracias doy a la desgracia/ y a la mano con puñal/ porque me mató tan mal/ y seguí cantando…”

Pero si usted, amigo lector, prefiere una explicación más razonada del fenómeno peronista, le recomiendo muy especialmente el último libro del politólogo francés Alain Rouquié: “El siglo de Perón”. Apareció no hace mucho en París y menos aún en Buenos Aires, donde su traducción enseguida agotó un par de ediciones. ¿Qué dice allí en esencia Rouquié?

Pues que el Peronismo es un fenómeno propio de la vida política argentina, que sorprende por su permanente presencia en las decisiones claves del país y que -trascendiendo nuestras fronteras- está presente en renovadas propuestas políticas latinoamericanas y en muchas propuestas progresistas de partidos europeos que se oponen a la globalización excluyente.

Si a esto se agrega la difusión mundial que la da a muchas de sus ideas básicas la presencia de un argentino (Jorge Bergoglio) en la silla vaticana de Pedro, el panorama es más completo todavía. O sea que el peronismo no sólo no es nazifascista, ni capitalista, ni comunista (como se lo intentó reiteradamente caracterizar en sus primeros tiempos) tampoco es un “populismo”, o un “progresismo” más de los muchos que pululan hoy en el mundo desencantado de la postmodernidad, la crisis de las ideologías tradicionales y la decadencia de los grandes partidos políticos.

Es “otra cosa”, acaso difícil de entender o explicar académicamente a terceros, pero reconocible en una propiedad que le es inherente: unido es prácticamente inderrotable en elecciones democráticas justas y legítimas. De allí que la estrategia que generalmente se usa hoy para enfrentarlo, es dividirlo previamente en cuantas partes fuese posible.

Algunas veces se logró y entonces perdió elecciones, pero no es esta vez el caso de Mauricio Macri. Si persiste en su traje de candidato y presidente, no sólo corre el riesgo de sufrir una derrota aún mayor en la próxima vuelta electoral, sino que puede llevar al país a situaciones más complicadas día a día. Sólo mediante una tarea de auténtica inteligencia política podría llegar a la meta de entregar del poder en tiempo y forma. Para ello deberá tranquilizarse (en serio) y –como recomendaría alguien que bien lo quiera- “alejarse de las malas compañías”, al menos por un tiempo prudencial.

 

Los retos del peronismo

Son de otra naturaleza, pero no menos complicados. No radican tanto en ganar la próxima vuelta electoral (aunque sabe bien y por propia experiencia, que ganar las PASO no asegura per se la victorial final) sino en ganarlas también de manera clara y contundente, mientras simultáneamente se prepara para gobernar un país semejante a una brasa caliente en todos los órdenes y no sólo en el económico, aunque éste sea ahora –y por lejos- lo más importante.

Para ambas cosas y para todo lo que se viene, debe conservar esta unidad amplia y plural que ha construido trabajosamente a su alrededor; con las menores fisuras posibles y allí donde estas se produzcan obturarlas rápida y eficazmente para que el barco siga navegando con plena flotabilidad. La clave de su éxito –Perón lo sabía muy bien y lo predicaba en cuánta oportunidad se presentase- radica en la conjunción de tres términos políticamente decisivos: unidad, solidaridad y organización.

Estas son las tres patas mínimas para armar un banquito y sólo apoyado en ese asiento elemental (el esquivel) puede aspirarse a sillas o sillones más mullidos. Lo otro es castillo de naipes.

Esa tríada -que hasta ahora parece venir dándose aceptablemente- será cada vez más complicada a medida que el Frente vaya superando obstáculos y las luces de Balcarce 50 se vean con mayor nitidez. Allí habrá que incrementar los esfuerzos y las inteligencias para que la unidad se sostenga y realimente. No es imposible, pero si más difícil. Luego resultará imprescindible que el peronismo reconstruya una conducción política nacional, superando cierto “municipalismo” estrecho, o “feudalismo” cómodo en que la anterior desunión lo había sumido.

En este sentido la frase que viene repitiendo Alberto Fernández (“mi gobierno será el de un presidente y su vice con los 24 gobernadores”) deberá ser asumida por las 26 personas que constituyen ese conjunto, sin demoras y con la mayor entrega que la hora exige.

Finalmente y como anillo protector de esa nueva conducción superior del estado, será necesario mantener, alimentar y fortalecer el Frente de Todos que logró la victoria electoral y ahora deberá forjar una auténtica unidad federal y popular, única garantía de que el gobierno –como quería el constructor del modelo- “haga lo que el Pueblo quiera y defienda un solo interés: el del Pueblo”.