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04 Noviembre 2019

Peronismo y medios de comunicación

Por Mario Casalla (Especial para “Punto “Uno”)
Cuando un movimiento político -sobre todo en el Tercer Mundo- se propone cambiar el sistema vigente, es absolutamente esperable que termine chocando con el autodenominado Cuarto Poder (los medios de comunicación).

Si se limita a “administrar” la cosa no pasa a mayores (esto en tanto y en cuanto esa administración no roce los intereses de la Prensa) pero si quiere gobernar en plenitud, el Cuarto Poder terminará -a la corta o a la larga- saltándole a la yugular.

Es que un gobierno pleno y transformador no podría admitir la ficción de un supuesto Fiscal General (al margen de la Constitución) y darle los beneficios y las inmunidades crecientes que éste reclama sin más.

Puede sí respetarle plenamente sus libertades y sus derechos (como a toda persona e institución democrática) lo que no puede es someterse al terror de sus dictámenes, sobretodo cuando el Pueblo (real y efectivo) va recuperando protagonismo y entonces -cada vez más- el divorcio entre la opinión pública y la Publicada queda más en evidencia. Por cierto que esos “momentos” son decisivos porque lo que está allí en juego es -nada más ni nada menos- que la pelea por la conducción del imaginario colectivo del proceso de cambio. De allí que los actores tiendan a retardar la decisión o a equilibrarla, porque saben que -llegado ese momento- deberán emplearse a fondo. Cosa que la prensa sí hará porque está en riesgo nada menos que su “credibilidad”, detrás de lo cual sólo queda el (legítimo, pero poco atractivo) interés empresario. Sin ese “plus” autoalimentado, sería (sólo) tan respetable como todos las demás empresas y ciudadanos. Pero el Cuarto Poder quiere más.

 

Mutua desconfianza

El Peronismo y las empresas periodísticas que manejaron y crearon sucesivos medios de comunicación en la Argentina, siempre se miraron con desconfianza y no pocas veces “la sangre llegó al río”, sobre todo cuando la prensa se comportó casi como un partido político más en su oposición a los gobiernos de ese origen.

Tómense como simples ejemplos, el comportamiento del Cuarto Poder en los años 1945/46 con su apoyo unánime y desembozado a la fórmula presidencial de la Unión Democrática, o el más reciente comportamiento durante el denominado “conflicto con el campo” (año 2008) a raíz de la aplicación de retenciones a las ganancias extraordinarias del sector agroexportador.

El comportamiento del diario “La Prensa” en 1945/46 (propiedad de la familia Gainza Paz) y el tándem empresario “La Nación/Clarín” en el 2008, son ejemplos elocuentes de cuándo el Cuarto Poder se emplea a fondo contra el gobierno de turno (con las lógicas diferencias de épocas y estilos, claro está).

Del lado del Peronismo, los comportamientos también fueron en algunas oportunidades muy severos, como el cierre de aquél matutino en la década del ’50 o la nacionalización de algunos canales de televisión en 1973/74. Sin embargo, lo que predominó fueron situaciones de “empate técnico” en que ambas partes fueron cediendo, precisamente para que la sangre no llegara al río.

Dado el poder real de uno y otro lado, sin dudas que en un hipotético balance generalizador y provisorio, quien va ganando la pulseada es el Cuarto Poder, dado que perdió mucho menos de lo que podía haber perdido, mientras que los sucesivos gobiernos justicialistas amenazaron mucho más de lo que concretaron.

La pasada época kirchnerista (2003/2015) es un claro ejemplo de ese “empate técnico“, con victoria parcial del Cuarto Poder sobre el gobierno nacional. Recordemos que después de un prolongado statu quo con el sistema mediático (durante el cual la gestión del COMFER le fue francamente complaciente, logrando así la insólita renovación anticipada de las licencias televisivas), el gobierno intentó que ese organismo clave volviera a cumplir su rol legal (renovando su conducción y sus equipos técnicos) y anunció su disposición a elaborar -desde allí- una nueva Ley Nacional de Radiodifusión, consciente de que esa era la “madre de todas las batallas”.

En el medio apareció el “conflicto con el campo” y el comportamiento del Cuarto Poder no dejó dudas de qué lado estaba la prensa y a quién estaba dispuesta a apostar. A partir de allí se inició un stand by con el proyecto de nueva Ley de Radiodifusión, mediante una larga “etapa de consultas”.

La propia Presidenta de la República en un momento advirtió -refiriéndose a esa Ley pendiente- que “…de aquél Cuarto Poder que se dijo que eran los medios, han pasado a ser el primero o el segundo…” (febrero de 2009) . Una prueba más del carácter eminentemente político de esta batalla por la “libertad de Prensa”, la cuál no tiene nada que ver con atrevimientos o valentías de cualquier naturaleza, sino más bien con el avance, retroceso o profundización de los cambios sociales en marcha. La relación con la prensa, es un buen termómetro para medir esa temperatura.

 

Tensa espera

A su manera y como siempre, Perón fue pionero en la materia. En su segunda presidencia (1973/74) recordó aquello de “cuando tuvimos todos los medios en contra (1946) ganamos las elecciones y cuando tuvimos todos casi a favor (1955) fuimos derrocados”. Esta frase -muy citada por cierto- tiene varias y complejas lecturas, una de las cuáles resulta ahora oportuna.

El Peronismo implicó siempre un “medio” de relación con el pueblo y sus instituciones; un medio muy peculiar y característico de comunicación, alternativo del complejo mediático de turno con el que abiertamente compitió por esa Opinión Pública. Su forma de comunicación fue siempre territorial, personalizada y con receptores/emisores altamente movilizados y militantes.

Cuando logra mantener ese canal histórico abierto, necesita mucho menos del Cuarto Poder para comunicar (diarios, radio, televisión), entonces puede mantener una relación más libre y menos extorsiva con el complejo mediático: en tales momentos es el propio Peronismo quién moviliza y los medios relatan y critican (a pesar de lo cual las elecciones, como decía Perón, se ganan igual).

Pero cuando el Peronismo se desmoviliza y “compra” la lógica de movilización telemática y virtual (que los medios ofrecen al mercado político), aquélla relación se invierte: los diarios “ponen” la agenda y el Peronismo los lee y se defiende como puede. Esto le viene ocurriendo con suma frecuencia desde 1983, cuando el alfonsinismo lo derrotó por primera vez aplicando aquella lógica de los medios (“un minuto de televisión en horario central, vale más que diez actos populares”).

Y era lógico que aquélla vieja y muy meritoria UCR se aggiornara de esa manera: en el otro escenario (el de la movilización real y efectiva) nunca le había podido ganar al peronismo. Esta lógica tan favorable al Cuarto Poder (¡el propietario de los medios para movilizar!) triunfó al interior del Peronismo en los ’90, cuando Menem llega al poder.

Esto lo dejaba prácticamente a merced del complejo mediático y sus empresas propietarias, siempre dispuestas a “negociar”, claro. Defección que -como la mayoría de ellas- comienza por la cabeza y acaba con el cuerpo. Finalmente la sanción de una nueva Ley de Comunicación Audiovisual (año 2009) pareció revertir la cosa, pero de inmediato fue objetada por la prensa (con el grupo Clarín a la cabeza) y recién cuatro años después la Corte Suprema de Justicia admitió su plena constitucionalidad.

Su vida fue sin embargo efímera y poco pudo alterar en esa relación de poder. Finalmente el gobierno de Mauricio Macri la modificó por decreto (2016) y con ello “compró” un silencio y una complicidad con los actos de su gobierno pocas veces visto. El denominado “blindaje mediático” le permitió hacer (o deshacer) en sus cuatro años de mandato presidencial lo que se le ocurriese, claro que –en tanto y en cuanto- no afectase los intereses del grupo Clarín.

Curiosamente la promulgación de esa Ley coincidió exactamente con la renuncia del entonces Jefe de Gabinete de Cristina Kirchner. Hoy los encuentra en la misma boleta electoral. En la vereda de enfrente “Clarín” observa y espera.

No es oportuno conjeturar al respecto. Deberemos esperar también.