24 Diciembre 2018

Democracia y rebeldía

Por Julio Bárbaro
Tenemos una dirigencia mayoritariamente obediente al poder de turno que transita la obsecuencia al fracaso y la corrupción con limitados cuestionamientos. Enorme burocracia con escasez de políticos. Los mismos partidos fueron desarticulados y el virus del feudalismo conduce sus rumbos.

Los operadores de negocios ocupan bancas y ministerios, asesorías y todos los espacios que en otros tiempos fueron de las ideas y las propuestas. Ni las universidades se salvan de ese proceso.

Hoy el proyecto nacional es suplantado por la codicia individual, los negocios imponen su visión al conjunto y la concentración de la riqueza en manos improductivas va acotando el lugar de la misma democracia.

Es tal la distancia entre el rico y el pobre que los votos terminan siendo parte de un simple espacio decorativo en el debate del destino colectivo. Algunos dicen que el mal es el populismo, otros aclaran que el peronismo. En rigor pareciera que el esfuerzo que la humanidad dedicó a la integración social ocupa entre nosotros la memoria del fracaso. Dicen setenta años, un número que no casualmente coincide con el fin de una década de dictadura. Un número ritualista, como los treinta mil de los que reivindican los setenta.

El peronismo como partido o propuesta es hoy difuso, a diferencia del antiperonismo, que es indiscutible como expresión de marginación del necesitado. Roma no paga traidores, nadie se hace cargo del gobierno de Carlos Menem, sus delitos y degradaciones las ponen en nuestra cuenta política. Gobierno nefasto con pocas rebeldías, los Kirchner fueron funcionales hasta la debacle que les permitió instalarse en el espacio sucesorio.

El peronismo murió con su fundador, Perón vino a convocar el encuentro nacional, al abrazo con Balbín, al frente con los frondizistas, los democristianos, los conservadores, ese fue el gobierno que instaló.

También convocó a la guerrilla y le otorgó un lugar de privilegio, pero ellos eligieron la violencia suicida, ese espacio en el cual nunca existió posibilidad de triunfo.

Y Menem traicionó la concepción de patria, de nación, convirtió una comunidad en un mercado persa. Y los Kirchner recuperaron el poder del Estado solo como poder personal. Hasta las empresas que era necesario estatizar las convertían en familiares. Y hablan de “militante” como nombre artístico del burócrata, como si la rebeldía pudiera transmutarse en obsecuencia.

Cristina y la Cámpora no solo no son revolucionarios, sino que se terminaron convirtiendo en el principal sostén del gobierno de derechas. Rebeldías, no hubo militantes contra Menem o tal vez demasiado pocos. Contra los Kirchner fue distinto y parecido, las prebendas y los cargos acallan la voz de aquellos que deberían expresar el dolor popular.

La política debate ideas, sueños, propuestas, mientras que los burócratas se amoldan al poder de turno.

Sobran burócratas y faltan militantes, políticos, soñadores de sociedades más justas. La mayoría de los economistas hablan para las empresas, los políticos deberían hacerlo para la sociedad, pero se alternan distintos grupos de interés.

Los negocios con China implican dependencia, económica y productiva, no se pueden tratar sin defender el trabajo y la industria nacional. Cristina y Macri en eso fueron parecidos, los chinos defienden sus intereses, los nuestros, los del grupo de turno, del que gobierna que poco y nada coincide con la nación. La política engendró una burocracia que ocupa hoy el lugar que ayer perteneció a la clase media productiva, a la incipiente burguesía nacional.

En una sociedad sin esperanzas, los políticos votados para defender a los necesitados terminaron integrados al poder al que debían limitar. Y la única rutina es el castigo al rebelde. Perdí viejas relaciones por enfrentar a los Kirchner, voy perdiendo otras ahora por enfrentar a Mauricio Macri.

El oficialismo suele ser rentado, la rebeldía es castigada por la mediocridad de todo oficialismo. Y nadie en el poder imagina perder el gobierno, todos fueron y serán derrotados seguros de ser invencibles.

Difícil gobernar peor que Macri, y ellos, los del grupo cerrado, hablan de ganar en primera vuelta. Solo pensarlo implica un desmesurado desprecio por el pueblo, por aquellos millones a los que aumentaron su pobreza sin otra razón que su incapacidad.

“Le duele como propia la cicatriz ajena” decía Manzi de Discepolín, esa percepción es hoy imprescindible para ocupar el lugar de la política.