21 Enero 2019

Quién le teme a Roberto Lavagna?

Por Julio Bárbaro
Somos muchos los que intentamos salir de este fracaso bifronte. Cristina sigue siendo el principal sostén de Macri. Un pasado que asusta, una Venezuela como el espejo en el que casi nadie se quiere mirar. Pero también una actualidad marcada por un ajuste que lastima y una ausencia de esperanza que apabulla.

Aquellos que amamos al futuro por sobre el odio a alguna versión del ayer intentamos salir de esta opción entre dos impotencias. Ahora los oficialistas repiten el mantra “ganamos en primera vuelta”, una versión optimista del miedo a la derrota.

Luego explican intentando aclarar,” no somos buen gobierno pero no hay nada enfrente”. ¿Peor es nada? Triste, conformarse con eso, y por ahora no dan para más. Pareciera que, si Cristina se corre, Macri pierde seguro. Los peronistas, una fuerza enamorada del poder, lo saben de sobra.

Los que se asimilaron a la izquierda, una concepción unida siempre a la derrota, caen seducidos por la tragedia. Durán Barba sueña con una confrontación entre Macri y Cristina. Los que dicen odiar a Macri y opinan lo mismo que Duran Barba me resultan complicados de entender. O superamos a ambos o perdemos todos.

La salida de la decadencia está más allá de los miedos al pasado y del rotundo fracaso del presente. Convoca a peronistas, radicales, progresistas y conservadores, a todos los hombres de buena voluntad dispuestos a imponer la propuesta sobre el rencor. Y ahí es donde aparece Roberto Lavagna, una imagen vigente de superación exitosa en la crisis anterior.

Menem y Macri son parecidos, ambos buscan achicar todo, el Estado y a la industria, pergeñan una sociedad donde sobran millones de habitantes. Convierten una patria en un mercado. Y como siempre, terminan en un estallido, en un default. Perón solía decir, “hay viejos de veinte y jóvenes de ochenta”. La edad puede resolver la peor enfermedad de los cargos electivos, que es el sueño de eternidad.

Si votamos a un joven, en cualquier cargo, gobernador o rector de universidad, diputado o sindicalista, si lo votamos joven intenta fundar una dinastía. De grande está toda la experiencia y la tentación de trascender. Y mucho más en un candidato que no hizo de la obsesión del cargo un motivo de su vida.

Necesitamos salir de la grieta y de esta estúpida competencia entre los que le temen al populismo y los que ven neoliberalismo hasta debajo la cama. Lavagna es el símbolo de una etapa donde vivimos una crisis semejante a la actual y un equipo logró sacarnos en menos tiempo del que hubiésemos temido, esperado, imaginado.

Un equipo que reúne la virtud del saber cómo hacerlo, del haberlo hecho, una heterodoxia imprescindible y un dialogo fluido con todos los sectores productivos y políticos que no participan del fanatismo de turno. Pertenecemos a los peronistas que no caímos en los extremos, ni en el de Menem de destruir el estado ni el de los Kirchner de disfrazarse de revolucionarios. A ese espacio que convoca a muchos, de todas las historias, y de ninguna secta.

Ni Cristina puede contener al campo nacional ni Macri al espacio conservador, cualquiera de ellos solo está en condiciones de conducirnos a un nuevo default. Como sociedad, fuimos mucho más de lo que hoy somos, en integración social, en capacidad productiva, en deuda y en inflación. Destruimos el Estado y la industria y continuamos sin un rumbo, sin una concepción de inserción en el mundo.

Todos somos culpables del desastre Y se necesita de todos para salir de esta crisis. Proyecto y dialogo, dos palabras mágicas que contienen las virtudes de la política. De esa que a los gerentes les queda grande. De esa que a los que nos formamos en la pasión por un proyecto nacional nos expresa y nos convoca.

Es necesario ampliar y fortificar el espacio de la oposición al sistema, a esa dupla que generan el miedo al pasado y la desesperanza gobernante.

Un gran aporte es Roberto Lavagna, algo imprescindible es recuperar la política. Entre todos podemos hacerlo.