11 Febrero 2019

El problema con Maduro

Por Julio Bárbaro
Está claro que Nicolás Maduro es indefendible, un verdadero personaje menor, con expresiones y actitudes indignas de un presidente democrático. Pero pareciera que algunos gobernantes, como Mauricio Macri, intentan convertirse en abanderados de la democracia sin asumir su responsabilidad en la desastrosa administración del Estado, en esa realidad donde la pobreza, el endeudamiento y la inflación conviven incrementando sus heridas.

Condenar a Maduro no los cura en salud, condenar corrupciones no los ubica en el lugar de la virtud. Los grandes grupos económicos están empobreciendo sin límite a nuestras sociedades. Una caterva de elegantes acusa populismo por todos lados mientras apoya la atroz caída de sus pueblos por el enriquecimiento de sus admirados “libertarios”. Maduro les sirve para esconder la pobreza que siembra Macri.

El Santo Padre, México, Uruguay, lejos están de apoyar a Maduro y mucho menos de pensar o actuar como él, solo preservan su espacio para colaborar en toda posibilidad de salida digna.

Pareciera que aprendemos poco y nada de la vida, que no acumulamos experiencia. Cuba fue un ejemplo brutal, esa dicotomía entre los refugiados en Miami y los que aplaudían en el continente, ese bloqueo desmesurado que solo servía para exasperar los ánimos y consolidar al régimen, esa historia donde los duros condenan e imaginan que si todos lo hacemos, logramos cambiar la realidad.

Esta triste competencia entre el dolor de los exiliados y los intentos de ayudar a superar esa crisis sin derramar sangre. Ni Cuba ni Venezuela venían de un Estado de justicia social, a veces intentamos olvidar la atroz realidad que lleva a un pueblo a dividirse entre los que tienen mucho que perder y aquellos que hace tiempo solo guardan la opción de soñar.

Mi madre era obrera de la fábrica Bayer, nunca fue peronista, pero se cansaba de explicarme que antes de Perón y Evita ellas estaban al borde de la esclavitud. Y luego criticaba los excesos posteriores, donde cuestionaba una cierta tendencia, según ella, a la vagancia y al desorden. Siempre nos cuesta ver que también hay gente del otro lado, y muchos de ellos aferrados a una esperanza, a un sueño, a un imposible.

Visité Cuba muchas veces, siempre intentando comprender ese sueño de forjar una alternativa, de ser los que descubrieran una nueva forma de vida. Jamás coincidí con el marxismo y mucho menos con el autoritarismo de Fidel, y no por eso imaginé que en Miami y Estados Unidos habitaba la madurez de la solución.

El talento de Arturo Frondizi siendo presidente aconsejó no aislar a Cuba, recibió al Che Guevara y fue esa una de las excusas del golpe que lo derrocó.

Fui un día a Miami en visita oficial, el chofer cubano me interroga: “¿Le gusta Miami?”. Esquivé la verdad diciendo: “Sí, pero más me gusta la Habana”. Fue una provocación innecesaria de mi parte, pero el hombre respondió con una lección de sabiduría: “Soy exiliado cubano, estoy aquí hace mucho, tengo todo, casa, carro, todo, hace unos años tuve ocasión de volver a mi isla, a visitar a mis parientes. Ellos no tienen nada, están al borde del hambre, pero hay algo que no puedo negar, la alegría se la quedaron ellos”.

No digo que en Venezuela sea lo mismo, solo que hay pueblo también del otro lado, que demasiados de los que condenan carecen de autoridad moral para hacerlo, que la democracia que empobrece a los pueblos no tiene mucho para enseñarles a las posibles dictaduras.

A Bolivia le dicen “populismo” y ha hecho más por su pueblo que demasiados docentes de virtudes que desconocen. Y los chinos sin democracia integraron en las últimas décadas más habitantes que los ejemplos de transparencia.

Me duelen los exiliados que se integran a nuestra dura realidad dando una lección de esfuerzo y humildad, gente que solo busca un lugar en el mundo. En eso Maduro y su régimen no merecen perdón.

La democracia es el mejor de los sistemas, siempre y cuando no termine en manos de los ricos para oprimir a los necesitados. Y hoy de eso hay demasiado.

Si seguimos así, lo de Venezuela, en lugar de una casualidad, puede devenir en un síntoma del deterioro del capitalismo, resultado de la miseria que genera la concentración desmedida de riquezas en pocas manos.