08 Septiembre 2019

A propósito de la palabra “default”

Por Mario Casalla (especial para Punto Uno)
Puntualmente -como las golondrinas en primavera- cada tanto llega la temida y nefasta palabra “default” a nuestro lenguaje cotidiano. Hace cinco años atrás reapareció con motivo del pago a los “fondos buitres” y nos volvió a complicar la vida a todos. Entonces escribí -en este mismo diario- sobre el confuso significado de esa palabreja, de su dual traducción al castellano y de la necesidad imperiosa de no caer en la trampa fatal que esa dualidad supone: ¡“deuda” y “culpa”, peligrosamente amarradas, en una misma palabra y por el mismo precio!

Atención que ese amarre no es ingenuo, por cierto. Ocurre que a pesar que a todos nos provoca cierto escozor, la utilizamos así nomás, sin traducirla y como sintética descripción de algo que nos está pasando o que nos estaría a punto de suceder. Discutimos acerca de sí ya estamos en default o si vamos a estarlo próximamente, y una legión de economistas, abogados, asesores de todo tipo y “opinólogos” de ocasión -siempre dispuestos a ilustrarnos sobre el tema del día- toman la palabra default como unívoca y claramente comprensible.

Sin embargo esa palabreja se las trae y dista de ser unívoca, advertencia que resulta fundamental para encarar el debate en términos políticos y filosóficos, más allá de los tecnicismos” del caso (que por supuesto también lo son, aun cuando se presenten como asépticos o académicos).

 

Una confusión peligrosa

La palabra inglesa “fault” (de donde viene la expresión “default”) quiere decir, al mismo tiempo, “deuda” y “culpa”, cosas, sin embargo muy diferentes entre sí. Es que en los idiomas sajones en general, esas dos nociones (“deuda” y “culpa”) van inexorablemente asociadas. Así, por ejemplo, en alemán la palabra schuld, quiere también decir -a la vez- deuda y culpa. Por lo cual, en esos idiomas es muy difícil (o casi imposible) separar la deuda de la culpa: en principio todo deudor es siempre culpable y la única forma de dejar de serlo es pagando esa deuda, “honrándola”, como suele escucharse en los ámbitos internacionales.

Así “honrar la deuda”, sería el deber primero de toda persona (o país) que desee retomar su prestigio y confiabilidad. La “deuda” (default) generaría automáticamente una “culpa” (fault) y no pagarla implicaría un deshonor (no sólo un delito económico). Hay que pagar para volver a ser admitido en el club de la “gente honorable” (las que no tienen deudas). En cambio en el latín -de donde deriva nuestro castellano- las cosas cambian. Allí si hay términos diferenciados: “debita” es la palabra que se usa para decir deuda, pero aparece una palabra específica para decir culpa, que es la misma que ha llegado hasta nosotros (“culpa”).

La culpa es definida -a diferencia de la deuda- como “una falta hecha a sabiendas”, es decir con intención. De ésta escisión latina entre deuda y culpa, nacen no sólo nuestros términos castellanos sino también -y entre muchas otras- las diferenciaciones idiomáticas en el francés (entre, dette,”deuda” y faute, “culpa”) y en el italiano (debita, “deuda” y colpa, “culpa”). O sea que en castellano tenemos nosotros la posibilidad de pensar una deuda de la cual no tenemos la “culpa”; o bien de pensar una culpa, de la que nos somos “deudores”.

Esto es clave para no volver a tropezar -por tercera vez- con la misma piedra.

 

El reloj del taxímetro

El diván de los psicoanalistas suele estar poblado de estos “falsos deudores” (que sufren culpa por una deuda que en realidad no tienen), así como de “falsos acreedores” (que pretenden cobrar una deuda, sobre la cual no tienen en realidad derecho).

El propio Freud reconoció en esta ambigüedad de la “culpa”, una de las causas fundamentales de la  neurosis. Comparaba a ese tipo de culpa con el reloj de un auto-taxímetro, en el cual uno es “deudor” aún antes de haber empezado el viaje (la famosa “bajada de bandera”, como aquí la llamamos).

Pues bien, también en materia de economía internacional es bastante común el accionar de (dudosos) acreedores, así como el de (falsos) deudores, ambos confundiendo culpas y deudas según propias conveniencias. Por cierto que en estos casos la verdad también está tarifada y siempre hay un “árbitro” (antes que un terapeuta) dispuesto a bajar la bandera según sople el viento del poder.

El caso argentino es palmariamente así: se le reclama el pago de una “deuda” (de la cual en realidad no es propiamente culpable) y lo hace un “acreedor” (con quien en realidad no la contrajo). Un verdadero galimatías del que podríamos decir -pasando entonces de Freud a Kant- que “unos ordeñan el macho, mientras otros ponen el jarro”. Único chiste que el viejo y adusto filósofo alemán se permitió -a lo largo de su muy seria “Crítica de la Razón Pura”- para demostrar qué poco suele resultar de situaciones como esa.

 

La deuda argentina

El caso argentino -como era de esperar- es sumamente original; así como también lo es el muy peculiar “diván” del Juez que oportunamente se encargaría de ella. Hace mucho alguien endeudó a todos los argentinos, en nombre de algunos pocos  que (en realidad) tenían la culpa (de esa deuda impagable).

Fue entonces cuando un funcionario decidió que la deuda de esos pocos era en realidad la de todos: así se estatizó la deuda externa privada, transformándola en pública. Esta singular “bajada de bandera”, se materializó con un breve Comunicado (“técnico”) del Banco Central de la R.A (el A-251 de noviembre de 1982), ratificado luego, a los apuros, por el decreto-ley 22749 (en febrero de 1983), es decir en los últimos días de la dictadura militar iniciada en 1976. Otro de los presentes griegos que debió soportar la renacida democracia.

A partir de allí todos los argentinos nos hicimos cargo de la deuda de algunos, como si con la propia no fuese suficiente.

Aquél día el Ángel que sirvió a la Bestia tuvo nombre: para que la burla no tuviese fin, su nombre coincidía con el del día de la semana dedicado al Señor, el séptimo día. Se llamaba Domingo y pocos años después volvió a hacerlo, a pedido ya de algunos políticos que gobernaban. A caballo de dos monturas (una militar y otra civil), el hombre no se privó de nada y sigue por allí -sin deudas, pero lleno de culpas- con el taxímetro siempre presto para algún nuevo pasajero incauto.

Ojo si lo ve libre por la calle, no suba: lo va a reconocer porque el tipo es pelado, tiene un lunar en la cara y su matrícula lleva la cifra “666”. Otros dicen que en la luneta trasera del auto, está pegada la figura de un Buitre.

 

Otra vez sopa!

El gobierno Macri -en estos “últimos días de la víctima”- trata de hacernos caer en la misma jugarreta que inició Martínez de Hoz con la dictadura militar en 1976; prosiguió Domingo Cavallo (primero durante el gobierno de Menem y luego con el de la Alianza De la Rúa-Álvarez) y que ahora prosigue Lacunza intentando cerrar con un moñito amarillo la nueva caja de Pandora que tienen preparada para el gobierno que asuma el 10 de diciembre próximo.

Pero la situación no es la misma. El Pueblo argentino está hoy mejor organizado (aun en su propio sufrimiento) que en 1976 y 2001; está menos desarmado que entonces y parece más decido a defender sus derechos. Acaba de darle un rotundo “No” al agotadísimo proyecto macrista (en las PASO preliminares) y todo indica que en las próximas elecciones de octubre los votos de repudio crecerán aún más.

Por otra parte, el gobierno seguramente entrante ya habló claro en las oficinas del mismísimo candidato Alberto Fernández quien -al recibir la visita del jefe del Hemisferio Occidental del FMI- fue explícito al advertirle la corresponsabilidad que tienen ese organismo por dilapidar su propio dinero y violar su propio Estatuto, prestándole a un deudor que sabe de antemano no podrá pagarle y financiándole una campaña electoral por caprichos de su mandante Donald Trump.

Pero, “el que avisa no traiciona”, como dice el viejo proverbio. Además, por si todo eso no fuera suficiente, la “doctrina Néstor” ya les ha calado hondo, les costó una millonada y un cambio de rumbo respecto de las “deudas odiosas” en el nivel global (por más que se lo quiera maquillar).

El hombre que vino del frío y no hablaba inglés, también les habló clarito: “Los muertos no pagan”. Para eso tenemos todos que tener bien presente que, deuda y culpa no son lo mismo y que nosotros -por suerte- todavía hablamos en castellano.