03 Diciembre 2018

G20: terminó el show, regreso a la dura realidad

Por Julio Bárbaro
Anfitriones de la dirigencia exitosa de un mundo productivo y competitivo, pudimos ser testigos presenciales de la defensa que cada quien hacía de sus producciones y sus mercados. Los grandes países enfrentados en defensa de sus pueblos, todos refiriéndose al mito de la libertad de mercado, todos tratando de imponer la realidad de la protección a ultranza de sus propios intereses.

Eso en medio de una dirigencia nacional política y empresaria drogada por el consumo de una ideología de libertad de mercado que no se encuentra en ninguna sociedad exitosa. Pudimos llegar a sentir que éramos un mercado sin Estado visitado por la curiosidad de los grandes Estados del mundo.

Un concurso de proteccionismo recorriendo una tierra desprovista de normas y de reglas, una nación en absoluta decadencia en manos de grandes empresas que dictaban normas tan útiles para su codicia como dañinas para sus habitantes.

El mundo de las naciones con proyecto firme y definido como turistas de una zona franca que ensaya con desesperación la búsqueda de nuevas inversiones, como si no quedara en claro que ya destruyeron las heredadas.

El Teatro Colón y la Villa Ocampo, logros de un pasado que llevó al en ese entonces ministro de Cultura de Francia, André Malraux, a definir a Buenos Aires con su dura sentencia: “Es la capital de un imperio que nunca existió”. Vivimos una decadencia asistida, participamos del encuentro de los fuertes como aceptación generosa de nuestra asumida debilidad. China y Rusia, ayer marxistas y hoy capitalistas, siempre con un rumbo definido para su vocación de grandes potencias, siempre conscientes de la necesidad de defender su producción y su mercado más allá de la ideología con la que los recorran.

Europa, con su integración estable y sus conflictos circunstanciales, siempre dando cátedra de libre comercio en los rubros donde son vanguardia y siempre ejerciendo el proteccionismo en sus debilidades. Nunca nos dejaron competir donde somos eficientes, en el agro, siempre nos condicionaron nuestra producción industrial.

El mundo es tan proteccionista como lo fue siempre, liberales para incitar su capacidad productiva y proteccionistas para defender sus necesidades.

Ni siquiera es una política internacional la que observamos, es tan solo la expresión racional de la defensa de los propios intereses, la realización más acabada del sentido común. Frente a esa conjugación de modelos racionales de instalarse en el mundo, nosotros expresamos el absurdo sin sentido de la “libertad de mercado” y en consecuencia debemos solicitar préstamos desmesurados para sostener nuestra frívola concepción de la realidad.

Visitados por los grandes políticos del mundo mostramos con una mezcla de inocencia y soberbia nuestra condición de aficionados. El Gobierno de Cristina Kirchner creía en la revolución, el de Mauricio Macri, en la libertad de mercado, pero el mundo funciona de otra manera. Son las naciones las que construyen el modelo posible para su realidad, su geografía, su población y sus intereses.

China avanza integrando cada año millones de habitantes a la clase media, a esa clase que nosotros estamos cerca de terminar de destruir. Estados Unidos asume sus debilidades y recupera una agresividad que no sabemos si es la expresión de su lucidez o de la ausencia de ella.

Hubo un momento en el Teatro Colón que nos impactó la emoción del Presidente, las imágenes nos llevaron a corear el nombre de la patria, esa emoción por ahora no logró convertirse en una convocatoria hacia un proyecto racional y colectivo.

Si la visita de tantos exitosos nos sirve para asumir las causas de nuestro fracaso e intentar recuperar el rumbo perdido, si eso pasa, habrá dejado un mensaje trascendente.

Y ese sería un logro nuestro, nunca una inversión extranjera. Y es llamativo cómo mostramos nuestra realidad sin darle importancia a nuestro desarrollo industrial y científico, porque nunca terminamos de asumir si forma parte de una necesidad imperiosa o de una molestia nacionalista.

No necesitamos inversiones, solo saber qué queremos ser cuando seamos grandes, y ya hace rato que lo somos sin entender todavía qué lugar ocupamos en el mundo.